HD CAICYT LAB: La Argentina manuscrita

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Libro III En que se prosigue el discurso de esta conquista desde el año de 1555, que Su Majestad hizo merced de este gobierno a Domingo Martínez de Irala, hasta la prisión del General Felipe de Cáceres, y la fundación de la ciudad de Santa-Fe Capítulo I Cómo se publicaron las provisiones de Su Majestad, y de las cosas que en virtud de ellas hizo el Gobernador Domingo de Irala Aunque las cosas de esta provincia y los sucesos de ella han sido tan difusas, he procurado de mi parte reducirlas al compendio más breve que me ha sido posible; y no pudiendo más, me ha sido forzoso extenderme algún tanto, para enhilar esta historia, y sacar a luz lo que la memoria tenía puesto en olvido: en especial habiendo de computar los casos sucedidos en los años pasados, así en esta provincia como en las comarcanas, hasta que por su discurso pudiese entrar en el tiempo de las cosas presentes: para cuyo presupuesto es de saber, que luego que Domingo de Irala recibió el pliego de Su Majestad, y la merced que le hacía del gobierno y administración de aquella provincia, con otras facultades y privilegios, mandó juntar a los oficiales reales de Su Majestad y capitulares de aquella república, donde, con la solemnidad debida, fueron vistas, y leídas; y en su cumplimiento, fue recibido al uso, ejercicio y administración de aquellas provincias, en nombre de Su Majestad. Se vieron así mismo otras provisiones y cédulas en favor de los conquistadores, y para les encomendar y repartir los indios naturales de aquella tierra, y nombrar personas necesarias de consejo, y cabildo, y oficiales de la real hacienda: y finalmente para hacer todas las ordenanzas necesarias en pro y utilidad así de los españoles y encomenderos, como de los indios naturales y encomendados. Para cuyo buen efecto trató en su consejo el orden que se debía tener, en lo que convenía, empadronando los indios de aquella jurisdicción para haberlos de repartir y encomendar como estaba dispuesto: de donde salió determinado despachar cuatro personas, que fuesen a hacer copia y padrón de todos los indios con distinción de 103 partidos y comarcas, que a cada uno se le señalaron. Y vueltos con sus padrones, se hallaron 27000 indios de guerra, desde el territorio de la dicha ciudad de la Asumpción, cincuenta leguas hacia el Norte, y otras tantas para el Este y Mediodía, hasta el río Paraná; porque los de abajo y Occidente y otros comarcanos por ser de naciones diferentes, muy bárbaras e indomables, no se podían empadronar, y repartir por entonces. Para cuya causa, y haber tantos conquistadores y gente principal a quien repartir, era poca cantidad de indios la que estaba empadronada, y como el Gobernador era tan generoso y magnánimo, deseoso de hacer bien a todos, determinó repartir aquellos que habla, lo mejor que pudiese; hasta tanto que con otras poblaciones que se hiciesen, se remediase. Y así hizo el repartimiento de estos indios en 400 encomenderos, no con poca compasión que de ellos tenía, por haberles costado tan grandes y excesivos trabajos y miserias, como él les había visto pasar en aquella tierra; y ver cuan tenue era aquella repartición para recompensar tantos méritos: y la incomodidad de los naturales, que por ser tan pocos habían de ser muy trabajados: porque hubo muchas encomiendas de a 30 y 40 indios. Hecha la repartición, hizo ciertas ordenanzas muy convenientes al bien de los indios y encomenderos de la provincia y su buen gobierno y estado, que hoy día se guardan, por estar aprobadas por Su Majestad. Hizo así mismo regidores, alcaldes ordinarios y de la hermandad, que fueron, Francisco Ortiz de Vergara y el capitán Juan de Salazar de Espinosa; nombró por alguacil mayor de la provincia a Alonso Riquelme de Guzmán, y por subteniente general al capitán Gonzalo de Mendoza; con cuyas elecciones, y ordenanzas se hallaba la república, en esta sazón, con gran prosperidad: y con el regimiento y buen gobierno, ninguno excedía del límite que debía; procediendo cada cual a su oficio y arte y demás cosas necesarias, que en todo había particular cuidado. Tenían señalados dos maestros de niños, a cuyas escuelas acudían más de dos mil personas, donde eran enseñadas con muy buena doctrina, que era para alabar a Nuestro Señor: y esto en tanto grado, que el nuevo prelado dijo muchas veces en el púlpito, que estimaba y tenía en tanto aquel obispado, como el más calificado de Castilla. Y puestas las cosas de la república y exterior en tan buen estado, se dio a las que convenían a lo espiritual, con tanto fervor y caridad del pastor y de sus ovejas, que parecía estar todos conjuntos y aunados, en una voluntad y benevolencia. Y fecho lo que convenía, el Gobernador y toda la república estaban con la conformidad y gobierno conveniente; así acerca de los españoles y encomenderos, como de los naturales indios de la provincia, como en adelante diremos. Capítulo II Cómo el Gobernador envió al capitán Pedro de Zabala Segura a despachar la nao que vino de Castilla al puerto de San Gabriel Pocos días después de la llegada de Martín de Orue con el Obispo, don Fray Pedro de La-Torre, llegó del Brasil Esteban de Vergara con el duplicado del pliego de Su Majestad, para el Gobernador, en que venían otras cédulas y provisiones reales, en conformidad de las nuevas ordenanzas que Su Majestad hizo en Barcelona para el buen gobierno de las Indias; con algunas bulas apostólicas, e indulgencias concedidas a las iglesias y cofradías de aquella ciudad, en especial a la iglesia de Santa Lucía, a quien fueron concedidas grandes y plenarias indulgencias, de que recreció a todos los fieles suma devoción y consuelo. Y habiendo de dar cuenta a Su Majestad del estado de la tierra en la nao que quedó en la boca del Río de la Plata, en la isla de San Gabriel, se despachó al capitán Pedro de Segura con los pliegos y despachos que se enviaron al real consejo; y para que bajo de sus órdenes fuesen los pasajeros que habían de ir a Castilla, y traer todo lo que en la nao había quedado de armas y municiones de Su Majestad, que enviaba para el sustentó y conquista de está Provincia. Y así salió de esta ciudad en un bergantín, con una compañía de soldados, donde así mismo iba el capitán García Rodríguez para Castilla, por orden del Rey, y don Diego Barúa, del orden de San Juan, por llamamiento de su Gran Maestre: para lo cual, y lo demás que acerca de la real hacienda se había de traer, se le dio por el Gobernador y oficiales reales a Pedro de Segura, la