HD CAICYT LAB: La Argentina manuscrita

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Libro II De lo sucedido en esta conquista desde el año de 1540, que entró el Adelantado Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, hasta la venida de don Fray Pedro de la Torre, primer obispo de ella Capítulo I Cómo salió de Castilla el Adelantado, y del discurso de su viaje Son a las veces tan adversos los sucesos de las empresas, que entendiendo salir de ellas con honra y acrecentamiento, vienen a dar en lo ínfimo de miserias e infortunios. De esta suerte sucedió a nuestros españoles en la conquista y descubrimiento del Río de la Plata, de donde pensando volver prósperos y ricos, sucedió tan al contrario, que de todos, ninguno volvió remediado a su natural: acabando todos o los más sus vidas cruel y miserablemente, como parece en el discurso del libro I; en que, si mal no me acuerdo, traté como fue despachada del puerto de Buenos Aires para España la nao Marañona en que vino Alonso Cabrera al socorro de los conquistadores de esta provincia; la cual llegó a Castilla, a tiempo que así mismo acababa de llegar de la Florida Cabeza de Vaca; y porque en este libro he de tratar algunos sucesos suyos, diré en breve lo que de él se ofrece. Era este caballero natural de Jerez de la frontera, y vecino de la ciudad de Sevilla, nieto del Adelantado Pedro de Vera, el que conquistó las islas de la Gran Canaria, que habiendo gastado en esto su patrimonio por acudir con él sin faltar al servicio de Su Majestad, empeñó dos hijos suyos a un moro alcaide por cierta cantidad de dinero: los cuales estuvieron en su poder, hasta que los Reyes Católicos los sacaron del empeño. Estos caballeros fueron padre y tío de este caballero, como constó por una probanza que presentó en el Real Consejo. Pasó Álvaro Núñez a la Florida por tesorero de Su Majestad con el gobernador Pánfilo de Narváez, que fue a aquella conquista con cantidad de españoles: el cual habiendo perecido con la mayor parte de su gente, la restante quedó en poder de los indios de aquella tierra, gente caribe y cruel. Fueron todos comidos de ellos, excepto Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, y un esclavo suyo de nación moreno; y estando los dos en este cautiverio entre tan mala gente, fue el Señor servido de darle don de hacer cosas miraculosas, como fueron el sanar enfermos, dar vista a los ciegos, y lo que más es, resucitó un muerto con solo tocarle, diciendo: «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», tan grande era su fe. Con que vino a tener tanto crédito y estimación entre aquellos bárbaros, que le tenían por santo; y así le eligieron por su capitán, y de cautivo, libre y señor: el cual reconociendo su poder, determinó atravesar desde aquella provincia hasta la Nueva España, que dista hartas leguas, donde ya había españoles: y puesto por obra, salió con su intento, y llegó a la ciudad de México, tardando en el viaje diez años, todos de peregrinación y cautiverio, sin que en todo este tiempo hubiese perdido la letra dominical, ni la cuenta del calendario, que fue prueba de gran memoria y cristiandad. De donde se embarcó el dicho año para Castilla, y llegado que fue, pretendió que Su Majestad le hiciese merced de la gobernación del Paraguay con título de adelantado; y Su Majestad se lo concedió con ciertas capitulaciones, que fueron que había de continuar el descubrimiento, población y conquista de aquellas tierras, para lo cual Su Majestad nombró capitanes que levantasen gente. Lo cual se hizo, y él se obligó al cumplimiento; y puesto todo a pique partió de San Lucas en cinco navíos de armada el año de 1540, y navegando por ancho mar tocó en la gran Canaria, y Cabo Verde; y prosiguiendo su derrota llegó a la línea equinoccial donde tuvo grandes calmas; y refrescando el temporal, siguió su derrota revolviendo al Austro hasta voltear el Cabo de San Agustín, y siguiendo su viaje se puso en 28 grados, de donde se fue del Este a Oeste a tomar el puerto de Santa Catalina. Desembarcó o hizo reseña de su gente, y halló que traía 700 hombres con la gente de la mar, en los que venían muchos caballeros, hidalgos y personas de calidad; y porque me ha de ser forzoso tratar de algunos en este libro, haré mención de ellos, que son: un primo del adelantado, llamado Pedro de Estopiñán, que el común le llamaba Pedro Vaca: Alonso Riquelme de Guzmán, su sobrino; Alonso de Fuente, hijo de un veinte y cuatro de Jerez; y Antonio de Navarrete, don Martín de Villavicencio y Francisco de Peralta. De Sevilla, Rui Díaz Melgarejo, Francisco de Vergara, su hermano, Martín Suárez de Toledo, Hernando de Saavedra, hijo del correo mayor de aquella ciudad, Pedro de Esquivel y Luis de Cabrera. De la de Córdoba, Alonso de Valenzuela, Lope de los Ríos, Pedro de Peralta, Alonso de Angulo y don Luis de Rivera. De Castilla la Vieja, el capitán García Rodríguez de Vergara, natural de Ontiveros, el factor Pedro de Orantes, por contador Felipe de Cáceres. De Madrid, el capitán Camargo, Juan Delgado, capitán Agustín de Campos, de Almodóvar, Jaime Resquin, natural de Valencia. De Trujillo, Nuflo de Chaves, Luis Pérez de Bargas y Herrera. De San Lúcar de Barrameda, Francisco de Espínola, hijo del alcaide de aquel castillo. De Vizcaya y provincia de Guipúzcoa, Martín de Vive Ochoa e Izaguirre; Miguel de Urrutia y Estigariaya: venía por alcalde mayor, Juan Pavón, natural de Badajoz; y por su lugar teniente, Francisco López el indiano, natural de Cádiz, sin otros muchos hidalgos y demás gente ordinaria de que no hago mención. Halló el Adelantado en este paraje dos españoles, de los de la armada de don Pedro, que con el hambre y malos tratamientos de los capitanes de Buenos Aires habían venido huidos; el uno de los cuales era de quien se dijo haber comido a su compañero. De estos se informó el Adelantado de los sucesos de la provincia, con lo que, y acuerdo de los capitanes, se determinó el ir por tierra desde aquel paraje hasta la Asumpción, donde residían los conquistadores; y que los navíos, con la gente de la mar, y alguna otra impedida con las mujeres, se fuesen por la mar hasta tomar el Río de la Plata, dejando las dos naos más gruesas en San Gabriel. Y con este acuerdo envió el Adelantado al factor Pedro de Orantes a que le descubriese el camino: el cual saliendo a lo raso y pinales, topó con mucha gente, natural, con quien trabó amistad; y reconocida la tierra, dio vuelta a dar aviso al Adelantado de lo que había visto; con cuya relación hizo su entrada por esta vía, tornando por un río llamado Itabucú, por el cual llevó algunas canoas hasta un puerto donde desembarcó, y juntos con los que iban por tierra, prosiguió su viaje, rompiendo por unos bosques muy espesos y cerrados, con grandísimo trabajo: y al cabo de 40 días salió a un alto, y bajando a lo raso le salieron los indios de aquella comarca, que llaman de Tatúa, a recibirle; con quienes de nuevo confirmaron la paz y amistad: los cuales servían a los españoles de buena voluntad, y les proveían de toda la comida necesaria, aunque eran más de quinientos hombres, los cuales llevaban 20 caballos. Y yendo caminando el Adelantado por aquella tierra otras quince jornadas, llegó a un gran río que llaman Iguazú, el cual atravesó tres veces con mucho trabajo, por tener grande corriente; y de allí prosiguió adelante otras seis jornadas, y dio con otro río llamado Ativajiba, muy poblado de naturales, donde está un gran pueblo de un indio principal que se dice Abaparí, toda gente guaraní. Y vista la mucha que había en aquella comarca, hizo el Adelantado armar una fragua que llevaba para labrar algún rescate de hazuelas, cuñas, cuchillos, escoplos, agujas y anzuelos, que todo se estima de estos naturales, para cuyo efecto hizo llevar hasta diez y seis quintales de fierro, repartido en pedazos de a cuatro libras entre los soldados; y proveído de comida fue de Este a Oeste en demanda de un río que llaman Ubuy, y bajando a los indios que estaban poblados en sus riberas, fue muy bien recibido de ellos, los cuales le ayudaron: y pasando adelante, y caminando muchas jornadas por tierra muy fragosa y montuosa, llegó a un río llamado Piquirí, donde hizo alto algunos días, y volvió a asentar la fragua, para proveerse de rescate con que atraer a los naturales, para obligarles a que hiciesen lo mismo que los que traía consigo, que lo acompañaron y ayudaron en aquel viaje, a los cuales despidió con agrado, y ellos se volvieron con el propio a su tierra. De ahí a poco salió de este asiento, y caminando otras veinte jornadas bajó al río del Paraná, treinta leguas abajo de un gran arrecife que llaman el Salto, de que ya tengo hecho mención; donde se informó de los naturales por extenso del paraje donde estaban los españoles de asiento, con cuya relación se determinó a despachar algunos enfermos o impedidos por el río, con el capitán Nuflo de Chaves; el cual, bajando en canoas y balsas, llevó orden para que diese vuelta por el río del Paraguay arriba, hasta juntarse con él en la Asumpción. Y el Adelantado se partió tomando la vuelta del Poniente, por un río llamado el Monday; y cortando por aquella tierra, llegó a la comarca de la Sierra de Ibitirucú, donde le salieron todos los indios a recibir con mucha alegría: y llegado a los pueblos del Acay, despachó sus cartas al general Domingo de Irala, dándole aviso de su venida y de los despachos que traía de Su Majestad para el gobierno de aquellas provincias: los cuales recibidos y vistos por los capitanes que estaban en la Asumpción, mandó luego el General saliesen al camino a besar la mano al Adelantado los capitanes Juan de Ortega, Alonso Cabrera y Juan de Salazar de Espinosa; lo cual cumplieron de muy buena voluntad y grande aplauso de unos y otros; y conferido con el Adelantado algunas cosas del real servicio, dieron vuelta a la Asumpción a dar razón al General de su embajada, y de lo que les fue cometido: y satisfecho de todo, mandó luego prevenir para su recibimiento, del cual y de algunas circunstancias que pasaron, se hará mención adelante. Entró el Adelantado en este lugar el año de 1541, con gran contentamiento de todos, porque a más de la afabilidad y buena condición que tenía, con otras muy buenas partes, era muy amado de todos, y tenido por hombre de gran gobierno y prudencia, como lo ha mostrado en el discurso de esta jornada tan larga y trabajosa, en la cual, habiendo atravesado más de 400 leguas, no había perdido tan solo un soldado, ni hombre de su armada; que fue de tanta felicidad, cuanto después infeliz y desgraciado. Capítulo II De lo que hizo el Adelantado después que llegó este puerto y de lo sucedido en la tierra Luego que fue recibido el Adelantado y su gente con el mayor aplauso que se ha dicho, y visto y examinado las provisiones y cédulas reales, por los capitulares y demás personas fueron obedecidas y cumplidas en todo: y habiéndose dado orden al hospedaje de la gente, se despachó un socorro de comida al resto que venía por el río con el contador Felipe de Cáceres, con toda brevedad. Salió al efecto el capitán Diego de Abreu, y llegó a tan buen tiempo que se encontró con los navíos por bajo de las Siete Corrientes cuando más el socorro era menester: porque venían tan necesitados de bastimento que solo se sustentaban con yerbas, raíces, y algún marisco que hallaban por la orilla, trabajando de noche y día a remo y sirga; de manera que fue Dios servido llegasen todos con bien a este puerto donde se hallaron juntos más de 1300 hombres. En esta ocasión, nombró el Adelantado por su maestre de campo a Domingo de Irala, cuyo nombramiento fue aprobado de todos; al cual despachó luego río arriba con 300 soldados para que pasase adelante del puerto de Juan de Oyolas, y descubriese otro de más consideración, por el cual pudiese hacer una entrada al Occidente, para poderse comunicar con el reino del Perú, como lo habían tratado en España Vaca de Castro y él: y saliendo el maestre de campo a la jornada en sus navíos, subió el río del Paraguay arriba 250 leguas, dejando atrás más de ciento la laguna de Juan de Oyolas, llegando a los indios que dicen Orejones, a cuyo puerto llamaron de los Reyes: y procurando por todos los medios posibles atraer aquella gente natural a buena amistad y comunicación, se informó de ellos del gran número de indios que por allí dentro había, con lo cual se volvió a dar cuenta al Adelantado de lo descubierto, con esperanzas de buen suceso en lo que se pretendía. En este mismo tiempo se ofreció el salir al castigo de ciertos indios rebelados en la provincia del Ipané, que tomaron las armas contra el español, cuya causa fue haber enviado el Adelantado ciertos mensajeros a un pueblo llamado Taberé, donde supo que estaba aquel hijo de Alejos García, portugués, de quien arriba se trató, para que se lo trajesen, y dijesen a los indios de aquel pueblo que lo hiciesen placer de que luego se lo despachasen, con cargo de satisfacerselo. Los cuales no solamente rehusaron cumplir el mandato, antes con gran soberbia y poco respeto prendieron a los mensajeros, y al día siguiente públicamente los mataron, diciendo: así cumplimos lo que se nos envía a mandar por ese capitán: y si los españoles se sintiesen de este agravio, vengan a satisfacerse que aquí les aguardamos: cuya respuesta enviaron con uno de los mensajeros que para este efecto dejaron. Sabido por el Adelantado este atrevimiento y libertad, despachó al castigo a su sobrino Alonso Riquelme con 300 soldados y más de mil amigos; y llegando al pueblo, halló que estaban juntos en un gran fuerte de madera más de ocho mil indios, y habiéndoles requerido con la paz a que se redujesen al servicio de Su Majestad, como lo habían prometido, no lo quisieron hacer antes salieron una alborada a dar en los españoles una arremetida con brava determinación, a la cual resistieron valerosamente los nuestros, matando muchos de los enemigos, hasta que se pusieron en huida. Y saliendo el capitán Camargo con su compañía y 400 amigos a buscar comida a las chácaras más cercanas, fueron otra vez acometidos de los indios cuando ya se volvían; tomándoles un estrecho paso donde se peleó de ambas partes con gran porfía: hasta que un soldado, llamado Martín Benzón, mató de un arcabuzazo a un indio principal muy valiente que manejaba los escuadrones; con cuya muerte desampararon el puesto y se pusieron en huida, con pérdida de mucha gente suya y nuestra: y con esto fue forzoso poner cerco al fuerte y asaltarle a fuerza, previniéndose primero de lo necesario, haciendo algunos pavesados, a cuyo amparo pudiesen llegar a las palizadas y trincheras de los indios. Y estando a pique para dar el asalto y romper las palizadas, salieron los indios por dos partes, cerrando con gran denuedo con los nuestros, ganándoles hasta llegar a la plaza de armas, donde los resistieron y echaron fuera. Mostrándose en esta ocasión con gran valor el capitán Alonso Riquelme, el cual ordenó saliesen dos mangas de soldados y amigos a pelear con ellos: y ocupándoles el paso, se trabó una escaramuza muy sangrienta, en que fueron muertos más de 600 indios, hasta que con la fuerza del sol, y su calor se recogieron unos y otros, retirándose los indios a su palizada. Otro día enviaron a pedir que se les diese tres días de tregua para de liberar lo que debían hacer en razón de dar la paz: la cual se les concedió con acuerdo de todos los capitanes, por más justificar aquel negocio; tornándoles a requerir se sometiesen a la real obediencia, y que se les perdonaría lo pasado. Y visto por los nuestros que pasaba el término, y que el haberlo pedido fue para