comisión y despacho conveniente; en virtud de la cual, habiendo llegado donde estaba la nao proveída de lo necesario, embarcó la gente y pasajeros y la despachó. También se embarcó en este navío Jaime Resquin de quien ya hemos hecho mención; el cual llegado a Castilla fue proveído por Gobernador de esta provincia: y por ciertos sucesos que en el mar tuvo, no llegó con su armada a ella, siendo una de las mejores Y más gruesas que habían salido para esta conquista. Despachada, como tengo dicho, la nao y pasajeros, volvió el capitán Pedro de Segura en su bergantín el río arriba, trayendo en su compañía las personas que habían venido de Castilla, y quedaron en la nao: entre los cuales venía el capitán Gonzalo de Acosta con dos hijas suyas, que la una de ellas casó con el contador Felipe de Cáceres. Llegó a la Asumpción este hidalgo portugués, que había ido por capitán en la carabela en que fue preso Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, y por orden de Su Majestad volvió por piloto mayor de la armada a esta provincia, que con próspero suceso hicieron su viaje hasta tomar la boca del Río de la Plata. Fueron repartidas muchas de dichas armas a los soldados y personas que las habían menester, en moderados precios, con acuerdo y parecer de los oficiales reales y del Gobernador. Después de lo cual despachó Domingo de Irala al capitán Nuflo de Chaves a la provincia de Guayra, para que redujese a los naturales de aquella tierra, y remediase el desorden de los portugueses del Brasil que tenían entrado en los términos de este gobierno, asaltando los pueblos de los indios naturales, para llevarlos presos y cautivos al Brasil, donde los vendían y herraban por esclavos. Y con esta orden salió Nuflo de Chaves con una compañía de soldados, y llegó al río del Paraná, poniendo en orden aquella tierra, y procurando conservar la paz y amistad de los naturales; y con su acuerdo pasó adelante, y entró por otro río que viene de la costa del Brasil, llamado Paranapané, muy poblado de grandes y gruesos pueblos, de quienes fue bien recibido: y dejando este río, navegó por otro, que entra en él a mano derecha, llamado Atibajiba, muy caudaloso y corriente de muchos arrecifes y saltos, todo el poblado de una multitud de indios: y pasando por ellos, llegó a los fronterizos, que estaban con fuertes palizadas, por sus enemigos Tupís y Tobayarás del Brasil y de los portugueses de aquella costa. Donde habiéndolo asegurado con papeles y cartas que les dio, para aquella gente, fue revolviendo por otro río, y saltando en tierra en los pinales de aquel territorio, visitó a los indios que por allí había, y puso freno a la libertad y malicia de sus enemigos, que como tengo dicho los molestaba. Hecho esto, dio vuelta por otro camino, y llegando a una comarca de indios que llaman Peabeyú, determinaron dar sobre él; y un día, estando alojado, acometieron al real gran multitud de indios, inducidos de un hechicero que ellos tenían por santo, llamado Cutiguara, que les dijo que los españoles traían consigo pestilencia y mala doctrina; por lo cual se habían de perder y consumir, y que toda la pretensión de ellos era quitar a los indios sus mujeres y hijas, y reconocer aquellas tierras, para venirlas después a poblar y sujetar. Y con esto se convocaron para hacerles guerra; y con confianza de salir vencedores, se pusieron en campaña, y cercaron a los españoles, y con tal furia y determinación los acometieron, que si Nuflo de Chaves no se hubiera fortificado, sin ninguna duda los acabaran aquel día: mas defendiéndose los nuestros con gran valor, fue Dios servido librarlos de este aprieto, donde mataron muchos enemigos, con pérdida de alguna gente de la nuestra, y de tres españoles. Y saliendo de este distrito, bajó a unos palmares que cortan aquella tierra, muy ocupada de pueblos de indios, con los cuales tuvo algunos reencuentros; y pacificándolos con buenas razones y dádivas, los redujo y dejó en paz y quietud, trayendo consigo algunos indios principales, y, cabezas de aquella tierra a la ciudad de la Asumpción, donde todos ellos fueron bien recibidos y tratados del Gobernador. Capítulo III De las poblaciones que en este tiempo mandó hacer el Gobernador, y de lo que en ellas sucedió Habiendo considerado el Gobernador la mucha gente española que había en la tierra, y la poca comodidad qué tenían, por no haberles cabido parte de las encomiendas de indios que había repartido en aquella ciudad; y tomado acuerdo y parecer de lo que en esto se debía hacer, consultándolo con el prelado, y oficiales reales y demás capitulares, fue acordado se hiciesen algunas poblaciones donde se pudiesen acomodar los que quisiesen y estaban desacomodados, Con esta resolución señaló una población en la provincia de Guayra, por ser escalón y pasaje del camino del Brasil, reduciendo en un cuerpo la poca gente que allí había quedado en la villa del Ontiveros, con la que de nuevo despachase para esta nueva población; la cual cometió el Gobernador al capitán Rui Díaz Melgarejo. Otra fue acordado se hiciese en la provincia de los Jarayes, por el río del Paraguay arriba, 300 leguas de la Asumpción, por ser uno de los mejores territorios de aquel gobierno, y más vecino al Perú, y a las demás noticias de riqueza que tenía por aquella parte. Para cuyo efecto nombró el Gobernador a Nuflo de Chaves por general; y publicadas las jornadas y poblaciones, se alistaron muchos soldados y vecinos de la Asumpción; y aderezados y puestos a punto, partió el capitán Melgarejo con 100 soldados para su jornada. Y llegado al puerto del Paraná, pasó a la otra parte de aquel río, a los pueblos que llaman de Guayra; y consideradas las partes y disposición de aquella tierra, hizo su fundación tres leguas más arriba de la villa de Ontiveros, y la llamó Ciudad Real, donde agregó y redujo la gente que en ella había, por estar mal situada, y tan cerca y vecina de aquel peligroso salto. Y aunque el lugar donde se hacía esta fundación no era aventajado, con todo era mejor que el otro, lo cual se hizo por el principio del año de 1557. Está toda rodeada de grandes bosques y arboledas, sobre el mismo Paraná en la boca del Río Piquirí, de constelación enferma, porque demás de los vapores que salen de aquellos montes, está en el trópico de capricornio, por cuya causa es el sol muy dañoso y perjudicial, causando por el mes de marzo agudas fiebres, pesadas modorras y calenturas, aunque los naturales no son muy afligidos, y las sobrellevan mejor, y así se halló aquel río muy poblado de naturales: supliendo esta incomodidad la abundancia que en él hay de mucha caza y pesquería, y todo género de volatería. Algunos pueblos de aquel río se retiran por los meses de marzo y abril a otros ríos que vienen de la tierra adentro, que todos son muy poblados, y de más saludable constitución, por estar en más altura. Fueron empadronados en esta provincia, en todos los ríos comarcanos a esta ciudad, 40 mil fuegos, entendiéndose cada fuego, por un indio con su mujer e hijos; aunque siempre corresponden a mucho más, los cuales fueron encomendados en 60 vecinos, que por algunos años estuvieron en gran sosiego y quietud, y muy bien servidos y respetados de todos los indios de aquella provincia; y tan abastecidos de los frutos de la tierra, como de vino, azúcar, algodón, cera y lienzo que tejían en los telares, que eran tenidos por los más acomodados de aquella gobernación. Hasta que por discurso de tiempo les fue faltando el servicio personal, y los naturales comarcanos del río, con las continuas jornadas y salidas que hacían, y trabajos ordinarios que les daban, ocasionaron a esta ciudad muy grande diminución y miseria, como en el discurso de este libro se verá, con otras cosas que en aquella tierra sucedieron. Capítulo IV Cómo salió el capitán Nuflo de Chaves a la población de los Jarayes, y lo que en ella ejecutó Habiéndose aprestado Nuflo de Chaves para la población y conquista que le estaba cometida, con toda la gente que se le había ofrecido a ir en su compañía, salió de la Asumpción este mismo año de 1557 con 220 soldados, y más de 1500 amigos, y copia de caballeros, armas y municiones; y embarcados los que iban por el río en doce barcas de vela y remo, y muchas canoas y balsas, navegaron con próspero viaje, y los de por tierra se fueron hasta tomar el puerto de Itatin con los indios amigos que llevaban; se embarcaron en los bajéles referidos, hasta reconocer la sierra de los Guajarapos, los cuales salieron de paz en sus canoas, y pasando adelante llegaron a las bocas de dos o tres ríos o lagunas, y no acertaron a tomar el principal de su navegación. Entraron por una que llaman el Aracay, el cual está muy poblado de unos indios canoeros llamados Guatos; y vista la comodidad que se les ofrecía, hicieron una celada a la armada, metiendo sus canoas debajo de grandes balsas de eneas, y cañahejas que hay por aquel río, donde encubierta mucha gente de indios aguardaron a que pasase toda la fuerza de la armada: y repentinamente saliendo de su emboscada, acometieron a la retaguardia, y trabándose una pelea muy reñida entre los unos y los otros, matando los enemigos once españoles, y más de ochenta indios amigos, se retiraron victoriosos del suceso que fue en 1º de noviembre, día de Todos los Santos (muy aciago en aquella provincia). Y tornando la armada a tomar el río principal, fueron por él adelante con ordinarios trabajos, digo, rebatos que a cada paso tenían con aquellas naciones y con los que llaman Payaguás; y pasando el puerto de los Reyes llegaron a la isla de los Orejones, donde descansaron algunos días: y continuando su derrota tomaron el puerto de los Perabazanes, provincia de los Jarayes, donde desembarcaron en tierra, y mirando la disposición de ella para hacer su fundación no hallaron sitio a propósito; y así fue de parecer Nuflo de Chaves, con otras personas del consejo, correr primero aquella tierra antes de hacer la planta de su población; y con este acuerdo salió con toda la gente de su armada por la tierra adentro, dejando en confianza de los indios Jarayes las embarcaciones, pertrechos y vituallas que allí tenían que no podían llevar con comodidad. Y entrando por aquel territorio, llegaron a un pueblo muy grande que llaman Paysurí, que es el indio principal de aquella comarca, quien les salió a recibir de paz y amistad. Y siguiendo su derrota llegaron a los pueblos de los indios Jaramasis, donde aguardaron algún tiempo, hasta la cosecha del maíz; y cogida, salieron de aquel distrito, y fueron revolviendo hacia el Poniente pro algunos pueblos de indios quienes tomaron lengua de algunas noticias de riqueza de muchos metales de plata y oro, y de cómo por aquella frontera y serranías del Perú había indios Guaranís, que llamaban Chiriguanos: con la cual relación caminó el general con su campo por unos bosques muy ásperos en demanda de unos indios que se dicen Travasicosis, y por otro nombre Chiquitos: no porque lo son, sino porque viven en casas muy pequeñas y redondas, y es la gente más belicosa e indómita de aquella provincia, con quienes tuvieron grandes reencuentros y escaramuzas, procurando impedir el pasaje de los nuestros, y se les antepusieron en una fuerte palizada, convocados todos los indios de aquella comarca. Lo cual visto por el general y sus capitanes, determinaron romper con ellos, ganar la palizada, y dominar la soberbia y arrogancia de aquella gente, para ejemplo de las demás naciones de aquella tierra; puesto que sabían la mucha fuerza de gente que tenían, y la suma de flechería, de yerba venenosísima con que acostumbraban a tocar sus armas, picas, dardos, etc., de que se aprovechaban para sus guerras; y así mismo usaban hincar muchas picas en la tierra a la redonda de sus palizadas y fosos, con que entraban a la palizada a pie o a caballo, matando toda la gente que encontraban, y llegando a ella la rompieron por muchas partes hasta meterse dentro, donde se peleó cruelmente con aquellos fieros e indómitos naturales; y después de ser muy reñida y porfiada la pelea, fueron vencidos y desbaratados, saliendo mucha indiada, huyendo de la palizada a otros pueblos circunvecinos, haciendo una grande presa de indios e indias, aunque no les salió a los nuestros este negocio muy barato. Porque demás de los que allí fueron muertos, salieron muchos heridos, así españoles, como indios, y casi todos los caballos, que los más murieron rabiando de aquella venenosa yerba; por cuya causa, y por tener el puerto de los navíos muy distante, trataron en el campo de volverse a la provincia de los Jarayes, que era la parte, que les fue asignada para su población: con cuyo acuerdo se lo representaron y pidieron al General, el cual por ninguna manera lo quiso hacer, sino pasar adelante hasta los confines del Perú, con intento según pareció de substraerse del Gobierno del Río de la Plata, y hacer distinta aquella provincia, haciéndose cabeza y superior de ella, como adelante veremos. Capítulo V Cómo en este tiempo murió el gobernador Domingo de Irala; y lo que sucedió a Nuflo de Chaves Luego que partió de la ciudad de la Asumpción el capitán Nuflo de Chaves, en prosecución