rehacerse, como lo hicieron, de mucha comida y fuerza de gente que les entró por tierra y por el río, se resolvieron a darles un terrible asalto, pasado ya el tercero día de la tregua: haciendo para el efecto dos medios torreones de madera muy fuertes sobre unas ruedas, los cuales sobrepujaban su fuerte; y hechas sus troneras para por ellas poder a su salvo jugar su arcabucería, y acabado todo, antes que amaneciese, se les dio el asalto por tres partes, porque por la del río, no hubo lugar, por estar una muy grande barranca: encargando uno de los puestos al capitán Rui Díaz Melgarejo, el otro a Camargo con sus compañías, y la parte del campo tomó Riquelme; los cuales todos a un tiempo cerraron; y llegando a la palizada, se comenzó a pelear con los enemigos que de sus trincheras se defendían, haciendo en los nuestros mucho daño, hiriéndolos y maltratándolos hasta que los torreones se acercaron a la palizada y trinchera, y arcabucearon a los indios que peleaban de dentro, con que se dio lugar a que los nuestros que iban en las pavesadas y adargas, rompiesen las palizadas con las hachas y machetes que llevaban: lo que hicieron y entraron en el fuerte con grande ánimo; y a la parte que tocó al capitán Camargo, andaban los indios muy insolentes por haberle herido de un flechazo y muerto dos soldados; a cuyo tiempo entró por la palizada a socorrerle el alférez Juan Delgado con algunos soldados, ganándoles un baluarte en que estribaba toda su fuerza. Así mismo por el otro lado el capitán Melgarejo estaba apretado, con riesgo y dificultad de poder entrar en el fuerte, por estar de por medio un foso muy ancho, que para poderle pasar fue necesario poner unos maderos; y al tiempo que iban pasando y rompiendo la palizada para poder entrar, salieron dos mangas de indios del fuerte a impedírselo, que cerrando por ambas partes con los nuestros, les dieron una gran rociada de flechería con que quedaron maltratados. Los cuales, viendo la fuerza con que el enemigo venía, con gran denuedo revolvieron sobre ellos, amparándose de su misma palizada; y aunque perseveraron los indios de fuera y los de dentro a flecharlos, se valían de sus arcabuces y ballestas, dándoles tanta prisa que tuvieron por bien de retirarse y entrarse en el fuerte: y sabido por Alonso Riquelme, que estaba a la parte del campo, bien armado con su cota, celada, y rodela, con su espada en la mano, yendo delante acaudillando sus soldados, entró dentro, matando con los suyos a cuantos encontraban. Y a este tiempo la gente de Camargo pegó fuego a las casas cercanas al fuerte, y corriendo el incendio con gran violencia, llegaba ya cerca de una plaza donde estaba toda la fuerza de los contrarios, que con grande esfuerzo defendían las bocas de las calles; y rompiendo los nuestros por ellos, ganaron la dicha plaza matando a muchos de los enemigos, los cuales se hicieron fuertes y se pusieron a defender la casa del cacique principal, donde estaban apiñados más de cuatro mil indios, que hacían gran resistencia, sin poderlos romper nuestra gente. Hasta que llegando Melgarejo con su compañía por un lado, les fue apretando fuertemente; los cuales vístose tan acosados, con una rabia infernal cerraron todos juntos desesperadamente con los nuestros, matando dos soldados e hiriendo a otros muchos, se retiraron a la playa donde se ampararon de las barrancas del río; y acudiendo a ellos Riquelme con los demás que le seguían, les apretó de manera que se huían por donde podían, echándose en el río, y salvándose los que podían en algunas canoas que allí hallaron, quedando muchos de ellos muertos. Y hecha esta facción con tan buen suceso, acudió al pueblo, donde todavía se peleaba con la gente que dentro de la casa del cacique la defendía, que era muy grande y fuerte; de manera que a buen rato de pelear la entraron los nuestros por todas sus puertas, matando a cuantos la defendían sin dejar ninguno a vida, andando los indios amigos en esta ocasión por todo el pueblo saqueando y matando a cuantos topaban, mujeres y niños, con tanta saña, que parecía exceso de fieras más que venganza de hombres de razón, sin moverles a clemencia tan grandes alaridos y clamor de tantos como mataban, que era en tanto grado que no se oía otra cosa en todo el pueblo. Y acabado todo, los capitanes recogieron su gente en la plaza, donde ser alojaron; y puestos en un montón todos los despojos, y traídos allí todos los cautivos que había, se repartió todo a los soldados: hallándose de solas mujeres y niños más de tres mil, y muertos más de cuatro mil: y de los nuestros solo faltaron cuatro españoles, y como ciento cincuenta indios amigos, aunque muchos heridos: con que el Señor fue servido se diese fin a esta victoria, que sucedió a 24 de julio, víspera del Apóstol Santiago, año de 1541. Luego todos los pueblos de aquella comarca vinieron a dar la paz y obediencia a Su Majestad, pidiendo les perdonasen; lo cual se les concedió en el real nombre, y en el del Adelantado, con que quedaron por entones pacíficos tal ejemplo. Capítulo III De la entrada que hizo el Adelantado por el puerto de los Reyes, y de algunas discordias y sucesos Acabada la guerra de Tabera con tan buen suceso, estaba el Adelantado muy obedecido y respetado de los indios de la tierra, aunque muy encontrado con los oficiales reales de Su Majestad, a causa de querer ellos tener tanta mano en el gobierno, que pretendían que el Adelantado no hiciese cosa en él sin su parecer: dando por razón, así lo mandaba Su Majestad, a lo que él respondía no tener necesidad de consultarles nada, en razón de cosas menores y ordinarias, porque de otra manera sería discernirles el oficio para que fuesen ellos los gobernadores y no él; y así andaban con requerimientos con que cada día, se encontraban, llevándolo el Adelantado con más sufrimiento de lo que su reputación convenía, por no venir a rompimiento y conseguir sus intentos. No obstante estas diferencias, resolvieron todos de conformidad, se hiciese una entrada para descubrir si se hallasen algunos minerales de los que tenían noticia; para cuyo efecto mandó el Adelantado prevenir 400 soldados con sus capitanes, que fueron, de los ya prácticos: Salazar, Francisco Ruiz y Juan de Ortega; y de log chapetones, Nuflo de Chaves, García Rodríguez Valenzuela, y Saavedra, y otra gente particular; y con este número de gente salió el Adelantado, en 4 bergantines, 6 barcas, 20 balsas y otras 200 canoas en 13 de diciembre de 1541, llevando consigo algunos cautivos, y cantidad de amigos, así guaranís como de la nación Nagases o Yapirús. Fue a esta jornada el contador Felipe de Cáceres, veedor Alonso Cabrera y el factor Pedro de Orantes; dejando en la Asumpción el Adelantado a Domingo de Irala su maestre de campo. Y navegando la armada río arriba, llegaron a los pueblos de Hieruquizava, y los demás que están por aquella costa hasta tornar el puerto de San Fernando, y de allí pasaron al de la Candelaria; y dejando atrás la laguna de Juan de Oyolas, donde los Payaguás los mataron so color de paz, viniendo, como se dijo en el libro pasado: en este paraje, por venir algunas canoas muy cargadas, se quedaron atrás, y siendo acometidas de los mismos indios Payaguás repentinamente, las tomaron todas con poca o ninguna resistencia; y de ahí adelante siempre que se les ofrecía ocasión, no la perdían, tocando a cada paso mil alarmas y rebatos, hasta que el Adelantado mandó se les echase una emboscada en una laguna o anegadizo acomodado para tener algunas canoas, con gente oculta para poderlos acometer, antes que pudiesen dar vuelta las que los contrarios traían al tiempo que viniesen siguiendo la armada, como de ordinario hacían. Y al llegar al paraje de la emboscada, una escuadra de canoas que venían en nuestro seguimiento salieron las nuestras que estaban ocultas, y los acometieron antes que ellos pudiesen revolver ni tomar tierra; de manera que parte se trabucaron, y parte cogieron matándole mucha gente, y cogiendo a manos los restantes, sin que escapase ninguno, y sin que pudiesen prevenir para defenderse de nuestros arcabuces y espadas, y flechería de los amigos: mandando el Adelantado ahorcar a todos los caciques y demás cabezas, de sus insultos. Y caminando adelante, tocaron en los pueblos de los Guajarapos, que están a mano izquierda, y en los que llaman Guatos, que están a mano derecha sobre el río del Araguay, con los cuales tuvieron comunicación: y pasando de esta comarca, llegaron a reconocer aquella tierra que llaman el Paraíso, donde partido el río en dos brazos hace aquella gran isla de tanta amenidad, como de ella y sus calidades tengo referido. Y vista por los españoles, y la afabilidad de los naturales, desearon mucho poblar en ella, aunque no se pudo acabar con el Adelantado, por tener la mira puesta en el descubrimiento occidental, y noticia que tenía de las riquezas del Perú, y así les decía: «Señores, corramos la tierra, y descubramos lo que hay en ella, que después se tomará asiento donde más convenga, y no nos prendamos luego a la primera vista». Y con esto comentó a ser aborrecido de muchos, en especial de los ya antiguos que ya tenían en la tierra algunas raíces; y así fue corriendo su viaje por aquel río, hasta que llegó a tomar el puerto de los Reyes, en el cual toda la gente desembarcada, dio orden en lo necesario para su entrada; y partido en compañía de los capitanes, dejando en guarda de los navíos a su primo, Pedro de Estopiñán, tomó su derrota al Norte, y caminando por aquella tierra encontraron con muchos pueblos de indios labradores, descubriendo cada día gran multitud de gente, saliendo todos los más de paz, y algunos que les pareció el no hacerlo, tomaron las armas para los españoles, y se pusieron a impedirles el paso, a los cuales nuestra gente castigó con toda moderación. Y al cabo de algunas jornadas llegaron a un pueblo muy grande de más de ocho mil casas, de donde salieron a dos leguas de él, cuatro o cinco mil indios a impedir el pasaje a los nuestros, aunque por lo que se vio no fue sino para entretenerlos hasta poner su chusma en salvo: y habiéndoles los nuestros pagado su atrevimiento con pérdida de muchos de ellos que mataron, desampararon el puesto, y los nuestros llegaron al pueblo, el cual hallaron sin gente, mas todas las casas llenas de comida y de todas sus alhajas, que eran muchas mantas de algodón listadas y labradas, pieles de onzas y tigres, muchas cebellinas, gangas, gatillos y nutrias de que los soldados se pertrecharon: hallaron muchas gallinas, patos, y cierto género de conejillos que crían dentro sus casas, que todo fue de regalo y hubo en abundancia. Corriose todo el pueblo, y en la plaza principal se halló una casa espantable, que por serio no dejaré de tratar de ella. Estaba en un círculo muy grande a modo de palenque, de muy buena y fuerte madera en forma piramidal, cubierta por lo alto de ciertas empleitas de hojas de palmas, dentro de la cual tenían encerrada una monstruosa culebra o género de serpiente tan disforme que ponía gran terror y espanto a todos los que la veían. Era muy gruesa y llena de escamas la cabeza muy chata y grande, con disformes colmillos; los ojos muy pequeños, tan encendidos, que parecían centellear; tenía de largo 25 pies, y el grosor por el medio como un novillo; la cola tableada de duro y negro cuero, aunque en parte manchado de diversos colores: la escama era tan grande como un plato, con muchos ojos rubicundos que le hacían más feroz; y éralo tanto que ninguno la miró que no se le espeluzase el cabello. Los soldados la comenzaron a arcabucear, y a herir con saetas y flechas los amigos, y como se sintió herida comenzó a revolverse echando gran suma de sangre; dio feroces silbos con tanta ferocidad, que hizo temblar todo aquello; que causó grande espanto a todos. Al fin acabó de morir, y fue averiguado con los naturales de aquel partido, que hacían a esta serpiente adoración en quien estaba el demonio, les hablaba y respondía, la cual sustentaban solo con carne humana de los que en las guerras que unos a otros se hacían, procurando haber siempre cautivos que traer, y dar a comer a este monstruo, de que el Señor fue servido librarles con este suceso. Recogido, pues, todo el despojo que los soldados y amigos hallaron, los oficiales reales pidieron de todo ello el quinto, diciendo pertenecía a Su Majestad como cosa de estima y de valor, sobre lo cual hicieron muchos requerimientos al Adelantado, como en otras ocasiones habían hecho; y sin más declaración ni acuerdo, comenzaron a molestará algunos soldados, quitándoles so color del quinto, lo que habían adquirido; y pasó tan adelante que aun de cinco peces que pescaban, querían uno, y lo propio de los venados y otras cosas que cazaban y tenían algún valor: con lo que todos los soldados se disgustaron grandemente, y dijeron al Adelantado que no querían pasar adelante, pues los oficiales reales se metían en cosas tan menudas, pidiéndoles el quinto, y haciéndoles tan manifiestos agravios, de que se temía que en cosas mayores serían más. El Adelantado por aplacarlos mandó a los oficiales reales no tratasen de aquello de ninguna manera, porque Su Majestad no era servido que de cosas de tan poco valor se le pagase quinto; y que cuando esto quisiese, él de su hacienda, por excusar molestia a los soldados, ofrecía a Su Majestad cuatro mil ducados cada año, que era lo que se le daba de salario. Con lo cual se evitó por entonces el molestar a los soldados, aunque no por eso los oficiales reales dejaron de quedar sentidos; por lo que, por su parte, y la de otros soldados y capitanes, requirieron al Adelantado, se volviese a la Asumpción donde tenían que hacer cosas de su oficio y del servicio de Su Majestad, y darle cuenta del estado de la tierra. Con que vino a condescender en lo que se le pedía, volviendo aunque con notable desconsuelo por no poder conseguir lo que pretendía, que era hacer aquel descubrimiento: y así se volvió al puerto donde había dejado los navíos. Y embarcándose, bajó por sus jornadas hasta llegar a la Asumpción con algún aprovechamiento, porque trajeron de aquel viaje más de tres mil almas de servicio, con que este pueblo tuvo acrecentamiento, y se abasteció de comida y de otras cosas necesarias a los españoles. Luego el Adelantado determinó reprimir los indios Yapirús, que cada día inquietaban a aquella República, haciéndole muchos asaltos, así en el servicio, como en los indios amigos y chácaras: para cuyo remedio salió en persona con 300 soldados y 1000 amigos; y estando informado donde estaban recogidos, se fue a largas jornadas a ponerse sobre ellos, que era un lugar muy acomodado, porque tenían por frente el río del Paraguay, y por espalda una laguna que aislaba el sitio, y no más de una puerta en que tenían un baluarte de madera muy fuerte. Y reconocidos por el Adelantado los sitios, comenzó a batir, mandando que en este mismo tiempo pasasen a nado los amigos la laguna, y entrasen con gran denuedo a tornarles el sitio y hacerles todo el daño que pudiesen: con cuyo buen efecto los españoles entraron con facilidad, rindiendo a, los indios, y llevándolos a fuego y sangre, aunque los de dentro vendían muy bien sus vidas, peleando con valor. Al fin, matándoles mucha gente, y prendiendo los más que pudieron ser habidos, fueron ajusticiados los más culpados, y el resto se trajo a poblar a cuatro leguas de la Asumpción reduciéndolos con otros indios más benévolos, llamados Mogolas. Con lo cual se volvió el Adelantado muy gozoso, aunque enfermo de unas cuartanas que días había le traían desasosegado: todo lo cual pasó el año de 1542, con lo demás que en este