de su jornada, salió el Gobernador a ver lo que se hacía de madera y tablazón en un pueblo de indios, para acabar una hermosa capilla y sagrario, que hacia en la Iglesia Catedral: y estando allá adoleció de una calentura lenta que poco a poco le consumía, quitándole la gana de comer; con lo que le vino a quebrar en un flujo de vientre, que le dé fuerza venirse a la ciudad en una hamaca, que de otra manera no podía venir. Donde llegado, le arreció la enfermedad, y viéndose muy agravado, dispuso las cosas de su conciencia en la mejor forma que pudo; y recibiendo los sacramentos de Nuestra Santa Madre Iglesia, con gran dolor y arrepentimiento de sus pecados, murió dentro de siete días, teniendo en su cabecera, al Obispo y otros sacerdotes y religiosos, que le ayudaban: haciendo todo el pueblo tanto sentimiento, así grandes como pequeños, que parecía hundirse; porque, además de que los españoles lo aclamaban, los indios naturales no les eran inferiores, diciendo a voces: «ya se nos ha muerto nuestro amado padre, y quedamos todos huérfanos». Por manera que sus mismos émulos y contrarios le lloraban con mayor sentimiento de lo que se puede contar, por la falta grande que a todos hacía. Dejó en el gobierno de esta provincia a Gonzalo de Mendoza, su yerno; el cual, luego que el Gobernador murió, se recibió por tal en el cabildo y ayuntamiento, con mucho gusto y aplauso de todos, por ser un caballero muy honrado, afable, discreto y bienquisto de todos. Y así con mucho cuidado procuró de su parte dar todo favor a los efectos comenzados del Gobierno, y a los capitanes y pobladores; despachando sus cartas y recados de lo que convenía, y se debía hacer, ofreciéndoles todo el socorro y ayuda necesaria. Aunque el capitán Nuflo de Chaves no aceptó de buena voluntad estos ofrecimientos, con ánimo de exceder de la instrucción que le había sido dada por el Gobernador; lo cual entendido de los soldados de su campo, donde, como dije en el capítulo pasado, estaban determinados de volver a los Jarayes, vino a término de grandes diferencias y motines; hasta que la mayor parte de la gente, que estaban ya de él divididos, te hicieron un requerimiento, que por ser el propósito de esta historia lo pongo en este lugar, que es el que sigue: «Los vecinos y moradores de la ciudad de la Asumpción, y las otras personas que de ella salimos para la población de la provincia de los Jarayes, en voz, y en nombre de los ausentes y heridos que aquí no parecen, por los cuales, a mayor abundamiento, prestamos voz y caución, por serio de yuso contenido, en servicio de Dios Nuestro Señor, y de Su Majestad y bien general de este campo, en la forma que más en derecho haya lugar, pedimos a vos, Bartolomé González, escribano público y del número de esta ciudad y provincias del Río de la Plata, nos deis por fe y testimonio, en manera que haga fe, lo que en este nuestro escrito pedimos y requerimos al muy magnífico Señor Capitán Nuflo de Chaves que está presente; que como ya Su Merced sabe, y a todos es notorio, como por acuerdo y parecer del Reverendísimo Señor don Fray Pedro de La-Torre, Obispo de estas provincias, y de los muy magníficos Señores Oficiales reales de Su Majestad que residen en la dicha ciudad de la Asumpción, el ilustre Señor Gobernador Domingo de Irala, le dio comisión y facultad para que saliese a poblar las provincias de los Jarayes, y por su merced aceptada, nos ofrecimos con nuestras personas, armas y hacienda a servir a Su Majestad en tan justa demanda, como más largamente se contiene en los testimonios y capitulaciones que se hicieron, a que nos referimos. En razón de lo cual, por servir a Dios Nuestro Señor y a la real Majestad, fuimos movidos de salir de la dicha ciudad de la Asumpción con el dicho Señor Capitán en nuestros navíos y canoas, con armas, municiones y caballos e indios de nuestros repartimientos, con todas las demás cosas necesarias para el sustento de la dicha población. Y habiendo navegado por el río del Paraguay, después de muchos trabajos, muertes, pérdidas y desgracias, llegamos con Su Merced a los dichos Jarayes, y puerto de los Perabazanes, a los veinte y nueve días del mes de Julio del año próximo pasado de 1557, donde creímos se hiciera dicha población; y después de vista y considerada la tierra, y el tiempo estéril, y necesidades que se representaron por acuerdo y parecer que el dicho Señor Capitán tomó, fue dispuesto se buscase sitio y lugar conveniente, para el sustento y perpetuidad de esta población. Y así salió, con este intento, con toda la armada por fin del mes de agosto, dejando en el dicho puerto quince navíos, ocho anegados y siete varados, y con todas las canoas y demás pertrechos que se traían, y cantidad de ganado mayor y menor en confianza: y recomendado todo a los Jarayes, por la satisfacción y antigua amistad que con ellos se ha tenido; y puestos en camino con diversos sucesos, llegamos al pueblo de Paysurí, indio principal, que nos recibió de amistad, y de allí al de Pobocoygí, hasta los pueblos de los Saramacosis, donde estuvimos hasta tanto que los mantenimientos de los maíces, frijoles, etc. se cogiesen. En aquel asiento tomó Su Merced relación de los indios Guaranís, y de otros que habían sido sus prisioneros, de los particulares, y disposición de aquella tierra, y de la que comúnmente se llama la gran noticia; en cuyas fronteras se decía estaban poblados los dichos Guaranís, donde todos entendimos se haría la población en términos de los indios Travasicosis, que por otro nombre llamamos Chiquitos; donde concurrían las calidades necesarias para hacer la dicha fundación. Por lo cual informado Su Merced del camino, vino con toda la gente en demanda de los pueblos Guaranís, y de su cacique, que se decía Ibirapí, y el más principal Peritaguay; y llevando dichos indios por guías, llegamos a este territorio donde al presente estamos, reformando la gente española, indios amigos y caballos, de los trabajos y peligros pasados; y por ser los naturales de este partido gente la más indómita y feroz de cuantos hasta ahora hemos visto, no han querido jamás venir a ningún medio de paz; antes, a los mensajeros que para ello se les ha enviado, los han muerto, despedazado y comido, procurando por todos medios echarnos de su tierra: han inficionado las aguas, sembrando por todas partes púas y estacas emponzoñadas de yerba mortal, con que nuestra gente ha sido herida y muerta; y así mismo han hecho sus juntas y dado sobre nosotros con mano armada. A los cuales hemos resistido con el favor de Nuestro Señor, no sin notable pérdida y daño nuestro, y de los caballos e indios amigos: por manera que Su Merced el Señor Capitán, informado que más adelante había otra población de indios benévolos, que se llaman Zaquaimbacú, y por salir de la perfidia de aquella gente, determinó de ir a ellos por caminos ocultos, dando de lado a los enemigos de esta comarca. Y tomando guías, partió con todo el campo, y caminando dos días por despoblado, creyendo todos que ibamos dando de mano, a los enemigos e inconvenientes de la guerra, vieron al raso un fuerte de madera con grandes torreones, atrincherados de tal manera que la palizada era doblada y muy fuerte, cercada de una gran fosa, llena de muchas lanzas y púas venenosas, sembradas al rededor, y un gran número de gente para defenderla. Donde alojándonos, les enviamos a requerir de parte de Su Majestad la concordia y amistad que no quisieron admitir: antes, por oprobio e injusticia nuestra, mataron a los mensajeros, y a saliendo fuera del fuerte incitaban a pelea y escaramuza, tirando mucha flechería. Por lo cual Su Merced, y demás capitanes fueron de parecer romper con ellos, y castigar su indómita fiereza, porque de otra manera fueran creciendo en soberbia y atrevimiento, y a cada paso nos salieran con avilantez a los caminos y pasos, de que resultaría el recibir mucho daño de ellos: y así se señaló día, para acometerles a pie y a caballo. Y puesto al efecto con gran riesgo de las vidas y resistencia de los enemigos, les entramos y ganamos su fortificación, rompiendo la palizada: fueron lanzados con muerte de gran número de ellos, y al traerlos a sujeción y dominio nuestro, fue tan a nuestra costa, que además de los que allí quedaron muertos, salieron heridos más de cuarenta españoles, ciento y tantos caballos, y setecientos indios amigos, de los cuales heridos por ser la yerba tan ponzoñosa y mortal, en doce días fallecieron diez y nueve españoles, trescientos indios y cuarenta caballos, sin los que adelante corrieran riesgo, si la divina mano no lo remediara. Por cuya causa, y por las que adelante podían suceder, si en esta cruelísima tierra nos detuviésemos más, y por ella caminásemos, siendo, como todos dicen, los más de esta comarca de peor condición, y estando nuestro campo en gran diminución. De lo que se presume que pasando adelante, nos desampararán los indios amigos que traemos en nuestra compañía, de lo que puede resultar la total ruina y perdición de todos los que aquí estamos. Por tanto, en la forma debida, unánimes y conformes requerimos al señor Capitán, una, dos y tres veces, y cuantas en tal caso se requieren, que con toda la brevedad posible se retire y salga de esta tierra con el mejor orden y seguridad que convenga; y vuelva por el camino que vino, y se vaya y asiente en tierra pacífica y segura, como es la que atrás hemos dejado: para que convalecida y reformada la gente de los trabajos pasados, se pueda consultar con deliberado consejo lo que más convenga al servicio de Dios y de Su Majestad. Y si con todo perseverase Su Merced en pasar adelante, como lo ha dado a entender, le protestamos todas las muertes y daños, y pérdidas y menoscabos que en tal caso se siguiesen y recrecieren, así de españoles como de indios amigos y naturales. Para lo cual ponemos nuestras personas y haciendas, feudos y encomiendas que de Su Majestad tenemos, de bajo de la protección de su real amparo, pidiendo y requiriendo a Su Merced el cumplimiento de la orden e instrucción que le fue dada y cometida para el efecto de la población y su sustento; para lo cual, todos de conformidad estamos dispuestos a observar y cumplir lo que en este caso debemos y estamos obligados. Todo lo cual que dicho es, pedimos a vos, el presente escribano, nos lo deis por fe y testimonio en pública forma y manera que haga fe, para le presentar ante Su Majestad, y en los demás tribunales donde viéremos que más nos convenga; y a los presentes rogamos nos sean testigos, y lo firmamos de nuestros nombres. -Rodrigo de Osuna -Lope Ramos -Melchor Díaz -Pedro Méndez -Diego de Zúñiga -Francisco Díaz -Diego Bravo de la Vega -Juan Hurtado de Mendoza -Andrés López -Martín Notario -Francisco Álvarez Gastan -Rodrigo de Grijalva -Francisco Rodríguez -Antón Conejero -Juan Riquel -Bernabé González -Juan de Pedraza -Pedro de Sayas Espeluza -Antonio de Sanabria -Vasco de Solís -Julián Ximénez -Antón del Castillo -Diego de Peralta -Juan Vizcaíno -Diego Bañuelos -Gabriel Logroño -Nicolás Verón -Juan de Quintana -Bartolomé Justiniano -Cristóbal de Alzate -Baltasar García -Alonso Hernández -Pedro Coronel -Diego de Tobalina -Juan Ruiz -Bernabé de Vera -Juan Barrado -Bernardo Genovés -Juan Campos -Alonso López de Trujillo -Francisco Sánchez -Pedro Campuzano -Alonso Portillo -Juan Calabrés -Francisco Bravo -Pedro Cabezas -Alonso Parejo -Pantaleón Martínez -Alonso Fernández -Blas Antonio -Juan López -Hernando del Villar -Antonio Roberto -Francisco Delgado -Diego Díaz Adorno -Juan Salgado -Gonzalo Casco -Pedro de Segura». El cual requerimiento, que hicieron al capitán Nuflo de Chaves, como en él se refiere, no fue parte para que en cosa alguna se le persuadiese a que hiciese lo que todos los más le pedían y requerían: antes con grande indignación respondió determinadamente, que en ninguna manera daría vuelta para el puerto, sino que continuaría el descubrimiento de aquella tierra pasando adelante, como pretendía. Con cuya determinada resolución se dividió luego la gente en dos partidas, la una y más principal debajo de la compañía de Gonzalo Casco, a quien nombraron por caudillo, y se le agregaron más de ciento cuarenta soldados: y quedaron con el General poco más de sesenta, que no le quisieron desamparar. De cuyo suceso, y de lo demás que en esta provincia sobrevino, se dirá adelante. Capítulo VI De los sucesos del capitán Nuflo, después que se dividió la gente Paréceme será fuerza haberme de alargar algún tanto en tratar algunas cosas de esta provincia de Santa Cruz de la Sierra, la cual al principio fue descubierta de los conquistadores del Río de la Plata, como de esta historia se habrá entendido; siendo el primero que entró en ella Juan de Oyolas; y después corrida y paseada otras muchas veces, de los capitanes de la dicha provincia, hasta esta última jornada que fue cometida a Nuflo de Chaves. La cual por ser ramo y circunstancia de esta historia, y donde más largamente se consumieron las fuerzas, armas y naturales de aquel gobierno, no dejaré de tratarlas como se refiere. Partidos los soldados del campo de Nuflo de Chaves, debajo de la capitanía de Gonzalo Casco, y