capítulo se ha dicho. Capítulo IV Cómo los oficiales reales y otros capitanes y caballeros prendieron al Adelantado, y de lo demás que sucedió Después que el Adelantado volvió de la guerra que tengo referida, se ofreció luego despachar al maestre de campo a la provincia del Acay, a pacificar los indios de aquella comarca que andaban turbados con algunas alteraciones: para cuyo efecto mandó apercibir 250 soldados con cantidad de amigos, llevando consigo algunos capitanes. Partido que fue de la Asumpción, determinaron los oficiales reales poner por obra lo que muchos días había tenían determinado; para cuyo efecto secretamente convocaron sus amigos y otras personas de su satisfacción para prender al Adelantado, diciendo convenía al servicio del rey; y asimismo que gobernaba tiránicamente, excediendo en todo la orden de Su Majestad e instrucciones que su real consejo le había dado: dándole color y razones tan aparentes, que movieran a cualquiera que no estuviera muy sobre sí. Y quien más atizaba este fuego era Felipe de Cáceres, hombre sedicioso, altivo y amigo de novedades, al cual le nació esta enemiga, de que en cierta consulta el Adelantado se había disgustado con él, y habládole con desabrimiento, por haberle él ocasionado, y fue de manera lo que se alargó con el Adelantado, que obligó a su sobrino Alonso Riquelme a que le tirase una puñalada. Y el guardó todo esto para esta ocasión, en la cual supo persuadir a los con quienes trataba este negocio, que sin ninguna dificultad los trajo a todos a su voluntad; y fue a propósito el haber salido fuera el maestre de campo y otras personas de cuenta, amigos del Adelantado, el cual como se dijo, vino enfermo de las cuartanas, y al presente estaba en la cama purgado, como lo dijeron algunos que supieron como sucedió el caso, y que fueron sabedores algunos de sus criados: en especial Antonio de Navarrete y Diego de Mendoza, su maestre de sala, que tenía particular amistad con el contador, y aun posaba en su casa. Halláronse en esta conjuración dos y más personas, y entre ellas, como los más principales factores, el veedor Alonso Cabrera, el tesorero García Venegas, el factor Pedro de Orantes, don Francisco de Mendoza, capitán Nuflo de Chaves, Jaime Resquin, Juan de Salazar, con otros muchos capitanes, oficiales y caballeros. Los cuales, todos armados, se fueron una mañana a casa del Adelantado, y antes de entrar en el patio, tuvo aviso de su ida, y de que iban armados: con lo cual saltando de la cama se echó una cota: y púsose una celada de acero, y embrazando su rodela, la espada en la mano, los salió a recibir a la sala a tiempo que todos entraban en ella; donde en alta voz les dijo: «Caballeros, ¿qué traición es esta que cometen contra su Adelantado?». A lo que respondieron: «Aquí no hay traidor ninguno, por que todos somos servidores del Rey; y así conviene a su servicio que Vuestra Señoría sea preso, y vaya a dar cuenta al real consejo de sus delitos y tiranías». A lo que respondió el Adelantado, cerrándose con su rodela: «Antes morir hecho pedazos que dar lugar a tan grande traición». Y a este tiempo todos le acometieron, requiriéndole se rindiese; donde no, le harían pedazos. Y cerrando a estocadas con él, y puestas muchas puntas de espadas a pique para atravesarle, llegó Jaime Resquin con una ballesta armada, y poniéndole un pasador al pecho, le dijo: «ríndase luego, sino le pasaré luego con esta jara». Al cual el Adelantado, con semblante grave dio de mano, diciendo: «apártense ustedes que yo me doy por preso». Y corriendo la vista por todos, la fijó en don Francisco de Mendoza, a quien llamó y dio su espada: «a usted don Francisco entrego mis armas, y ahora hagan de mí lo que quisieren». Don Francisco tomó las armas, y luego le echaron mano y pusieron dos pares de grillos, y en una silla lo llevaron a las casas de García Venegas, rodeado de toda la gente, y le metieron en un aposento o mazmorra fuerte y obscura, poniéndole cincuenta soldados de guardia. Y a esta misma hora prendieron también al alcalde mayor, Pedro de Estopiñán, a Alonso Riquelme Melgarejo, a Francisco de Vergara, al capitán Abreu, y a otros caballeros y soldados: y quitándoles las armas, y poniéndoles a recaudo, vinieron a quedarse con la superior jurisdicción y potestad del gobierno, mandando los oficiales reales a su sabor, los que les estaba bien, así por bandos y pregones, como por ministros y oficiales; con lo cual no había ninguno que osase hablar ni contradecir ninguna cosa, porque si alguno lo hacía, era castigado severamente y le quitaban cuanto tenía. A más de esto, dieron aviso los oficiales reales al maestre de campo de lo que pasaba, y juntamente le requirieron de parte de todos, no se pusiese a mover algún tumulto, pues lo que se había hecho era con buen acuerdo, por convenir así al real servicio: y así le suplicaban se viniese luego donde le aguardaban, para que se tratase lo que más conviniese al bien propio y utilidad común de la tierra. Sintió el maestre de campo extrañamente este suceso, y mucho más por no poderlo remediar respecto de intervenir en el negocio tanta gente noble y capitanes; y en tiempo que se hallaba muy enfermo de una disentería que le tenía muy fatigado, tanto que ni a pie ni a caballo podía andar. Mas viendo el peso de negocio tan grave, se animó a venir en una hamaca, en que llegado a la Asumpción, estuvo desahuciado y a pique de perder la vida; y juntos todos unos y otros, acordaron elegir persona que los gobernase en nombre de Su Majestad. Y hechas las solemnidades y juramentos necesarios, dio cada uno su voto por cédulas, como por una real cédula estaba ordenado: y conferidos los votos, hallaron que el más aventajado era el maestre de campo, a quien hicieron saber luego de su elección; el cual envió a excusarse con muy grande afecto, a causa de su enfermedad: diciendo que más estaba para ir a dar cuenta a Nuestro Señor, que para admitir y tomar a su cargo cosas temporales: máxime donde tan principales caballeros había para ejercer aquel oficio; y así no se había de ponerlo en manos de un hombre que estaba oleado. En estas demandas y respuestas anduvieron gran parte del día, hasta que tomando la mano el veedor Alonso Cabrera y capitanes Salazar, Nuflo de Chaves, y Gonzalo de Mendoza, vino a condescender en lo que pedían, así de parte de los deudos y amigos del Adelantado, como de los demás: de manera que el mismo día, que se contaron 15 de Agosto de 1543, le sacaron en una silla en pública plaza enfermo como estaba; y fue recibido al gobierno de esta provincia con título de Capitán General, habiendo precedido el juramento ordinario sobre un misal, de mantener en paz y justicia así a los españoles como a los naturales, en nombre del rey Nuestro Señor, hasta tanto que por Su Majestad otra cosa fuese mandado. Y con todo lo procesado se despachó al real consejo la persona del Adelantado, habiéndose determinado en dicha elección se hiciese en una carabela de buen porte, en que fuese preso; la que se vino a acabar muy despacio, padeciendo entretanto el buen Adelantado muchas vejaciones y molestias que le hacían con grande inhumanidad: pues jamás se le permitió tuviese recado de escribir, ni otra cosa alguna que le pudiese servir de consuelo, lo cual todo pasaba con grandísima paciencia; y aunque le tenían secuestrados todos sus bienes y en depósito, y ser de consideración, tan solamente le daban para su sustento una cosa muy tenue, gastando en dicha prisión más tiempo de diez meses, en el cual algunos de sus deudos y amigos pretendieron sacarle de ella; y como esto no se podía hacer sin consentimiento de los guardas que estaban dentro con él, se concertaron con dos de ellos. Y estando ya determinado a ponerlo en ejecución, fueron descubiertos por los oficiales reales, de que tuvieron grande indignación; y como eran en todo tan poderosos, y tenían tanta mano en la república, hicieron al General que castigase a los movedores de este negocio; de que resultó también, que todos los incursos en esta prisión hicieron una conjuración, de que si acaso por algún acontecimiento determinasen sacar de ella al Adelantado, le diesen de puñaladas, y muerto le echasen en el río; y lo mismo al general Domingo de Irala, sino acudiese a lo que a todos convenía, y a la guarda y custodia del Adelantado de donde resultó encenderse entre los principales, muchas disensiones y discordias, que llegaron a rompimiento; y vinieran a perderse todos, a no acudir al remedio el general Irala con su buen celo y diligencia, como adelante se verá. Capítulo V Cómo el Adelantado fue despachado a Castilla, y de algunos tumultos y divisiones que hubo, etc. Desde el día que el Adelantado fue preso en la Asumpción, y Domingo Martínez de Irala electo por general, no cesó de haber entre los conquistadores, bandos y pasiones: los unos seguían el bando de Álvaro Núñez, que se llamaban leales, y los de la otra parte los llamaban tumultuarios; con lo cual había entre ellos cada día muchas pendencias y cuestiones, que no daba poco cuidado su remedio al General; y así se valía haciendo a unos merced, y a otros favores y ayudas, castigando con severidad y justicia cuando convenía, con lo que atajaba el fuego, y que no pasase adelante. Hasta que acabada la carabela fue embarcado Álvaro Núñez, con acuerdo de que fuesen con él dos oficiales reales, que fueron el veedor Alonso Cabrera, y el tesorero, García Venegas; los cuales llevaron consigo todo lo que contra él se había fulminado, que todo era hecho muy a su satisfacción y en contra del Adelantado. Nombrose por capitán y piloto a Gonzalo de Mendoza, portugués, y por procurador de la provincia, a Martín de Orué; y con otras personas de calidad, partieron el año 1544 de este puerto, y al tiempo de su partida, dejó el Adelantado un poder en secreto al capitán Salazar, para que en su nombre gobernase la provincia; y aunque este era del bando contrario, le movió a ello el que hubiese entre ellos algunas disensiones, con que se abrasase el monte con su misma leña. Y así, luego que partió Cabeza de Vaca convocó a todos los que se llamaban leales, para en virtud del poder, tomar en sí la jurisdicción real: y habiendo juntado en su casa más de 100 soldados, les descubrió su intento; lo que sabido por algunos capitanes y oficiales reales, ocurrieron a Domingo de Irala, para que lo remediase, haciéndole muchos requerimientos y protestas de los daños que de lo contrario se siguiesen con esta novedad, tan del servicio de Dios y del Rey; y que a él, como justicia mayor, le tocaba el remediarlo. Por lo que Domingo de Irala mandó juntar la gente necesaria, y fue a las casas de Salazar; y requiriéndole a prima faz no perturbase la paz de la república, poniéndole por delante asimismo el juramento que hizo en su elección de obedecerle en nombre de Su Majestad: el cual se estuvo en sus trece, sin querer desistir de su intento, llevado de ambición, y por hacer gusto a los ya convocados para el efecto, respondiendo que no podía ni debía hacer otra cosa que usar del poder que el Adelantado le había dejado, y apellidar su voz en nombre de Su Majestad, con lo cual el General se determinó a romper con él. Y así mandó asestar a sus casas cuatro piezas de artillería, y las comenzó a batir; y derribando un lienzo entraron por él sin ninguna resistencia. A cuyo tiempo los más de los que le acompañaban le desampararon y salieron fuera: y así fue preso, junto con Rui Díaz Melgarejo, Alonso Riquelme, Francisco de Vergara y otros: los cuales todos fueron puestos a buen recaudo. Y luego tomando los autos y testimonio de lo sucedido, mandó el General embarcar en un bergantín al capitán Salazar, a cargo del capitán Nuflo de Chaves, para que le llevase en demanda de la carabela, y alcanzándola fuese junto con el Adelantado a España. Y saliendo para el efecto, se dio tan buena diligencia que dieron alcance a la carabela: donde llegando, dijo Salazar con voz alta: «Señor García Venegas, ¿habrá lugar ahí para un preso?». A lo cual respondió: sí voto a... para llevarle a él y a otros veinte: y con esto se embarcaron y prosiguieron su viaje hasta el paraje de Sancti Spiritus, donde Alonso Cabrera, y el capitán del navío con los demás que allí iban, acordaron de volverse a la Asumpción a poner en su libertad al Adelantado, y restituirle su gobierno y oficio, tomando de él ante todas cosas juramento y homenaje, que por las cosas pasadas de su prisión no les sería hecho daño, ni perjuicio alguno; y ellos le prometían de favorecerle con todas sus fuerzas, hasta poner las vidas en su servicio. Y estando todos resueltos en esta determinación, fue contradicho por Pedro de Estopiñán su primo; y llamando a consejo a aquellos caballeros, los requirió de parte de Su Majestad que por ninguna vía dejasen de proseguir su viaje, porque de volver a la Asumpción, y restituir poniendo al Adelantado en su libertad, podría redundar en gran deservicio de Dios, y en una guerra civil continua entre los españoles de la provincia; y muchas muertes y otros daños, por estar incursos todos los más principales de la tierra en los movimientos y tumultos pasados: y pues el conocimiento de este negocio tocaba a la real persona, no convenía poner en tan evidente peligro a todos los de la provincia. Y que en el ínterin habían nombrado general y justicia mayor que los gobernase, que era Domingo de Irala persona de tanta satisfacción, calidad y valor, que daría buena cuenta de lo que es tuviese a su cargo: y así, que de su parecer era que continuasen su viaje, y fuese cada uno por lo que le tocaba a dar cuenta al Rey nuestro Señor: con cuyo consejo y persuasiones inundaron de parecer. Y prosiguiendo su navegación, salieron al mar océano; y navegando por su derrota, al cabo de 60 días llegaron a España, donde presentado ante el consejo, y dado cuenta de lo que había pasado, mandó Su Majestad prender a Alonso Cabrera, y a Venegas; y procediendo contra ellos estando a pique de sentencia, murió García Venegas, súbitamente, y Alonso Cabrera enloqueció en la prisión; y siguiéndose la causa por parte del Fiscal, fue sentenciado en vista el Adelantado, en privación de oficio, y desterrado a Orán con seis lanzas; y en revista, fue dado por libre, señalándole 2000 ducados cada año para su sustento en la ciudad de Sevilla, donde falleció en la primacía del consulado de ella, con mucha honra y quietud de su persona. Capítulo VI Cómo en este tiempo llegó a esta provincia Francisco de Mendoza, con la compañía de Diego de Rojas, que salió del Perú Por haber prometido en este libro tratar algunas cosas que se ofrecen del gobierno de Tucumán, como de las provincias conjuntas a esta del Río de la Plata, diré de su descubrimiento con toda brevedad: y es de saber que el año de 1543, luego que el licenciado Vaca de Castro desbarató y prendió en la batalla de Chupas a don Diego de Almagro, el mozo, determinó ocupar con cargos y oficios a algunos capitanes que le habían servido en aquel reino, despachándolos a gobiernos y nuevos descubrimientos, con que entendió satisfacerles en algo: y así hizo merced a Diego de Rojas del descubrimiento de la provincia que confina con la de Chile, abajo de la otra parte de la Cordillera, hasta los llanos que corren del Río de la Plata, dándole título de gobernador de aquella tierra; donde entraron en su compañía Felipe Gutiérrez, Pedro de Heredia, Francisco de Mendoza y otros caballeros y soldados, que por todos eran 300. Con los cuales, entrando en su jornada, dejó atrás la provincia de los Charcas, tierra asperísima; y saliendo a los llanos, encontraron algunos pueblos de indios: y entrando en los valles de Salta y Calchaquí, hallaron mucha gente de manta y camiseta, abundantes de comida; los cuales, juntos con los demás de la comarca, pelearon con los españoles; y en un reencuentro que con ellos tuvieron, fue muerto el capitán Diego de Rojas: por cuya muerte hubo diferencias en el campo sobre el gobierno de él, en especial de parte de Felipe Gutiérrez que lo pretendía como compañero y coadyutor de Diego Rojas, siendo todos de diferentes pareceres; por cuyos votos eligieron por general a Francisco de Mendoza, caballero principal y muy afable; y no cesando con esta elección Felipe Gutiérrez de su intento, fue desterrado para la provincia de Chile, con sus amigos y compañeros. Y prosiguiendo el General con su descubrimiento, llegó al Río del Estero, que saliendo de la Cordillera Nevada, corre por unos llanos hasta sumirse en medio de ellos, dejando grandes pantanos y lagunas: por cuyas riberas halló muchos pueblos de indios que llaman Jurís, y a este río Talcanco, de donde pasando adelante llegó a los Comechingones, que son unos indios naturales de la provincia de Córdoba que viven bajo de tierra en cuevas, que apenas aparecen sus casas por afuera. Y trabando amistad con ellos, se informaron de lo que había en la tierra, y tomando relación de como a la parte del Sur había una provincia muy rica de plata y oro, a quien llamaban Yungulo, que se entiende ser la misma noticia que en el Río de la Plata llaman los Césares, tomado del nombre de quien la descubrió. Junto con esto fueron informados que a la parte del Este había españoles que navegaban en navíos por un grande y anchuroso río donde estaban poblados: y con esta noticia determinaron dejar otra cualquiera empresa por ir en demanda de los de su nación. Y atravesando por algunas naciones de indios, con quienes tuvieron amistad, llegaron a un río pequeño, por cuya ribera bajaron a un gran pueblo de indios, que les salieron a recibir con las armas en las manos: y asegurados de los españoles, se aquietaron acudiéndoles con la comida necesaria. Este río sale al de la Plata, que se dice el Carcarañal, y a los naturales Timbús, gente dispuesta y agigantada. Otro día por la mañana, viendo los nuestros a la parte del Este grandes y extendidos vapores, preguntaron a los indios, qué fuese aquello: y ellos les dijeron, que procedían aquellas nieblas de un gran río que por allá corría: con lo cual el capitán Mendoza se fue luego a aquella parte por un llano muy apacible, y reconociendo de una legua las cristalinas aguas de aquel río, llegó a sus orillas, admirándose todos de ver su anchura y profundidad. Estaba todo el río lleno de muchas islas, pobladas de muy espesos sauces, que causaban gran contento a la vista; y por toda aquella costa se divisaban muchos fuegos, en que se avisaban los naturales de lo que se les ofrecía. Aquí sentaron su real, y otro día a las nueve vinieron a reconocer más de 300 canoas de indios; y cuando llegaron en frente de los nuestros, apartados de tierra como un tiro de flecha en una playa que allí parecía, comenzaron a levantar las palas en alto, señal de amistad, y quieta la gente oyeron los españoles hablar en voz alta a un indio que decía: «¿Sois amigos, o enemigos, qué queréis, o qué buscáis?». Admirados los nuestros de oír entre aquellos bárbaros quien hablase nuestra lengua, respondió el capitán Mendoza: «Amigos somos, y venimos de paz y amistad a esta tierra del reino del Perú, con deseo de saber de los españoles que por acá están». El indio le preguntó quién era y cómo se llamaba: y el capitán respondió que lo era de aquella gente que allí traía, y se llamaba Francisco de Mendoza. A lo cual el indio mostró mucho contento, diciendo: «yo me huelgo, señor capitán, de que seamos de un nombre y apellido: yo me llamo don Francisco de Mendoza, que lo tomé de un caballero de este nombre, que fue mi padrino cuando me bautizaron: por tanto, mira señor lo que habéis menester, que yo os proveeré de muy buena voluntad». El capitán le rogó saltase en tierra y viniese donde él estaba, para que pudiesen comunicar más despacio y poderle regalar con lo que tenía. El indio respondió: que él lo hiciera, mas que no se fiaba de él, porque estaba escarmentado de algunos españoles, que debajo de amistad le habían hecho tiro. Francisco de Mendoza le aseguró de su parte, que no se le haría daño ni perjuicio alguno. A lo que respondió el indio, que fuese con una condición, que enviase cuatro soldados que estuviesen en sus canoas, en el ínterin que él estaba en su poder, y a un tiempo volvió cada uno a los suyos. El capitán le dijo que estaba contento, y juró como caballero, en la cruz de su espada de lo cumplir. Y así despachó cuatro soldados, dando orden para que en ningún acontecimiento pudiesen correr riesgo, ni perder su libertad, quedando en poder de aquellos bárbaros. Al mismo tiempo que el cacique estuvo en tierra, y los soldados en las canoas, el capitán se fue para él, donde abrazándose el uno al otro, echó mano al indio de los cabellos, que era la seña que había dado a los soldados, los cuales al punto se arrojaron de las canoas y saltaron en tierra, y con las espadas desnudas herían a los indios que les impedían, llegándoles de socorro veinte hombres de a caballo, con que salieron libres. El cacique visto el suceso tan nunca visto y debajo de juramento, dijo: «Capitán Mendoza como me has engañado, como habéis quebrantado vuestra palabra y faltáis al juramento que me hicisteis? Que así es, matadme ya, o haced de mí lo que quisiereis». El capitán le consoló con buenas palabras, diciéndole que no recibiría ningún daño, antes sería muy bien tratado y regalado, porque el haber hecho aquello, no era por no quererle cumplir su palabra, sino por la poca satisfacción que él tenía de la suya; y sosegándose el cacique se informaron de él de las cosas de aquella tierra. Supo como todos los españoles que en ella había estaban en el río del Paraguay arriba, y debajo del mando del capitán Vergara (que por este nombre llamaban a Domingo de Irala): supo también como a Juan de Oyolas le habían muerto unos indios llamados Payaguás: díjole como había pocos días que habían llevado al adelantado Cabeza de Vaca preso a España, el cual había venido al socorro de los españoles que estaban en aquella tierra, con lo que quedó satisfecho de lo que deseaba saber: y regalando al indio lo posible, y dándole muchas cosas de rescate le pidió mandase a su gente le trajesen alguna comida; el cacique lo mandó, y se trajo al real lo necesario, haciendo en la playa de solo pescado un grande rimero, tan alto que una lanza no se veía. El capitán le dio un vestido de grana, manta y camiseta, y con grande caricia y amistad le despidió, y el indio se fue muy contento; y alzando el real se costeó río abajo hasta un sitio alto y llano que hace sobre su ribera; en cuya corona vieron la ruina de una fortaleza antigua que fue la que Sebastián Gaboto fabricó para escala de aquella navegación, y en la que sucedió la muerte del capitán don Nuño. Y sobre la barranca del propio río vieron enarbolada una cruz con una letra que decía: al pie cartas; donde cavando hallaron una botijuela en que estaba una carta muy larga del general Domingo de Irala, avisando a la gente de España de todo lo que se ofrecía, y de los inconvenientes que había de que guardarse; de los indios de quienes se podía fiar, y de quienes se habían de guardar; y de cierta cantidad de comida que estaba enterrada en una isla. Con que se determinó Francisco de Mendoza a pasar con su gente a la otra parte del río, que mostraba a la vista ser de buena y apacible disposición, y más alta y montuosa que donde él estaba: entendiendo poder ir con facilidad por aquella banda hasta topar con los españoles que estaban arriba. Sobre cuya determinación los más de los soldados replicaban contradiciendo este intento: de que vino a resultar que Pedro de Heredia y otros amigos suyos se conjuraron contra Francisco de Mendoza; y una noche con grande determinación se fueron a su tienda, y hallándole durmiendo, le mataron a puñaladas; y con esto se volvieron al Perú debajo de la orden de sus capitanes, al tiempo que el maestre de campo Carvajal acababa de desbaratar al capitán Diego Centeno en la batalla de Pocona, obligándole a que se retirase en una cueva donde estuvo escondido mucho tiempo. Y viendo Lope de Mendoza, su compañero, que le seguían algunos soldados, se fue a encontrar por gran ventura con los que iban de esta jornada del Río de la Plata, y juntos y conformes, tomaron la voz del rey contra el tirano, los cuales en otra batalla fueron vencidos y desbaratados. Capítulo VII De una entrada que hizo Domingo de Irala, hasta los confines del Perú, de donde despachó al de la Gasca, ofreciéndose al real servicio Habiéndose ocupad Domingo de Irala todo el año de 1545 en aquietar los alborotos pasados, se determinó a hacer jornada a la parte del Norte para descubrir aquella tierra de que tenían gran noticia había mucha riqueza: para lo cual juntó 300 soldados con algunos caballeros, y personas de obligación, entre las cuales iban Felipe de Cáceres, Gonzalo de Mendoza, Miguel de Rutia, Nuflo de Chaves, Agustín de Campos, Juan de Ortega, Rui García Mosquera, y otros, y más de 3500 indios amigos; dejando en la Asumpción, por su lugar teniente, a don Francisco de Mendoza; y partiendo con su armada por fin del año de 46, en cuatro bergantines, y cantidad de otras embarcaciones en que llevaba algunos caballeros, yendo por tierra todos los más de los indios, hasta que en el río del Itatin se incorporasen con la armada. Este Itatin es término que divide y define la población de los Guaranís, de las otras naciones australes; e yendo de este paraje haciendo sus jornadas, subió el río arriba hasta el puerto de los Reyes y pasando de allí a la isla de los Orejones, llegó a los pueblos de los indios Jarayes, y Perabazanes, que es la gente de más policía de estas provincia, como ya tengo apuntado. Las mujeres se labran todo el cuerpo hasta los rostros, con unas agujas, picándose las carnes, haciendo en ellas mil labores y dibujos con guarniciones en forma de camisas y jubones con sus mangas y cuellos; con cuyas labores, como ellas son blancas, y las pinturas negras y azules, salen muy bien. Está poblado el río de esta gente, de una y otra banda; hacia el Poniente reside su cacique principal, llamado Mané; y a la del Oriente los Perabazanes, que viven en casas muy abrigadas, redondas y cerradas a hechura de campana: cúbrenlas de muy tejida empleita de paja. De aquí envió el general Irala a Francisco de Rivera, y a Monroy a descubrir lo que había de allí arriba; y habiendo caminado sesenta leguas, toparon con dos bocas de río que venían a juntarse en un cuerpo; y entrando por la de mano derecha, que corre de la parte del Brasil, reconociendo que traía poca agua, metiéndose por el que venía de hacia el Norte, navegaron dos días: y al cabo de ellos, viendo que se dividía en muchos brazos y anegadizos dieron vuelta, hallándose en aquel paraje del de la Asumpción más de 400 leguas, y del mar más de 340. Y llegado adonde estaba el General, y dándole cuenta, determinó hacer su entrada por aquella parte, para cuyo efecto dejó a aquellos indios encomendadas todas las embarcaciones que había traído, con todas las demás cosas que no se podían llevar por tierra, Y tomando su derrota entre el Oeste y Norte, le fueron saliendo al camino muchos indios de los naturales de aquella tierra; y llegando a unas naciones que llaman Timbús, les salieron de guerra, y tuvieron una muy reñida pelea, y desbaratándoles e informándose de algunas particularidades de aquel territorio, les dieron noticia de un poderoso río que corre del Sur para el Norte, al contrario del de la Plata, y juzgaron ser el Marañón uno de los mayores de las Indias, el cual sale a la vuelta y costa del Brasil en el primer grado de la equinoccial. Supo también de estos indios Domingo de Irala, como entre el Brasil y el Marañón, y cabezadas del Río de la Plata, había una provincia de mucha gente que tenía sus poblaciones a la ribera de una gran laguna, y que poseían gran cantidad de oro de qué se servían; por lo que los españoles dieron a dicha laguna por dominación el Dorado. Cuyos naturales, dicen, confinan con unos pueblos de solas mujeres que tienen solo el pecho del lado izquierdo, porque el derecho lo consumían con cierto artificio para poder pelear con arco y flechas de que eran diestras y ejercitadas, aludiendo a las mujeres de Escitia, de quienes los antiguos escribían, y nuestros españoles llamaron de las Amazonas, conformándose esta noticia con la que así mismo tuvo de ellas el capitán Orellana, cuando en la jornada de la Canela que hizo Gonzalo Pizarro, bajando por el Marañón, le dieron relación de esta gente y pueblos de mujeres. Y dudando el General a qué parte había de tomar, se acordó que revolviese hacia el Poniente a ciertos pueblos de indios que tenían mucha plata y oro; según noticias, que se llamaban Sambocosis y Sivicosis: y así se determinó llegarse a ellos; y caminando para allá, arribaron a un río llamado Guapas, que es uno de los principales brazos del Marañón, y pasando adelante, entraron en dichos pueblos, que estaban a las faldas de una serranía cercana al Perú. De estos indios fueron muy bien recibidos por ser gente amigable, doméstica y grandes labradores: aquí se hallaron muchas muestras de plata y oro. Había entre esta gente algunos indios del Perú que dijeron ser Yanaconas, del capitán Peranzules fundador de la villa de la Plata en las Charcas, que habían venido por su mandado a estos pueblos que eran de su encomienda: de estos Yanaconas se informó el General de las diferencias y revoluciones que en el Perú tenían los españoles con la tiranía de Gonzalo Pizarro, y venida del presidente Gasca, con lo cual le pareció a Domingo de Irala gozar de tan buena ocasión, y ofrecerse con toda su gente al servicio de Su Majestad; para cuyo efecto despachó a Nuflo de Chaves y a Miguel de Rutia, y por otra parte al capitán Rui García, para que en nombre de todos aquellos caballeros le pidiesen les diese Gobernador en nombre de Su Majestad, los cuales habiendo llegado, te dieron su despacho. El de la Gasca estimó en mucho aquel ofrecimiento, y les dio por Gobernador a Diego Centeno, que por su fin y muerte, no entró al gobierno; ni tampoco otro que fue después nombrado. Y deteniéndose Nuflo de Chaves, y los demás, más tiempo del que se les fue señalado, por haber pasado a la ciudad de los Reyes donde el presidente había ido, después de desbaratado al tirano y présole en la batalla de Xaquí-Xaguana, y partídose para Castilla, determinaron todos los más capitanes pedir a su gobernador Domingo de Irala, que entrase con ellos al Perú porque no los tuviese allí tanto tiempo sin hacer ningún efecto; pues la dilación de la correspondencia que aguardaban no daba lugar a otra cosa. A esto les respondió el General, que no lo podía ni debía hacer sin la autoridad de la persona que gobernaba aquel reino; por ser jurisdicción distinta de la suya, y se le podía atribuir a mal caso el entrar con tanta gente armada en aquella tierra, en tiempo que estaba tan revuelta. De estas demandas y respuestas resultó que todos los más soldados del tercio se amotinaron, requiriendo al General que ya que no quería pasar adelante, diese vuelta para la Asumpción; a lo cual respondió no lo podía hacer por haber dado su palabra a los que despachó al Perú de aguardarlos en aquel puesto. Y ellos visto esto se determinaron a. negarlo la obediencia, y eligieron por su cabeza al capitán Gonzalo de Mendoza, quien