caminando en demanda del puerto donde dejaron sus navíos, el capitán Nuflo se fue con la gente que le quedó a la parte del Occidente, por aquel distrito adelante, con tanto valor y determinación, quedando tan sin fuerza, que no se puede tener por poca hazaña. Y encontrando con gran fuerza de pueblos de indios, llegó al río del Guapay o Guarapay, y pasando a la otra parte, a los llanos de Guilguiriogota, envió a llamar a los Guaranís, que, como queda dicho, son los indios Chiriguanos a donde en este tiempo había llegado del Perú, un capitán llamado Andrés Manso, con buena compañía de soldados, con orden y comisión de poblar aquella tierra por el marqués de Cañete, virrey que fue del Perú. Sabido por Andrés Manso la entrada de Nuflo de Chaves, se fue hacia él a largas jornadas, y habiéndose topado el uno con el otro, tuvieron grandes diferencias sobre el derecho de esta conquista: porque decía Andrés Manso, ser toda aquella tierra de su gobierno y descubrimiento, por el virrey de aquel reino; y Nuflo de Chaves decía y alegaba, que le pertenecía a él este derecho, así por la antigua posesión que los del Río de la Plata tenían de aquella conquista, como por la facultad y comisión que traía de poblarla y conquistar. Con esta competencia estuvieron muchos días los dos capitanes, hasta que la Real Audiencia de la Plata, avisada del caso, dio orden en componerlos, para cuyo efecto salió a aquella tierra Pedro Ramírez de Quiñones, regente de aquella audiencia, que les puso términos y límites a su jurisdicción, para que cada uno conociese lo que le tocaba, y su administración; y así estuvieron muchos días los dos capitanes no muy distantes el uno del otro. En este tiempo acordó Nuflo de Chaves salir al Perú, y de allí a los Reyes a verse con el virrey de aquel reino, dejando por su lugarteniente a Hernando de Salazar, que era casado con la hermana de su mujer; el cual, habiendo adquirido las voluntades de los soldados de Andrés Manso, y trabado amistad con ellos, mañosamente le prendió en cierta cordillera, y preso lo despachó al Perú, allegando a sí todos los soldados y la gente de Andrés Manso; de forma que estaba este campo considerablemente aventajado para cualquier buen efecto. Llegado Nuflo de Chaves a la ciudad de los Reyes, dio cuenta al marqués de Cañete del estado de aquella conquista, certificando ser muy rica, de grande multitud de poblaciones de naturales que diese el gobierno de ella a don García de Mendoza, su hijo, el cual luego nombró por su Teniente General en aquel gobierno a Nuflo de Chaves, así por sus méritos y servicios, como por estar casado con doña Elvira de Mendoza, hija de don Francisco de Mendoza, por cuyo deudo se tenía, ayudándoles con toda la costa necesaria para su entrada. Y con este despacho volvió a esta tierra, donde luego fundó la ciudad de Santa Cruz en medio de los términos de esta provincia, al pie de un sierra, sobre la ribera de un deleitoso arroyo, en comarca de gran suma de naturales indios; que fueron empadronados más de 60 mil en su término y jurisdicción, casi a la parte del Septentrión y Río de la Plata, como a la de Andrés Manso, que a este tiempo tornaba a entrar con algunos soldados en prosecución de su demanda, por la frontera de Tomina, donde se habían juntado los que con él quisieron ir. Se fue con su gente al pie de una sierra que llaman Cuzcotoro, y en un acomodado valle fundó una población, haciendo regidores y oficiales, de que luego fue contradicho por la ciudad de la Plata. Y despachado de ella a Diego Pantoja a impedir esta población y prender a Andrés Manso, por ser intruso en su jurisdicción, fue resistido por él en un peligroso paso, donde le arcabuceó con sus soldados: por manera que el alcalde Diego Pantoja no pudo pasar adelante; y persuadido de Martín de Almendras y Cristóbal Barba, volvió a la ciudad. Con esta ocasión Andrés Manso alzó su gente y pasó adelante a un pueblo de Chiriguanos, llamado Sapirán; y saliendo a los llanos de Taringui, distante doce leguas, sobre un mediano río, asentó su real, haciendo allí su población, donde los indios de toda la comarca le acudieron de paz y le dieron la obediencia. Y estando en este estado, despoblaron los Chiriguanos un pueblo que se había fundado en la barranca junto al río Guapay, 40 leguas de Santa Cruz, matando al capitán Pedraza, Antón Cabrera, y a los demás pobladores; y hecho este daño vinieron sobre la población de Andrés Manso, y poniéndole cerco una noche, y pegando fuego a todas las casas del pueblo, tomando las puertas, mataron con facilidad a los que salían fuera, y con poca resistencia fueron todos acabados, sin que escapase ninguno. De este desgraciado suceso quedó a esta provincia el llamarse los Llanos de Manso, que es un término dilatado y continuo hasta el río del Paraguay, que está al Este; y bojeando para el Sur la sierra, está en la gobernación del Tucumán, y por el Poniente termina en las tierras del Perú, donde nace y corre el río que llaman Yetica, que ocupa los pueblos de los Chiriguanos de aquella frontera, que es el propio que los indios del Perú llaman Pilcomayo. Fue antiguamente esta provincia muy poblada de naturales, y de gran multitud de gente, y al presente es cosa muy cierta estar toda despoblada y desierta, así por las continuas molestias, trabajos y servidumbre ordinaria que les dan los españoles, como de las crueles guerras, muertes y cautiverios en que han sido asolados de los Chiriguanos: de tal manera que ha sido, y es la más cruel y detestable tiranía; porque sola la sed de sangre humana y rabia mortal han destruido innumerables naciones, como ya en otra parte se ha dicho. Capítulo VII De la vuelta de los soldados que se dividieron de Nuflo de Chaves, hasta llegar a la Asumpción, etc. Divididos los soldados de la compañía del capitán Nuflo de Chaves, dieron vuelta para el puerto de los Jarayes, habiendo nombrado por su capitán a Gonzalo Casco; y tomando el camino por algunos pueblos de indios amigos, llenaron al de los Jarayes, sin ninguna contradicción, donde recibidos con mucho aplauso, hallaron todo lo que les dejaron en su poder, sin faltar cosa ninguna. Y echados los navíos que estaban en tierra al agua, y sacando los que en ella estaban hundidos, los calafatearon y dieron carena, y puesto todo a flote, se embarcaron en ellos, y en las demás embarcaciones; y fueron por el río abajo, llegando con buen viaje a la Asumpción, en tiempo que hallaron muerto al teniente general Gonzalo de Mendoza, que no tuvo este oficio más de un año; habiendo hecho, en este tiempo algunas cosas de