no lo quiso aceptar, y fue compelido a ello y pareciéndole menos grave el dar la vuelta que entrar en un reino tan turbado, caminó con la gente por donde había entrado, y no pudiendo Domingo de Irala hacer otra cosa, se vino con ellos, acompañado de sus amigos: y caminando por sus jornadas con poco orden, y divididos por compañías, fueron asaltados en el camino de los indios, donde mataron a algunos españoles, recibiendo los demás mucho daño; de que todos quedaron descontentos por el mal gobierno y poco recato que traían; y llegados a los navíos por fin del año de 1549, hallaron en aquel paraje y puerto alguna gente que había subido de la Asumpción a dar aviso al General de lo que había sucedido en aquel tiempo, como adelante diremos; dando los indios Jarayes tan buena cuenta de lo que les había dado a guardar el General, que más no pudo ser, mostrando en esto gran fidelidad. Entendido por los del campo las revoluciones que había en la Asumpción, suplicaron a Domingo de Irala fuese servido de tornar a tomar el gobierno, y remediase los escándalos y alborotos en que estaba la república: pues teniéndola él a su cargo, reprimiría tan grandes excesos, reduciéndolos a todos a una universal paz y quietud. Y de tal manera lo persuadieron, que hubo de aceptar, haciendo todos el juramento y pleito homenaje de le obedecer y servir en nombre de Su Majestad y así bajaron con mucho gusto. Capítulo VIII De lo sucedido en este tiempo en la Asumpción, y de la elección del capitán Diego de Abreu; y cómo cortaron la cabeza a don Francisco de Mendoza, etc. En tanto que las cosas referidas en el capítulo precedente pasaban en la jornada de Domingo Martínez de Irala, sucedieron en la Asumpción otras novedades, que causaron adelante mayor inquietud: siendo el principio de ellas, de que don Francisco de Mendoza, lugarteniente de Domingo Irala, visto que había más de año y medio que era salido a su jornada, y no volvía, propuso que los conquistadores que con él habían quedado, eligiesen quien los gobernase en justicia, por parecer y consejo de sus amigos y aficionados; que le decían, que un caballero de sus partes y nobleza, no era razón fuese inferior a otro ninguno: y pues en él concurrían tantos méritos, hiciese su negocio sin otro ningún respeto, pues la ocasión y ausencia del General le daba lugar a ello: y hecha que fuese la elección, despachase a Su Majestad por la confirmación, en conformidad de la real cédula, pues era cierta la venia, teniendo en España deudos tan principales: con que se vino a resolver y ponerlo en efecto, Para lo cual mandó llamar algunas personas de parecer y voto, junto con los capitulares y regidores; que fueron, el capitán García Rodríguez de Vergara, el factor Pedro de Orantes, los regidores Aguilera y Hermosilla, y otros a quienes don Francisco de Mendoza propuso su intento. Los cuales le respondieron no haber lugar a lo que pretendía, pues no era necesario en tanto que no se supiese de la muerte del General, que en nombre de Su Majestad gobernaba la provincia, cuyo lugar teniente era él en la república; a quien todos como a tal reconocían y obedecían en todo. Don Francisco replicó a sus razones, diciendo que por ellas mismas estaban convencidos de hacer elección, por haber tanto tiempo que Domingo de Irala había salido a su jornada y no haber vuelto; de donde se colegía que por su muerte e imposibilidad no daba lugar a ello: y en caso que no fuese muerto se reputaba por tal, por el largo tiempo de su ausencia, para poderse hacer jurídicamente la elección. Con lo que se resolvieron a hacerla, conque ante todas cosas se desistiese don Francisco de Mendoza del cargo que tenía, pues de lo contrario no habría lugar para poderse hacer, ni ellos permitirían tal. Y así juntos en su cabildo, hizo luego dejación de su oficio, desistiendo y apartando de sí el cargo y jurisdicción que tenía de Su Majestad; con lo cual fue pregonado, que para tal tiempo y día, todos los conquistadores se juntasen en la iglesia parroquial para elegir y nombrar gobernador. Y llegado el día, a son de campana tañida, se juntaron seiscientos españoles con el padre Fonseca, que era capellán del Rey, con los capitanes Francisco Ruiz, García Rodríguez, Diego de Abreu, Rui Díaz Melgarejo, Francisco de Vergara, Alonso Riquelme de Guzmán, y Don Diego Barúa, con los oficiales reales y regidores que allí había: los cuales todos, guardando los requisitos del derecho, recibían los juramentos de cada uno, de que darían su voto a la persona que en Dios y en sus conciencias entendiesen que debía gobernar la república en el real nombre. Y con esto fueron dando sus cédulas y nominaciones: y metidas en un vaso fueron sacadas y conferidas por los capitulares; y regulada por ellos, hallaron tener más votos que otro ninguno el capitán Diego de Abreu, caballero de mucha calidad y suerte, natural de Sevilla, a quien luego eligieron y recibieron por capitán general y justicia mayor de aquella provincia. Y hecho el juramento y solemnidad que en tal caso se requería, tomó en sí la real jurisdicción, y administró justicia en nombre de Su Majestad: de lo cual don Francisco de Mendoza quedó muy sentido y avergonzado, por ver le había salido tan incierta su pretensión. Y tomando sobre el caso su acuerdo con algunos de sus amigos y aficionados, convinieron en que la elección de Diego de Abreu era nula, y de ninguna fuerza y vigor, por no haberse podido hacer conforme la cédula de Su Majestad durante el que gobernase, y el que por su fin y muerte quedase: que hablando en propios términos él era a quien se debía obedecer por el oficio que tenía, y le había sido dado por el general Domingo de Irala: no obstante el haber hecho dejación, que para ser jurídica había de ser en manos de superior, y de quien le pudiese proveer; y pues el ayuntamiento ante quien lo hizo no lo era, todo lo hecho y actuado en esta elección era en sí ninguno. Con estos y otros pareceres se determinó don Francisco a tornar a recobrar el uso y administración de su oficio; para lo cual juntó todos sus amigos y aliados para prender al capitán Diego de Abreu: lo cual sabido por él, juntó con toda diligencia la más gente que pudo, e yéndose con ella a casa de don Francisco, todos armados y puestos en buen orden, llegaron donde él y los suyos estaban, y poniéndole cerco, le acometieron por todas partes. Y entrando a fuerza en sus casas, le hallaron solo y desamparado; porque luego que vieron los que lo hacían, que venía Diego de Abreu con toda la gente, lo desampararon, salvo unos pocos de más obligaciones que quedaron con él, los cuales fueron presos con él. Y procediendo por vía de justicia contra don Francisco, el capitán Diego de Abreu y sus acompañados, fue sentenciado en que le fuese cortada la cabeza públicamente: cuya rigurosa sentencia le fue notificada, y sin embargo de su apelación, fue mandado ejecutar: y habiendo hecho todas las diligencias posibles por excusar su muerte, ofreció dos hijas que tenía, una a Diego de Abreu, y otra a Ruiz Díaz Melgarejo, para que se casasen con ellas. Y ellos le respondieron, que lo que le convenía era, componer su alma y disponerse a la muerte, y dejarse de aquellas cosas, porque no era tiempo de ellas; con otras palabras desenvueltas y libres, como de personas que estaban llenas de pasión. Lo cual visto por él, acudió a lo que debía, al ser de cristiano y de caballero. Ajustando su conciencia, legitimó a sus hijos, don Diego y don Francisco, Doña Elvira y Doña Juana, los cuales hubo en uña noble señora llamada Doña Francisca de Angulo, con quien casó en el artículo de la muerte; mandando a sus hijos fuesen siempre leales servidores del Rey, que en ningún tiempo fuesen contra él. Y acabado esto, le sacaron al cadalso rodeado de gente armada, que estaba a la puerta del capitán Diego de Abreu donde con gran lástima de los que le vieron, por ser un caballero venerable y de tanta calidad, fue muy llorado; y él con un semblante grave y sosegado habló a todos los circunstantes, dando algunas satisfacciones de haber venido a aquel punto, atribuyéndole a justo juicio de Dios, por haber en tal día como aquel, muerto en España a su mujer, a los criados de su casa, y a un clérigo, compadre y capellán suyo, por falsas sospechas que de ambos tenía; y así dijo permitía Dios Nuestro Señor pagase esto con su muerte, por mano de otro su compadre, que lo era el verdugo llamado el Sardo, por ser natural de Cerdeña. Capítulo IX Cómo el capitán Diego de Abreu despachó a España a Alonso Riquelme de Guzmán, y de cómo se perdió; y vuelta del General Luego que Diego de Abreu fue electo, mandó aderezar una carabela para despachar en ella a Castilla, con la elección de su nombramiento, a Alonso Riquelme de Guzmán; y proveído lo necesario con toda diligencia, le encargó sus negocios, en cuya compañía también iba Francisco de Vergara y otras personas de satisfacción. El cual este mismo día del año de 1548 salió del puerto, y bajando por sus jornadas, iba en su conserva un bergantín en que iba Hernando de Rivera hasta la isla de San Gabriel. Y saliendo del río de las Palmas, atravesando el golfo de Buenos Aires para la isla de Flores, dejando a una mano la de San Gabriel, para de allí entrar en el ancho mar; y despedidos los unos de los otros, se fueron por la canal que va a salir al puerto de Maldonado, donde aquella noche les sobrevino una tan gran tormenta, que dio con la carabela en una encubierta laja, que está en la misma canal, que hoy llaman la Laja del Inglés, por haberse perdido en ella, pocos años ha, un navío de esta nación que corría aquella costa. Por manera que la carabela, que estaba encallada sobre las peñas, se abrió por los costados, y entraba tanta agua por ellos, que no podían agotar: no cesando en todo este tiempo la furiosa tormenta: y recelando todos la perdición que tan cercana tenían, acordaron desamparar el navío y salirse a tierra firme, al peligro y riesgo de venir todos a poder de los indios de aquella tierra, que son los Charrúas, crueles y bárbaros. Y para poderlo hacer, cortaron el mastelero mayor, y con tablas y maderas hicieron una gran balsa juntamente con el batel, para que pudiesen atravesar aquel brazo y salir a tierra. Y cesando un poco la tormenta, tuvieron lugar de poderlo hacer y tomar la costa, adonde luego acudieron los indios que corren por toda ella; y haciendo un reparo entre el río y la barranca, se pudieron guarecer de la furia de ellos. Y caminando aquella noche por la costa arriba en busca del bergantín, dieron en unas lagunas, en que pasaron mucho trabajo para atravesarlas a nado; y aquella misma noche sobrevino de la parte del Sud otra mayor tormenta que la pasada, que desencalló la carabela de donde estaba, y dio con ella hecha pedazos en aquella costa, con la cual esta misma noche vinieron a topar con gran espanto y admiración de todos. Y cerca del día prendieron dos indios pescadores, de quienes supieron de cómo el bergantín estaba recogido en una caleta, dos leguas adelante; y por darle alcance, salid luego Francisco de Vergara con un compañero a dar aviso de lo que pasaba: por manera que con esto fue Dios servido poder tener embarcación en que volverse todos a la Asumpción, como lo hicieron al tiempo que el general Domingo de Irala había ya vuelto de la jornada: y como en el capítulo pasado referí, todo el campo le había tornado a reconocer por superior, y pedídole perdón los culpados de la desobediencia pasada. El cual, habiendo llegado cuatro leguas de la Asumpción, le salieron todos a recibir, reconociéndole por su General y Justicia mayor, sin que el capitán Diego de Abreu fuese parte para otra cosa. Y así determinó salirse luego del pueblo con todos sus amigos, no le osando aguardar ni resistir en aquel puesto; y entrándose por los pueblos de indios del Ibitiruzá, y tierras del Acay, se hizo fuerte. No mucho después llegaron a la Asumpción el capitán Nuflo de Chaves, Miguel de Rutia y Rui García, que venían del Perú, de aquel despacho que Domingo de Irala hizo al presidente Gasca: los cuales volvían muy aderezados de vestidos, armas y otros pertrechos de sus personas, con socorros y ayudas que para ello se le mandó dar. Traían en su compañía de aquel reino al Capitán Pedro de Segura, un hidalgo honrado de la provincia de Guipúzcoa, que había sido soldado imperial en Italia, y de los antiguos de las Indias; con quien juntamente venían Joanes de Oñate, Francisco Conton, Pedro Toledo, Alonso Martín de Trujillo, y otros muchos, que por todos eran más de cuarenta soldados. Metieron de esta jornada en aquella provincia algunas cabras y ovejas, y habiendo tenido en el camino con los indios muchos reencuentros y escaramuzas, rompieron por muchos pueblos, y llegando a cierto paraje, una noche fueron cercados de más de treinta mil indios: y estando para acometer al real, y darle asalto, no lo osaron hacer, porque entendieron ser sentidos, por haber oído toda aquella noche los balidos de los cabrones con las cabras, creyendo eran los españoles que estaban puestos en arma, por cuya causa se retiraron. Recibida de Domingo de Irala toda esta compañía, fueron muy satisfechos de no haber estado en su mano poderles aguardar, como quedó dicho, por las causas referidas. Pero, pasados algunos días, personas mal intencionadas se conjuraron en dar de puñaladas a Domingo de Irala, siendo autores de este negocio el capitán Camargo, Miguel de Rutia, y el sargento Juan Delgado, con otros que habían ido del Perú: y siendo el negocio descubierto, fueron presos, y averiguada la verdad, se dio garrote a Miguel de Rutia y al capitán Camargo: usando con los demás culpados de clemencia, fueron perdonados; no cesando sin embargo de esto, algunos intentos apasionados, que no dejaban de tener a la república muy turbada. En especial el capitán Nuflo de Chaves hacía instancia en pedir la muerte de don Francisco de Mendoza, por haberse casado en este tiempo con Doña Elvira Manrique, su hija; y siguiéndose la causa contra los agresores, salieron en busca de ellos como a perturbadores de la paz, y tumultuarios de la república. Fueron presos Juan Bravo y Rengifo, y luego ahorcados; y otros que fueron habidos, fueron puestos en estrecha prisión; especialmente Rui Díaz Melgarejo, que por cierta ventura fue libre de ella, echándole fuera un negro esclavo de Nuflo de Chaves. Visto por algunos caballeros, que andaban en estos desasosiegos, el riesgo de sus vidas, y el poco fruto que hacían en andar retirados de la obediencia de quien estaba en nombre de Su Majestad, acordaron de reducirse a su servicio, y a la paz general de la república: y habiéndose tratado por mano de religiosos y sacerdotes, hallaron en el General muy entera voluntad; y venido al fin de este negocio, para más confirmación de ella se concertó que Francisco Ortiz de Vergara y Alonso Riquelme de Guzmán, casasen con dos hijas del General; y lo mismo hicieron con otras el capitán Pedro de Segura y Gonzalo de Mendoza: con cuyos vínculos vinieron a tener aquellos tumultos el fin y concordia que convenía con verdadera paz y conformidad; en que fue Su Majestad muy servido con gran loa y crédito del celo y cristiandad de Domingo de Irala. Solo el capitán Diego de Abreu con algunos de sus amigos quedaron fuera de esta confederación, queriendo sustentar su opinión, porque le pareció no le convenía otra cosa, ni le era muy segura, por tener contra sí a Nuflo de Chaves, yerno de don Francisco de Mendoza, a quien él hizo degollar. Capítulo X De cómo en este tiempo salió el capitán Juan Núñez de Prado del Perú a la población de la provincia de Tucumán, después que el de la Gasca venció a Gonzalo Pizarro Después que el de la Gasca el año de 1543 venció en la batalla de Xaqui-xaguana a Gonzalo Pizarro, luego el siguiente dio facultad y comisión a Juan Núñez de Prado para que tomase a su cargo la población y conquista de la gobernación de Tucumán, que se había dado a Diego de Rojas. El cual, acudiendo a lo que en esto convenía, juntó ochenta y tantos soldados con muchos indios naturales, y pertrechado de armas y caballos, hizo con ellos su entrada por la provincia de los Chicuanas el año de 1550. Y estando con su campo en los Chichas, en el pueblo de Talina, llegó allí Francisco de Villagra, que iba para Chile con socorro de gente a don Pedro de Valdivia, gobernador de aquel reino; donde vístose ambos capitanes, Villagra con poco decoro le sonsacó a Juan Núñez de Prado muchos soldados e indios de los que llevaba en su compañía, sin ser parte a impedirlo las suplicaciones y buenos respetos suyos. Francisco de Villagra se aseguró de todo lo que le pudo ejecutar; de que quedó muy sentido Juan Núñez de Prado; y haciendo su jornada con sesenta soldados que le quedaron, entró en la provincia de Tucumán con muy buenos sucesos: llegó al territorio de aquel término, donde fundó cerca de la Sierra una ciudad que le llamó del Barco; a contemplación del licenciado Gasca que era natural del Barco de Ávila. Y habiendo hecho la planta de su población, y un fuerte en que se metió con su gente, salió con treinta soldados a correr la redonda de la tierra, y traer a su amistad algunos pueblos de la comarca: y caminando una noche a reconocer unas poblaciones de indios, llegó a un río, en cuya ribera estaba alojado un gran real de españoles con mucha gente y caballos; de que quedaron confusos de quien podría ser: y reconociéndole de más cerca, vinieron a entender que era Francisco de Villagra, que torciendo su derrota había entrado por esta provincia por la falda de la Cordillera, con ánimo de emprender por aquella parte nuevo descubrimiento; de que Juan Núñez de Prado tomó grande, indignación acordándose del mal término que con él en los Chichas había tenido: y sin más deliberación determinó prenderle, y castigar, por entrársele en su Jurisdicción y gobierno con mano armada. Y así mandó al capitán Guevara que con unos soldados le acometiese por una parte, y que él asaltaría por otra su real, y en el ínterin que le procurase prender o matar. El capitán Guevara se fue derecho a la tienda de Villagra, encontrando con los que estaban de guardia, donde entraron por fuerza. A cuya hora ya estaba Villagra armado y con su espada y rodela; y abrazándose con el capitán Guevara, le dio un encuentro con la rodela que cayeron ambos en el suelo: y asiéndole a la guarnición de la espada, se la sacó Villagra de la mano, y él arremetiendo a un soldado que junto a él estaba, le quitó la suya, en tiempo que los unos y los otros andaban revueltos a cuchilladas, y todo el real despavorido con el alarma y sobresalto, que por la otra parte les iba dando Juan Núñez de Prado. Con lo cual se retiraron muchos, y desampararon sus tiendas, y con otros que acudieron al socorro de Villagra, vino a revolverse tan gran ruido que le convino a Juan Núñez de Prado tocar a recoger la trompeta, que era la seña que tenía dada a su gente; y con buen orden fueron saliendo adonde tenían sus caballos no siéndole poco dificultosa esta retirada al capitán Guevara, sin haber hecho ningún efecto de lo que pretendía, mas de haber habido algunos heridos de ambas partes: y junto con su capitán, se fueron a gran prisa para su pueblo. Villagra quedó encendido en ira y enojo, aunque le pareció como cosa de sueño; y así al mismo punto determinó seguirlos, llevando consigo sesenta soldados, con los cuales les fue a los alcances. Y Juan Núñez de Prado, llegado a su fuerte, le pareció no sería parte a resistirle, y así determinó irse a la sierra con alguno de su compañía, donde se retiró en lo más áspero, dejando en el lugar toda la demás gente que a su cargo tenía. Villagra se apoderó luego del fuerte, y juró de no salir de él hasta haber a las manos a Juan Núñez de Prado y escarmentarle como merecía y metiéndose por medio en este negocio un honrado sacerdote que allí tenían por cura, trató con Villagra que fuese servido de remitir lo pasado con alguna concordia de amistad, y él lo admitió con una condición, de que Núñez de Prado se le sometiese, dándole obediencia como a superior, en nombre del gobernador don Pedro de Valdivia; y que con esto le haría toda amistad, y le dejaría en su tenencia y oficio. Y aunque a Núñez de Prado se le hizo esto dificultoso, fue aconsejado de sus amigos lo hiciese, pues no podía haber otro medio. De manera que, en esta conformidad, él y todo el cabildo le recibieron, y dieron la obediencia como a superior, en nombre de Su Majestad, y a don Pedro de Valdivia, so color de incluirse aquella provincia en el gobierno y conquista de Chile. Luego que esto se concluyó, Francisco de Villagra hizo nuevo nombramiento para el gobierno de aquella provincia, a Juan Núñez de Prado; y dando orden en algunas cosas que le parecieron convenientes, se partió para Chile. Y luego Juan Núñez de Prado, vístose desembarazado de la sujeción y poderío de Villagra, renunció el poder que por él le fue dado, diciendo que no tenía necesidad de él, pues le tenía con plena facultad del presidente Gasca, gobernador general de estos reinos; y así usando de su comisión y gobierno que antes tenía, continuó su conquista y población. Llegado Villagra al reino de Chile, dio cuenta a don Pedro de Valdivia de lo que le había pasado en la provincia de Tucumán con Núñez de Prado; y como le quedaba inmediato y sujeto a su gobierno. Por lo cual despachó luego a esta provincia, por su teniente general, a Francisco de Aguirre, hombre principal, conquistador antiguo del Perú, vecino y encomendero de la ciudad de Coquimbo: y entrando en esta tierra, tomó luego posesión de ella en nombre de Valdivia; como lo hicieron de allí adelante los que fueron despachados a su gobierno, la cual por este camino vino a quedar muchos años inmediata. Luego a Juan Núñez de Prado, por lo que había hecho, lo despachó procesado a Chile, de donde se fue a los Reyes, y tuvo negociación para tornar a entrar en esta provincia, aunque no lo pudo poner en efecto. Y así en este tiempo Francisco de Aguirre administró el oficio de Teniente General que le fue cometido por Valdivia; y por causas convenientes que le movieron, trasladó la ciudad del Barco de la Sierra sobre el Río del Estero, en la comarca de los Juris, mudándole el nombre en la ciudad de Santiago, que hoy tiene, y en cuyo lugar permanece. Está en altura de 29 grados, distante de la ciudad de la Plata 1200 leguas, y es cabeza de aquella gobernación. Repartió Francisco de Aguirre los indios naturales de esta jurisdicción en 56 encomenderos: empadronáronse 47000 indios Jurís y Tenocotes, así en el Estero como en el río Salado y en la Sierra. Es tierra fértil en especial en los bañados, como en otro lugar se ha dicho; con que la deja el río dispuesta para las sementeras de los naturales y españoles. Y sucediéndole en el oficio Juan Pérez de Corita, fundó una ciudad en el Valle de Calchaquí, y otra en el de Conando, que la llamó la ciudad de Londres. Y corriendo el tiempo adelante, fue provisto a esta provincia un fulano Castañeda por los gobernadores de Chile, y por su mal gobierno vinieron a despoblarse estas dos ciudades por los indios naturales de aquella tierra, con pérdida y muerte de mucha gente española: cuyos sucesos por no ser   —83→   propios de esta historia, no los refiero; hasta que esta provincia fue proveída por Su Majestad, despachando al gobierno de ella a Francisco de Aguirre, como más largamente adelante diremos. Capítulo XI De la jornada que hizo Domingo de Irala, llamada, la Mala Entrada, etc. Pacificados por Domingo de Irala los bandos y diferencias que había entre los españoles con las amistades y casamientos que tenemos referido, determinó hacer una jornada importante, en la cual pudiese descubrir algunas de las noticias de fama que tenia en la tierra; pues donde tanta nobleza y cantidad de soldados había, no era razón dejar de buscar el aprovechamiento y comodidad que les convenía. Y entrado el año de 1550 se publicó la jornada para que todos los que quisiesen ir a ella se alistasen; y así con este deseo se ofrecieron muchas personas de cuenta, capitanes y soldados, que por todos fueron 400 españoles, y más de 4000 indios amigos: con los cuales salió de la Asumpción por mar y tierra en bergantines y bajeles, y otras embarcaciones donde llevaban sus mantenimientos y vituallas, y más de 600 caballos. Dejó el General por su lugarteniente en la ciudad de la Asumpción al contador Felipe de Cáceres; y partido que fue a la jornada, mandó luego recoger los que andaban descarriados y fuera de orden por la tierra; porque de las ocasiones pasadas habían quedado algunas reliquias de bandos y parcialidades del capitán Diego de Abreu; a cuyo mandato acudieron todos los más a la obediencia de la real junta, quedándose solo con sus amigos Diego de Abreu, con lo cual todavía no cesaban los motivos y recelos de alguna turbación. Para cuyo remedio pareció a Felipe de Cáceres ser conveniente prenderle, y para poderlo hacer con más comodidad, despachó veinte soldados con un caudillo llamado Escaso, para que le buscase y trajese preso con los demás que con él andaban. Salidos al efecto, llegaron a un monte muy áspero donde estaba retirado, y entrados dentro de él, vieron en una espesura de grandes árboles una casa cubierta de palmas, las paredes de tapia francesa, y reconociendo con la obscuridad de la noche la gente que estaban dentro, vieron que había solo 4 ó 5 españoles, y uno de ellos el capitán Diego de Abreu que estaba enfermo de los ojos, y por el gran dolor de un accidente no podía dormir: y descubriéndole por un agujero el caudillo Escaso, le apuntó con una jara de ballesta, la cual disparada, le atravesó con ella el costado de que luego cayó muerto, y así le trajeron atravesado en un caballo a la Asumpción. Y porque el capitán Melgarejo reprobó este hecho, y tomó por suya la causa con tanta turbación, fue preso y puesto a buen recaudo, de que Francisco de Vergara su hermano fue muy sentido; y dádose aviso de lo sucedido al General, que aun no estaba muchas leguas de la ciudad, fue necesario volver en persona a aquietar esta turbación, que estaba a pique de gran ruina. Donde llegado, despachó a Melgarejo a su real, en que había quedado Alonso Riquelme con toda la gente; y entre los dos fueron de acuerdo, que le diesen lugar para irse al Brasil, y llevar en su compañía solo un soldado llamado Flores. Diole lugar Alonso Riquelme a conseguir su intento, y partió a su jornada, atravesando por los pueblos de los indios Guaranís: entró en la provincia de los Tupís que son antiguos enemigos de los Guaranís y castellanos, y amigos de los portugueses: estos prendieron a Rui Díaz Melgarejo y a su compañero, y atados con fuertes cordeles los tuvieron tres o cuatro días, y al cabo de ellos mataron a Flores y se lo comieron con gran fiesta: diciendo a Melgarejo, que otro día harían con él otro tanto. Del cual peligro fue Dios servido librarle; y soltándose de la prisión por medio y ayuda de una india que le guardaba, llegado a San Vicente se casó con una señora llamada doña Elvira, hija del capitán Becerra, de la armada de Sanabria, como adelante diremos. Vuelto el General a su real halló menos a Rui Díaz Melgarejo que no dejó de sentirlo, y así le escribió luego una carta de mucha amistad, y le envió un socorro de ropa blanca y rescate para el camino, con una espada de su misma cinta; que todo ello recibió Melgarejo, excepto la espada, por la dañada intención que llevaba contra él. Hecho esto, continuó el General su jornada, y subiendo río arriba llegó al puerto de los Reyes donde saltó en tierra con toda su gente atrayendo al real servicio todos los pueblos de indios comarcanos: y caminando por los llanos entre el Sud-oeste y Occidente, descubrieron muchas naciones, que unas les salían de guerra, y otras de paz, y con diferentes sucesos fueron atravesando la tierra hasta los indios Bayás. Y pasando adelante bojeando la cordillera del Perú, dieron en unos indios que llaman Frentones, y por otra parte se dicen Nonogayes, gente muy belicosa; de los cuales informados de lo que había en la tierra, les dijeron estar metidos en los confines de la gobernación de Diego de Rojas, y a mano derecha las amplísimas provincias del reino del Perú, de donde entendieron, que por aquella parte no había más que descubrir. Y así determinados a revolver para el Norte, dieron vuelta, y prosiguiendo su derrota, se les amotinaron más de mil quinientos indios amigos, de los que llevaban por haber tenido noticia, que no muy lejos de aquella distancia estaban poblados otros de su misma nación, que llamaban Chiriguanos, y se fueron en busca de ellos, como lo habían hecho otra vez esta misma gente el año de 1548. Con esto, y las muchas aguas que sobrevinieron, les fue forzoso ir buscando donde hacer su invernada, con intento de entrar en la provincia del Dorado y descubrir los Moyones, que caen de la otra parte del río Guaypay, que, como dije atrás, es uno de los brazos del Marañón. Y revolviendo con esta determinación, fueron tantas las aguas, que anegaron toda la tierra: las unas de las vertientes de los ríos del Perú; y las otras de los mismos ríos de aquella tierra, por cuya causa perdieron todos los caballos, más de 1500 amigos, y todo el servicio que habían adquirido de aquellas naciones, padeciendo excesivos trabajos que españoles han pasado en las Indias. De que resultó que muchos de ellos murieron de enfermedades que les sobrevinieron; con que les fue forzoso dar vuelta para los navíos, con tanta, dificultad que no fue de poca ventura haberlos podido tomar, según la grande inundación de aquella tierra, que causó tanta perdición; por lo cual la llamaron la Mala Entrada, etc. Capitulo XII De la población del río de San Juan, y de cómo no se pudo sustentar, y de la pérdida de la galera Después que el general Domingo de Irala volvió de la Mala Entrada, propuso a los oficiales reales de Su Majestad la grande importancia que había de tener poblado un puerto para escala de los navíos en la entrada del Río de la Plata; y de acuerdo de todos fue determinado se pusiese en efecto. Para lo cual nombraron el capitán Juan Romero, hombre principal y honrado; y juntando en su compañía ciento y tantos soldados, salió de la Asumpción en dos bergantines hasta ponerse en el paraje de Buenos Aires: y tomando a mano izquierda a la parte del Norte, paso cerca de la isla de San Gabriel y entró por el río del Uruguay, donde a dos leguas surgió en el río de San Juan, y allí determinó de hacer la fundación que le estaba cometida: y puesto en efecto, nombró sus oficiales y regidores, llamándole la ciudad de San Juan, cuyo nombre quedó hasta ahora a aquel río. Pasado algún tiempo, los naturales de la tierra procuraron impedir la fundación, y hicieron muchos asaltos a los españoles, que no les daban lugar a hacer sus sementeras: por cuya causa, y por el poco socorro y recurso que tenían, padeciendo mucha necesidad y hambre, y haciéndolo saber Juan Romero al General, fue acordado despachar una persona de satisfacción para que viese y considerase el estado de este negocio, y las dificultades que se ofrecían, y conforme a ellas se hiciese lo que más triste conviniese. Para cuyo efecto se cometió al capitán Alonso Riquelme, el cual saliendo de la Asumpción en un navío, que