consideración en bien de la República; como fue castigar y poner freno a los indios Agaces, que, apoderados del río, molestaban con continuos asaltos a los vecinos de la ciudad; matando los indios de su servicio, y robando sus ganados. Para cuyo remedio despachó Gonzalo de Mendoza a Alonso Riquelme, y Rui García Mosquera, y otras personas de cuenta, yendo con muy buen orden más de 200 soldados, y 1000 amigos. Y llegados que fueron a sus puertos, se peleó poderosamente, dándoles muchos asaltos; de que después de grandes escaramuzas, fueron todos los más presos y muertos, y puestos en sujeción. Por muerte de Gonzalo de Mendoza, vino a quedar esta provincia sin cabeza ni gobierno. Y para tenerlo como convenía, fue acordado por todos los caballeros de aquella república, elegir persona que los gobernase en paz y justicia; y hecha la publicación del nombramiento, se presentaron para el gobierno, algunos caballeros beneméritos, como fueron, el contador Felipe de Cáceres, el capitán Salazar, Alonso de Valenzuela, el capitán Juan Romero, Francisco Ortiz de Vergara, y el capitán Alonso Riquelme de Guzmán. Y llegado el día señalado, juntos los vecinos, moradores, y demás personas que en aquella sazón se hallaban, con asistencia del Obispo, don Fray Pedro de la Torre, cada uno dio su suerte en manos del prelado, habiendo jurado de elegir a quien en Dios y en sus conciencias, les pareciese convenir para el tal oficio; y hechas las demás solemnidades necesarias, se sacaron de un cántaro, donde estaban metidas todas estas nominaciones de los votadores; y conferidas, hallaron que el más aventajado en ellas, era Francisco Ortiz de Vergara, natural de Sevilla, caballero de mucha suerte, afabilidad y nobleza, digno y merecedor de cualquiera honra. Y luego que salió, mandó el Obispo sacar una provisión de Su Majestad, para que públicamente fuese leída: en la cual, se le daba facultad, que en caso semejante, eligiéndose persona que en su real nombre hubiese de gobernar la provincia, lo diese el título y nombramiento que le pareciese, o ya de Capitán General, o de Gobernador. Y entendida por todos la provisión, en alta voz, dijo el Obispo en presencia de todo el pueblo: que por honra de aquella provincia y de los caballeros que en ella residían, nombraba, y nombró en nombre de Su Majestad, por Gobernador y Capitán General y Justicia a su dilectísimo hijo, Francisco de Vergara, persona que recta y canónicamente había sido electa; y todos a una voz lo aprobaron. Y habiendo hecho el juramento y solemnidad debida, en razón del uso y ejercicio del oficio, y entregádole todas las varas de justicia, las dio y proveyó de nuevo, como mejor le pareció convenía, con otras cosas tocantes al servicio de Dios y de Su Majestad. Hízose dicha elección en 22 de julio del año de 1558; estando todos ayuntados en la iglesia parroquial de nuestra Señora de la Encarnación; siendo alcaldes ordinarios y de la hermandad, Alonso de Angulo, y el capitán Agustín de Campos, con los demás capitulares y regidores. Capítulo VIII En que se trata del alzamiento general de los indios de las provincias del Paraguay y Paraná Estaba en este tiempo la ciudad de la Asumpción en la mayor prosperidad y aumento, que jamás hasta entonces ni después se vio: porque demás del lustre y buen gobierno de la República, eran muy bien servidos de los indios naturales, los vecinos y encomenderos de ella; sin que se presumiese otra cosa en contrario: hasta que habiendo vuelto la gente que fue con el capitán Nuflo de Chaves a la provincia de los Jarayes, hubo algunos movimientos y conjuraciones secretas, en especial por medio de algunos caciques que habían ido a aquella jornada; y entre los que más encendieron el fuego, fueron dos mancebos hermanos, llamados don Pablo y Nazario, hijos de otro muy principal de aquella tierra, llamado Curupiratí. Los cuales, convocando a todos los indios de la provincia a que tomasen las armas y se rebelasen contra los españoles, diciéndoles contra ellos muchas libertades y menguas, vinieron todos los indios a poner en efecto esta rebelión comenzando al descubierto a apellidar libertad y guerra sangrienta contra los españoles, haciendo alguno asaltos en los pueblos más circunvecinos que no eran de su parecer. Movió a esa gente a esta novedad (que no lo es para ellos, tomar las armas todas las veces que ven la ocasión) el haber traído de aquella entrada que hicieron con Nuflo de Chaves, gran suma de flechería enherbolada, de que aquella cruel gente, llamada los Chiquitos, usaba, de la cual los de esta provincia habían recogido y guardado lo que habían podido haber para sus fines contra los españoles; y vueltos a sus pueblos de la jornada, mostraron por experiencia a los demás, el venenoso rigor de aquella yerba, de cuya herida ninguno escapaba, ni hallaba remedio ni triaca contra ella. Y así se animaron a declararse contra los españoles, matando algunos que andaban por la campaña; para cuyo remedio procuró el Gobernador despachar algunos principales indios de confianza, a que aquietasen los tumultos y revoluciones de la provincia: los cuales no siendo parte a repararlo, dieron vuelta a la ciudad, dando cuenta de lo que pasaba; y que iba tan adelante el negocio, que hasta los circunvecinos y conjuntos a la ciudad, estaban movidos a la rebelión. Por lo cual mandó luego apercibir a todos los encomenderos y vecinos, y a otros muchos soldados nuevamente venidos, señalando los capitanes y oficiales necesarios, con los cuales salió por fin del año de 1559: y puesto en campaña con 500 soldados y más de 3000 indios amigos de los Guaranís, y 400 Guaycurús, repartió la gente en dos partes; la una tomó el Gobernador para sí, y la otra dio al contador Felipe de Cáceres para que entrase por la parte del Acay, y él se fue por los Acaraibá, en cuya comarca se habían de juntar y plantar el campo, para de allí hacer sus correrías y acometimientos a las partes donde fuese más necesario. Y con este acuerdo se fueron por los términos y lugares de sus partidos, sin hacer más efecto que pasar de tránsito, por estar todos los pueblos despoblados: estando toda la gente retirada en las montañas más ásperas de la tierra, aunque la gente de guerra quedaba siempre a la mira puesta en campaña. Y por parecer al enemigo que no convenía se juntasen los dos campos, dieron dos días en cada uno una alborada; y acometidos de gran multitud de indios, resistieron los nuestros con mucho daño de ellos, aunque con muerte de alguna de nuestra gente. Y teniendo aviso el un campo del otro de lo sucedido, llegaron a juntarse en