llamaban la galera, con 60 soldados, y discurriendo por su camino, antes del río de las Palmas, entró por el de las Carabelas que sale al propio Uruguay poco más adelante que el de San Juan; y atravesando aquel brazo llegó a este puerto con mucho aplauso de toda la gente. Hallola muy enflaquecida; y que estaba desconfiada de poder salir de allí con vida, con los continuos asaltos que los indios les daban: por cuya causa, y otras de consideración bien vistas, fueron todos de acuerdo de desamparar por entonces aquel puerto, y se metieron con toda la gente en los navíos que allí tenían; y subiendo río arriba llegaron una mañana a tomar tierra sobre unas barranqueras muy altas y despeñadizas, donde quisieron descansar y comer un bocado, haciendo fuego para guisar. Y estando quince o diez y seis personas sobre aquellas barrancas, se desmoronaron súbitamente, y cayeron hasta dar en el agua, llevándose consigo toda la gente que arriba estaba: los cuales sin escapar ninguno se despeñaron y fueron abogados, habiendo sido el derrumbo de la tierra tan grande, que alteró todo el río, y le movió de tal manera que la galera que estaba cerca, fue trabucada como si fuera cáscara de avellana; y vuelta boca abajo, con la quilla arriba, fue por debajo del agua más de mil pasos río abajo, hasta que topando el mástil con un bajo, se detuvo en una punta. Donde llegando toda la gente la volvieron boca arriba, y hallaron una mujer que había quedado adentro, siendo Dios servido no se hubiese ahogado en todo este tiempo; en el cual no fue menos el peligro que los demás padecieron con los indios enemigos, que al mismo punto que esto sucedió fueron acometidos de ellos, viendo la ocasión tan a propósito para hacerles algún perjuicio: y peleando con ellos los nuestros con gran valor, fueron resistidos y ahuyentados, y con la buena diligencia y orden de los capitanes, fue Dios servido de librarlos de tan manifiesto peligro. Lo cual sucedió el año de 1552, primero de noviembre, día de Todos los Santos; y otras veces este mismo día han sucedido en esta provincia grandes desgracias y muertes: por cuya razón guardan en ella inviolablemente la festividad de dicho día y su víspera hasta el otro siguiente, sin moverse en cosa ninguna, aunque sea de necesidad muy precisa: con que, gracias a Nuestro Señor, se ha visto por evidencia el favor y auxilio con que la Divina Majestad la está socorriendo y ayudando. Capítulo XIII De una jornada que Domingo de Irala hizo a la provincia de Guayra En este tiempo llegaron a la ciudad de la Asumpción ciertos indios principales de la provincia de Guayra a pedir al General les diese socorro contra sus enemigos Tupís, de la costa del Brasil, que con ordinarios insultos los molestaban y hacían muy grandes daños, con muertes y robos, con favor y ayudas de los portugueses de aquella costa: proponiendo la obligación que había, como a vasallos de Su Majestad de ser amparados y favorecidos; por manera que el General, habido su acuerdo, determinó ir personalmente a. aquella provincia a remediar estos agravios: y prevenido lo necesario, aprestó una buena compañía de soldados y cantidad de amigos, y caminó por tierra con su gente; y pasando por muchos pueblos de indios de aquella provincia, con mucho aplauso y amistad de toda la tierra, llegó al río del Paraná, a un puerto que baja sobre aquel gran salto, de que he hecho mención; donde los indios vinieron a recibir al General, proveyéndole de comida, y de todo lo demás que había menester. Y traídas canoas y balsas, pasó a aquella parte a un pueblo de un cacique llamado Guayra, de quien fue hospedado. Y convocando a los indios de la provincia, juntó mucha cantidad de ellos, y por su consejo y parecer, navegó por el Paraná arriba hasta los pueblos de los Tupís; los cuales, con mucha presteza se convocaron y tomaron las armas, saliéndole a resistir por mar y tierra, con quienes tuvo una trabada pelea en un peligroso paso del río, que llaman el Salto del Ayembí; y desbaratando a los enemigos, los puso en huida, y entró en el pueblo principal de la comarca con muerte de mucha gente; y pasando adelante tuvo otros muchos reencuentros, con que dentro de pocos días trajo a sujeción y dominio aquella gente. Y después de algunos tratos de paz, prometieron de no hacer más guerra a los indios guaranís de aquel gobierno, ni entrarles por sus tierras como hasta entonces lo habían hecho: y despachando por aquella vía del Brasil a Juan de Molina, que fuese por procurador de la provincia a la corte, con relación y larga cuenta a Su Majestad del estado de la tierra, dio vuelta con su armada con buen suceso; y llegado al río del Piquirí, trató con los naturales de él, si habría comodidad y disposición de camino para bajar por aquel salto, dejando el mayor riesgo y peligro a una parte, hasta salir a lo más llano y navegable: a lo cual los indios le pusieron muchas dificultades, por medio de un mestizo llamado Hernando Díaz. Este era un mozo mal inclinado y de peor intención; y por haber sido castigado del General otras veces, por sus liviandades, estaba sentido y agraviado; y así, intérprete infiel, le dijo: que los indios decían ser fácil el bajar en canoas por aquel río abajo, dejando arriba el salto principal, que este era imposible poderle navegar. Y aunque en lo demás era el peligro muy grande, con todo, se dispuso el General a que se llevasen por tierra muchas canoas y se echasen abajo del salto y de allí con cuerdas y maromas se fuesen poco a poco río abajo, hasta donde se pudiesen cargar y hacer su navegación. Juntaron más de cuatrocientas canoas, y con muchos millares de indios las llevaron más de cuatro leguas por tierra, hasta ponerlas en un pequeño río que sale al mismo Paraná: desechando con esto todo lo que les pareció ser malo y peligroso; y bajando con ellas con mucha dificultad, salieron de unos grandes borbollones, donde hicieron balsas, juntando dos y tres canoas para cada una; y cargadas de todo lo que llevaban, navegaron por este río, huyendo de una parte y otra de los riesgos y peligros que a cada paso topaban. Hasta que repentinamente llegaron a uno, que llaman Ocayeré, donde sin poder huir ni apartarse del peligro, se hundieron y fueron sorbidas más de cincuenta balsas y otras tantas canoas, con mucha cantidad de indios y algunos españoles que iban en ellas: donde sin duda ninguna todos perecieran, si media legua antes, el General con toda su compañía no hubiera saltado en tierra: los cuales a vista de las balsas venían caminando por vera del río, por las peñas y riscos que a una mano y otra lleva. Con cuyo suceso el General quedó en punta de perecer, por ser toda aquella tierra asperísima y desierta; donde los más de los amigos naturales de la provincia le desampararon: de manera que les fue forzoso salir rompiendo por grandes bosques y montañas hasta los primeros pueblos; y porque mucha gente de la que traía iba enferma y no podía caminar por tierra, dio orden para que se metiesen en algunas canoas que habían quedado con los mejores indios amigos que traían, y se fuesen poco a poco, llevándolas a la sirga río abajo: yendo por capitán y caudillo un hidalgo de Extremadura, llamado Alonso de Encina. Este acudió a lo que se le encargó, con tanta prudencia y cuidado, que salió de los mayores peligros del mundo; en especial en un paso peligrosísimo del río, de una olla y remolino que como en un abismo se absorbe el agua, sin dejar a una y otra parte de la orilla cosa que no arrebate y trague dentro de su hondura, con tanta furia y velocidad, que cogida una vez es imposible salir de él, y dejar de ir a la profundidad de la olla; que es tal y tan grande que una gran nao de la India se hundirá con tanta facilidad como si fuera un batea. Aquí le hicieron los indios de aquella comarca una celada, pretendiendo echarlos a todos con sus canoas en este remolino. Alonso de Encina proveyó con grande diligencia que todos los españoles saliesen a tierra con sus armas en las manos, y acompañados de algunos amigos, fueron a reconocer el paso y la celada; y descubierta, pelearon con ellos de tal manera, que los hicieron retirar, y después de asegurados, se fueron con sus balsas y canoas poco a poco, asidas y amarradas de las proas y popas, con fuertes amarras, hasta pasarlas de una en una de aquel riesgo y peligro, de que Nuestro Señor fue servido sacarlos de aquel Caribdis y Sila, hasta ponerles en lo más apacible del río, y a salvamento: en tiempo que, por relaciones de los indios, se sabía que habían en la boca del Río de la Plata ciertos navíos de España. Sucedido este desbarate y perdición tan grande de tanta gente, el General prendió a Hernando Díaz, lengua, y estando para ahorcarle, aquella noche antes se salió de la prisión en que estaba, y huyó al Brasil, donde en aquella costa topó con el capitán Hernando de Trejo, e hizo allá otros delitos y excesos, por los que fue condenado a un destierro perpetuo en una isla desierta, de que salió con grandes aventuras que le sucedieron. Capítulo XIV Cómo el General mandó poblar la villa de Ontiveros en la provincia del Paraná, y de cómo algunos se retiraron en aquella tierra No se puede negar lo mucho que esta provincia del Río de la Plata debe a Domingo Martínez de Irala, desde el punto que en ella entró, haciendo oficio de capitán y soldado, y mucho más después que fue electo por general y cabeza de los conquistadores españoles, que en ella estaban, procurando el aumento y utilidad del real servicio, la comodidad y sustento de sus vasallos: de tal manera, que con verdad se puede decir, que se le debe a él la mayor parte de la conservación de aquella tierra y los buenos efectos de ella; como se ha visto en el discurso de esta historia. El cual, habiendo considerado como hasta entonces no se había podido sustentar población alguna en la entrada de la boca del Río de la Plata, siendo tan necesario, para escala de los navíos que de España viniesen, tuvo acuerdo de hacer una fundación en el término del Brasil, a la parte del Este, sobre el río Paraná; pues era fuerza haber de cursar aquel camino, y tener comunicación y trato en aquella costa, para por aquella vía, avisar a Su Majestad del estado de aquella tierra. Juntamente convenía hacerlo, por excusar los grandes daños y asaltos que los portugueses hacían por aquella parte en los indios Carios de esta provincia, llevándolos presos y cautivos, sin justificación alguna de guerra, a venderlos por esclavos, privándolos de su libertad y sujetándolos a perpetua servidumbre. Y así con esta resolución, dio facultad al capitán García Rodríguez de Vergara para que fuese a hacer la población: y juntado sesenta soldados en su compañía con todos los pertrechos necesarios, salió de la Asumpción, año de 1554, y siguiendo su jornada con buen suceso, llegó al río Paraná, y pasando a la otra parte, fue bien recibido de todos los indios de la comarca: y considerado el puesto más acomodado para el asiento de su fundación, tuvo por conveniente hacerla una legua poco más arriba de aquel gran salto, en un pueblo de indios llamado Canenduyú, que eran muy amigos de los españoles. Pareciole a García Rodríguez ser por entonces aquel sitio el mejor y más acomodado para su pretensión, por ser en el propio pasaje del río y camino del Brasil, como por la mucha comarca de indios naturales, que entonces había; aunque después se siguieron muchos inconvenientes y daños de estar mal situada; donde se fundó el mismo año y llamó la villa de Ontiveros, de donde era natural el capitán García Rodríguez: y fecha su población, estuvo en ella algún tiempo hasta que Domingo de Irala le envió a llamar para otros negocios de más consideración; enviando allá persona que en su lugar tuviese en justicia aquella villa. Y habiendo llegado a ella, no le quisieron recibir, ni obedecer los poderes que llevaba; teniendo otros desacatos y libertades contra la autoridad y reputación del General: para cuyo castigo, y recoger los españoles que andaban derramados por la tierra, despachó al capitán Pedro de Segura, su yerno, con cincuenta soldados; y saliendo a su jornada por el año de 1556, llegó al río del Paraná; donde en el puerto y pasaje de aquella traviesa hizo señas de grandes fuegos y humaredas, para que le trajesen algunas canoas y balsas en que pasar el río. Entendido por los españoles que estaban en la villa, de como el capitán Pedro de Segura estaba en el puerto, fueron todos los más de acuerdo que no le diesen pasaje; antes se procurase de estorbarle e impedir su entrada; porque de otra manera, llegado que fuese, les había de salir muy caro el no haber querido admitir los poderes del General, y por muchos de los que en la villa estaban de los parciales del capitán Diego de Abreu, y de los tumultuarios que andaban por los pueblos de los indios, se concordaron con mucha facilidad los unos y los otros; tomaron luego las armas, entraron en sus canoas y se fueron a tomar una isla que estaba en el mismo río, en la traviesa de aquel pasaje, sobre la canal del gran salto: y puestos allí en arma, le requirieron se volviese a la Asumpción, y no imaginase hacer otra cosa, porque no le habían de permitir ellos en ninguna manera poner los pies en la otra parte del río, sin que primero arriesgasen sus vidas y honras; siendo más cierto tenerla él en este riesgo, que no ellos, pues estaban en sus casas. De todos estos, que tan declaradamente se amotinaron, era cabeza un inglés llamado Nicolás Colman, que aunque tenía solo una mano que era la izquierda, porque en una pendencia le habían cortado la derecha, era el más determinado y colérico soldado de cuantos allí había, como en este caso y en otros siempre lo mostró. De manera que, requerido el capitán Pedro de Segura por esta gente, y vista la insolencia de sus libertades y tiranías, determinó pasar una noche secretamente, y hacer para ello algunas balsas de madera y de tablones, y proveerse de pasaje para atravesar aquella parte. Y estando ya en el efecto, y a punto de hacerse a lo largo, salieron de la isla más de cien canoas muy grandes y fuertes, llenas de muchos indios; y acometieron a donde estaban las balsas en el puerto, con mucha gente ya embarcada, a la cual comenzaron a arcabucear con una rociada y otra; y respondiéndoles los de tierra, muy a su salvo, mataron a un soldado y algunos indios de la parte contraria; y diciendo muchas libertades, y dando sus pavonadas, y haciendo caracoles, se volvieron a la isla, la cual además de su fortaleza está puesta junto al canal de la caída principal de aquel salto, correspondiendo a otra isla, que dista de ella un tiro de arcabuz: la cual es tan larga que tiene más de catorce leguas; por cuya causa no pueden tener otro pasaje para aquella travesía, por el boquerón y distancia que hay entre las dos islas; que por la parte de abajo, que es la del Salto está muy segura. Y continuando la defensa del pasaje, pasados ocho días, constreñidos de necesidad, el capitán Pedro de Segura dio vuelta con su compañía, a la Asumpción, donde el General recibió de este desacato grande indignación, con ánimo y presupuesto de los castigar con rigor de justicia; teniendo en este tiempo a los indios naturales de aquella provincia en mucha paz y quietud, y tan obedecido y estimado, que cualquiera cosa, por grave que fuese, siéndoles mandado de parte del General, era luego cumplido. Y así edificó en esta ciudad, en muy breve tiempo, una iglesia, que es hoy la catedral de aquel obispado: es toda de muy buena madera, bien labrada; las paredes de gruesas tapias, cubierta de duras palmas. Levantó otros edificios y casas de concejo, que ennoblecieron aquella ciudad; de forma que estaba esta república tan aumentada, abastecida y acrecentada en su población, abundancia y comodidad, que desde entonces hasta hoy no se ha visto en tal estado. Porque, además de la fertilidad y buen temperamento del suelo y cielo, es grande la abundancia de caza, pesquería y volatería que hay en aquella tierra, donde la Divina Providencia dispuso tantas y tan nobles calidades, que no se hallaran todas juntas en una parte como las que vimos en ella. Y aunque al principio no fue con ánimo de fundar en ella ciudad, el mismo tiempo lo ha ido perpetuando con la nobleza y calidad de los que la habitan, y han poblado. Está fundada sobre el río Paraguay, a la parte del Este, en tierra alta y llana, asombrada de arboleda, y compuesta de buenos campos; cuya población tomaba antiguamente más de una legua de largo y más de una milla de ancho: el día de hoy ha venido a mucha diminución. Tiene a más de la catedral, una iglesia parroquial de españoles, con otras dos o tres: la una de naturales, que es del bienaventurado San Blas, y la otra de Santa Lucía, a la cual han sido concedidas por Su Señoría muchas y muy plenarias indulgencias. Hay tres conventos de religiosos, de San Francisco, de Nuestra Señora de las Mercedes, y de la Compañía de Jesús, y un hospital de españoles y naturales: la traza de esta ciudad no es ordenada por cuadras y solares de un tamaño, sino en calles anchas y angostas que cruzan las principales, como algunos lugares de Castilla. Es medianamente sana, aunque por los vapores del río suceder algunos años calenturas y accidentes de ojos por el calor grande del sol; aunque lo templa mucho la frescura de aquel río tan caudaloso. Es abundante de todo género de pescado, así grande como pequeño; y la tierra, como tengo dicho, de mucha caza de ciervos, corsos y gamos, y gran cantidad de jabalíes, que allí llaman puercos del monte. Hay muchas antas, que son unos animales del tamaño de las vacas, que no hacen daño alguno y de muy buena carne; tienen una trompa pequeña y cerviguillo muy alto, que es la mejor parte que de ella se come: mátanse de noche en ciertas aguadas donde ellas viven, y de día, en las lagunas y ríos. Ha así mismo muchos tigres, onzas y osos, y algunos leones pardos; pero no muy carniceros; y en los bosques mucha diversidad de frutas muy gustosas, dulces y agrias, con que se sustentan y regalan los naturales; y en los campos igualmente, y muy diversas. Es la tierra muy agradable a la vista, de mucha cantidad de aves, de lagunas y ríos; y de los montes y campos, en los que hay avestruces y perdices en mucha cantidad. Finalmente es abundantísima de todo lo necesario para la vivienda y sustento de los hombres; que por ser la primera fundación que se hizo en esta provincia, me pareció no ser ocioso tratar en este capítulo de las calidades de ella, por ser madre de todos los que en ella hemos nacido, y de donde han salido todos los pobladores de las demás ciudades de aquella provincia. Capítulo XV Del proveimiento que Su Majestad hizo de esta gobernación en el adelantado Juan de Sanabria Después que Álvaro Núñez Cabeza de Vaca llegó preso a Castilla de esta provincia, y se vio por el Consejo de Su Majestad su causa, como en otra parte está referido, luego pretendieron algunos caballeros este gobierno: como fue un noble valenciano, hombre de caudal, a quien se le hizo merced de este proveimiento, aunque luego se le opuso otro caballero, vecino de Trujillo, llamado Juan de Sanabria, el cual por sus méritos pidió que Su Majestad le hiciese merced de este gobierno; de que resultaron entre ambos algunas diferencias, pasiones y desafíos que no tocan al intento de mi historia. Por manera que Su Majestad se sirvió de le conceder a Juan de Sanabria la merced, con título de adelantado de aquellas provincias, como a los demás que lo habían tenido: y estándose aprestando de todo lo necesario en la ciudad de Sevilla, para salir con su armada, murió de su enfermedad después de haber hecho mucho gasto de su hacienda. Con cuyo fallecimiento le quedó a su hijo, Diego Sanabria, el derecho de la sucesión de este gobierno, por la segunda vida, en conformidad de la capitulación de su padre. Y porque le convino en este tiempo llegarse a la corte a negocios que de nuevo se le ofrecieron; no pudo por la brevedad del tiempo salir personalmente con su armada: y así dio orden que luego saliese del puerto de San Lúcar; y con este acuerdo se hicieron a la vela por el año de 1552, en una nao y dos carabelas, en que venía doña Mencía Calderón, mujer que había sido del Adelantado Juan de Sanabria, y dos hijas suyas, llamadas doña María y doña Mencía. Y siguiendo por su derrota, llegaron a las Canarias: venía por cabo de la gente de esta armada Juan de Salazar de Espinosa, que por negociación que de su parte tuvo, por ser criado antiguo del Duque de Berganza, le dio licencia Su Majestad para volver a esta provincia con aviso que se dio en Portugal. Pasaron así mismo otros muchos caballeros e hidalgos, entre los cuales fueron, Cristóbal de Saavedra, natural de Sevilla, hijo del correo mayor de ella, Hernando de Trejo; y el capitán Becerra, que traía su mujer e hijos en una nao suya. Y caminando por su derrota con próspero viaje, llegaron a tomar puerto a la costa del Brasil, y de allí se vinieron a la isla de Santa Catalina, y a la Laguna de los Patos, donde a la entrada de la barra de ella, se perdió el navío de Becerra; y aunque salvó toda su gente, no pudieron dejar de perder todo lo que traían dentro: y llegados a este territorio, por ciertas causas y pendencias que se ofrecieron de parte de Salazar y el piloto mayor de la armada, le depusieron del cargo y oficio que traía; y nombraron por cabeza y superior al capitán Hernando de Trejo. Con las cuales novedades mucha gente se disgustó, y se fue al Brasil; quedando con poca y desacompañado Hernando de Trejo. Y porque de esta arribada se hiciese algún servicio a Su Majestad, fueron de parecer y acuerdo de hacer una población en aquella costa; con cuya determinación allegó todos los más soldados que pudo Hernando de Trejo, y el año de 1553 fundó un pueblo que llamó de San Francisco. Es un puerto el más anchuroso y seguro que hay en aquella costa. Está en 25 grados, poco más o menos, 30 leguas de la Cananea que cae a la parte del Brasil, y otras tantas de Santa Catalina que tiene a la parte del Río de la Plata: es toda aquella costa muy montuosa, y cercada de grandes bosques. La cual población se continuó con la asistencia de Hernando de Trejo, que en este tiempo se casó con doña María de Sanabria, hija del Adelantado; de cuyo matrimonio hubieron y procrearon al Reverendísimo Señor don Fray Fernando de Trejo, Obispo de Tucumán, que nació en aquella provincia. Puesta en efecto la población, se dio luego aviso a Su Majestad de lo sucedido, de que se tuvo por muy bien servido, por ser aquella una escala muy conveniente para la conquista y población de aquella tierra, y su comercio hasta el reino del Perú, y las demás partes occidentales. Luego el año siguiente padecieron los pobladores muchas necesidades y trabajos, y como era toda gente de poca experiencia, no se daban ninguna maña a proveerse en las necesidades, ni a buscar de comer en aquella tierra: siendo, como es, tan abastecida de caza y pesquería. Y quien más esto sentía eran las Señoras doña Mencía, y otras de particulares que estaban en aquella población: por cuyas persuasiones y continuos ruegos, se movió Hernando de Trejo a desamparar aquel puerto, y despoblar la fundación que tenía hecha. Y conformándose todos en ello, lo pusieron en efecto, determinados a venirse por tierra a la Asumpción. Salieron, pues, su camino la mitad de la gente con las mujeres por el río del Itabucú arriba, y la otra mitad por tierra, hasta la falda de la sierra; con orden que cada noche se juntasen en su alojamiento. Y así caminaron por el mismo camino de Cabeza de Vaca; hasta que un día, de los que iban por tierra con el capitán Saavedra, sucedió que una compañía de soldados se dividió de los otros para buscar algunas yerbas y palmitos, y otras cosas de comer, y alejándose más de lo que debían, no acertaron a volver a juntarse; y siendo buscados por aquellos bosques, fueron hallados todos muertos de hambre a los pies de los árboles y palmas a que se llegaban, para cortar y comer de las raíces y troncos. Murieron en esta ocasión 32 soldados, y los demás que quedaron con el capitán Saavedra se juntaron con los del río, que iban con Hernando de Trejo: y dejadas las canoas, subieron por una alta y áspera sierra, y llegando a su cima, descubrieron unos muy extendidos campos, todos poblados de indios naturales, de quienes fueron recibidos, en especial de un cacique de aquella tierra, llamado Gapúa. Y atravesando aquel territorio llegaron al río del Iguazú. De allí pasaron adelante al de Atibajiba; que es la provincia más poblada de los indios guaranís que hay en todas aquellas partes; donde descansaron muchos días. Y prevenidos de lo necesario, partieron continuando su jornada: y discurriendo por unos grandes llanos, vinieron a salir a un pueblo de indios, cuyo cacique principal se llamaba Suravañe, el cual lo recibió con mucha amistad y buen hospedaje. De allí fueron en demanda del río del Ubay, en un pueblo de indios que llaman el Asiento de la Iglesia, porque Hernando de Trejo edificó aquí una casa de oración, donde los indios eran doctrinados, y los sacerdotes decían misa: de que le quedó a este asiento hasta ahora esta nominación. Bajaron por este río en canoas y balsas hasta un pueblo de indios que llaman Aguarás, arriba del pueblo de Roque, donde hallaron muy buen acogimiento y abundancia de comida; por lo cual determinaron estar allí más de asiento, y aun con pretensión de hacer una fundación, dando aviso en el ínterin, de todo lo que se les ofrecía, a Domingo de Irala, que ya tenía nueva cierta por el Brasil, de como Su Majestad le había hecho merced de darle aquel gobierno. Y pasados algunos meses, habiendo tenido correspondencia de la ciudad de la Asumpción, se dispusieron luego a continuar su camino: y al cabo de muchas jornadas, atravesando aquella tierra que hay del Paraná al Paraguay, llegaron a la Asumpción, donde el general Irala pidió a Hernando de Trejo la razón, porque había despoblado el puerto de San Francisco; y no dando bastante satisfacción, le prendió y tuvo siempre privado, hasta tanto que todo hubiese mandato y disposición de Su Majestad. En este mismo tiempo llegaron por el río del Paraná abajo, cierta gente de la costa del Brasil, donde venía el capitán Salazar y Rui Díaz Melgarejo, casado con doña Elvira de Contreras, hija del capitán Becerra; de los cuales tenemos hecha mención, y otros hidalgos, castellanos y portugueses, el uno de ellos Cipión de Goes, con su hermano Vicente de Goes, hijos de un honrado caballero de aquel reino, llamado Luis de Goes. Estos fueron los primeros que metieron vacas en esta provincia, las cuales trajeron por tierra muchas leguas, y después por el río en balsas en que traían siete vacas y un toro, a cargo y solicitad de un fulano Gaete que llegó con ellas a la Asumpción con mucho trabajo y dificultad, por una vaca que se le señaló de salario por su trabajo. De donde quedó un proverbio en aquella tierra que dicen: son más caras que las vacas de Gaete. Y llegados ante el general Irala, el capitán Rui Díaz Melgarejo y Salazar fueron de él bien recibidos, sin memoria de las ocasiones y diferencias que entre ellos habían pasado, como de esta historia se habrá entendido. Capítulo XVI De la entrada de don Fray Pedro de la Torre, primer obispo de esta provincia; y lo que Su Majestad proveyó, etc. Muchos días había que se tenía noticia por vía de los indios de abajo, como habían llegado de Castilla ciertos navíos a, la boca del Río de la Plata; cuya nueva se tenía por cierta, puesto que la distancia del camino era grande; mas con mucha facilidad, los naturales de aquel río se dan aviso unos a otros por humaredas y fuegos con que se entienden. Y estando el General ausente de la Asumpción, por haber salido con alguna gente y oficiales de carpintería a hacer tablazón para comenzar: a poner en astillero un navío de buen porte, para despachar a Castilla; llegó una canoa de indios, que llaman Agaces, a la ciudad, expresando que en la angostura y pasaje de aquel río, quedaban dos navíos, uno grande y otro pequeño. Y otro día siguiente llegaron con más resolución; a los cuales salieron a reconocer algunas personas; y topándose en la frontera, seis leguas de la Asumpción, vieron al Obispo don Fray Pedro de la Torre, a quien como a tal prelado besaron con mucha humildad las manos; donde venía por general por Su Majestad, Martín de Orué, que había ido a la corte por procurador de esta provincia, y a costa de Su Majestad volvió a ella con tres navíos de socorro de armas y municiones, y de lo demás necesario, con el nuevo prelado. Con esto la ciudad y toda la tierra recibió mucho contento, y previno un solemne recibimiento a su pastor; el cual llegó a este puerto, y entró en la ciudad año de 1555, víspera de Ramos: cuya llegada fue de gran consuelo y gozo universal. Venían en compañía del Obispo cuatro clérigos sacerdotes, y otros diáconos y de menores órdenes, y muchos criados de su casa, la cual traía bien proveída y muy ordenada: porque Su Majestad le había hecho merced de mandarle dar ayuda de costa por su viaje, y más de cuatro mil ducados de ornamentos pontificales, campanas, libros y santorales, con otras cosas necesarias para el culto divino, que fue de grande lustre y ornato para aquella república. Venían algunos hidalgos y hombres nobles en esta armada, que todos fueron muy gratamente recibidos y hospedados. Y el buen Obispo, con todo amor y humildad, admitió a grandes y pequeños debajo de su protección y amparo, como tal pastor y prelado; recibiendo sumo contento de ver tan ennoblecida aquella ciudad con tantos caballeros y hombres principales; que dijo no le hacía ventaja ninguna de las noblezas de España. Halló once o doce sacerdotes del hábito de San Pedro, muy honrados: el padre Miranda, Francisco Homes Payaguá, que fue después deán de aquella santa iglesia, el padre Fonseca, capellán de Su Majestad, el bachiller Martínez, Hernando Carrillo de Mendoza, el padre racionero, que era de la ciudad de Toledo, Antonio de Escalera, el padre Martín González, el licenciado Andrade y otros de quienes no hago mención, con otros religiosos de San Francisco, llamado el uno de ellos Fray Francisco de Armenia, y el otro Fray Juan de Salazar; y otros de la orden de Nuestra Señora de las Mercedes; todos los cuales, juntamente con los ciudadanos nobles y caballeros, recibieron, como tengo dicho, con la solemnidad debida a su nuevo Obispo; de que luego enviaron a dar aviso al General; el cual con el mismo gozo y contento partió luego para la ciudad, donde llegado a los pies de su pastor, se le postró humildemente, y le pidió su bendición, besándole las manos, y llorando de puro gozo y consolación; dando gracias a Nuestro Señor por tan gran merced, como todos recibían de su mano, en aquel socorro y auxilio. Luego el capitán Martín de Orue dio y entregó el pliego que traía de Su Majestad, cerrado y sellado, duplicado del que por la vía del Brasil se le había despachado con Esteban de Vergara, su sobrino; que a este tiempo ya se sabía por nueva cierta de su venida por tierra para esta ciudad, a donde en pocos días llegó con los mismos despachos, y otros que Su Majestad y Real Consejo enviaron por el buen gobierno de esta provincia, como en el libro siguiente se podrá ver.