lo más poblado de aquella tierra, donde a tropas salían a correr la redonda, y atajarles su comida para necesitarlos por todas vías a que tomasen mejor acuerdo, y viniesen de paz: y así se ofrecía tener con ellos muchas escaramuzas; hasta que entrando el año de 1560 presentó el enemigo a nuestro campo la batalla. Venía repartido en cuatro tercios; y en todos 16000 indios; y puestos en campo raso, obligaron a los nuestros a salir a romperlos. Y así mandó el Gobernador al capitán Alonso Riquelme saliese con 80 de a caballo, y a los capitanes Segura y Agustín de Campo, con 1200 arcabuceros, 1600 amigos Guaranís y 200 Guaycurús: y puestos en campo en dos escuadrones, la infantería que hacía frente le dio una carga, y viniéndose a este tiempo el enemigo acercándose más a los nuestros con dos escuadrones que componían 8000 indios, desgalgando los 4000 por una quebrada a dar en el real por las espaldas, para impedirles que pudiesen socorrer a los del campo; y el otro escuadrón, que era de otros 4000 indios flecheros, se puso en un pequeño recuesto, para de allí socorrer donde fuese necesario. Los nuestros se portaron con buen orden hasta tenerlos a tiro de arcabuz; y dándoles la primera rociada, se postraron por tierra hasta que pasó aquella furia, y haciendo señal de su acometida, tocando sus bocinas y trompetas, en un improviso dieron sobre nuestros escuadrones; y saliendo nuestra caballería en cuatro tropas, que la una llevaba el factor Pedro de Orantes, y la otra Peralta Cordobés, la tercera Pedro de Esquivel, y la última Alonso Riquelme; y rompiendo todos por medio de los enemigos, revolviendo a una y a otra parte, lanceando e hiriendo a muchos de ellos, aunque desordenada nuestra infantería, les fueron apretando y degollando mucha gente; con lo que amenazaron a retirarse: y vista la rota por los 4000 que estaban de reserva, bajaron por la ladera, y con furia veloz y repentina se metieron en la batalla; y animando a los suyos a volver a ella, llegaron hasta nuestros escuadrones, que a este tiempo reunidos los aguardaban en buen orden, peleando con ellos pie con pie, con tal esfuerzo y valor los apretaron, que no sólo los desbarataron, sino que los pusieron en huida; aunque un gran golpe de ellos, hechos un cuerpo, se opusieron a los nuestros sin poderlos desmembrar hasta que el capitán Alonso Riquelme los acometió con la caballería; y rompiéndolos comenzaron a huir, y los nuestros a seguirlos; y haciendo en ellos cruel matanza, acabando los amigos de matar a todos los heridos que discurriendo por el campo hallaban. A cuyo tiempo, prosiguiendo el alcance, vieron que estaba el real asaltado, y que había gran clamor y vocería: a cuya causa revolvieron a socorrer al Gobernador que estaba peleando con los enemigos, y habiéndoles resistido con gran denuedo los hizo retirar al tiempo que llegaba el socorro, con lo que acabaron de ser vencidos. Fue esta célebre victoria a 3 de mayo, día de la invención de la Santa Cruz del año referido: murieron de los enemigos más de tres mil sin mucha cantidad de heridos, y sin que se experimentase el efecto de la yerba de que estaba tocada toda su flechería, que no fue de poco provecho para los nuestros, según el daño que de ella se temió. Después de lo cual, poniéndose el campo sobre un río llamado Aguapey, mandó el Gobernador a Dame de Olavarriaga con 100 soldados de a pie, para que reconociese un fuerte que el enemigo tenía; y entrando por una montaña, salieron a un raso donde los indios tenían una emboscada, y descubierta por los nuestros comenzaron a disparar sus arcabuces y ballestas con buen orden, hasta pasar un arroyo ancho y barrancoso. Fueron recibidos de los enemigos, y acometidos con tal velocidad que vinieron a las manos; y andando en la revuelta, fueron muy sobrados de manera que mataron al alférez Correa, a Diego Díaz, y a otros soldados: y saliendo a su socorro Alonso Riquelme, llegó a este tiempo con 20 de a caballo hasta el arroyo donde cayeron sin poder salir, a ir menos el capitán Riquelme con otros ocho, los cuales comenzaron herir y a lancear a los enemigos con tanta prisa que luego tiñeron todo el campo en sangre; y socorriendo a algunos presos y caídos que tenían los enemigos, los libraron junto con las vidas que tan a pique tenían de perder; y libres ya comenzaron a esforzarse peleando de nuevo con gran valor, hasta que los pusieron en huida con muerte de mucha gente; y siguiendo el alcance los que llegaron al socorro cortaron más de mil cabezas como lo tienen de costumbre, en especial los Guaycurús que iban en esta guerra: con que el enemigo quedó por entonces quebrantado. Capítulo IX Cómo en este tiempo se alzaron los indios de Guayra contra el capitán Melgarejo, a cuyo socorro fue el capitán Alonso Riquelme Con el buen suceso que aquellos días tuvieron los nuestros contra los enemigos, se desbarató toda la junta que tenían hecha para está guerra, así el Gobernador ordenó a cuatro capitanes con sus compañías, para que cada uno de ellos fuese corriendo por su parte aquella tierra, castigando a los rebeldes y obstinados, y recibiendo y pacificando a los que viniesen de paz. Y hecho esto, el Gobernador con el resto del campo se puso en cierto paraje de aquel territorio, sobre un río que llaman Aguapey, que sale al Paraná, lugar dispuesto para sentar el campo; donde corriendo los unos y los otros aquel distrito, fueron siempre los indios de mal en peor, todo muy rebeldes y pertinaces. Cuando a este tiempo llegó al real un indio, y llevándolo a la tienda del Gobernador, y puesto en su presencia, dijo: «yo soy de la provincia de Guayra, y mensajero de tu hermano y capitán Rui Díaz, el cual confiando de mí, me despachó a decirte le socorrieses con gente y soldados españoles, por habérsele alzado los indios de aquella tierra de quienes estaba muy apretado; y he venido disimuladamente por estos pueblos rebeldes y gente de guerra, dando a entender ser uno de ellos, y con esto he podido pasar hasta aquí, que no ha sido poca dicha mía». El Gobernador le dijo, que como le daría crédito en que aquello fuese verdad, pues no le traía carta de su hermano, en que le avisase de lo que pretendía. A esto respondió, que no venía sin ella, por la cual satisfaría largamente, y mirando todos al indio que venía desnudo en carnes: con solo su arco y flechas en las manos, no vieron cosa alguna donde pudiese traer la carta que decía. El entanto alargó el brazo, y dando el arco al Gobernador, le dijo: «aquí hallarás lo que digo». Y rodeando el arco tampoco vieron cosa alguna escrita, ni donde pudiese venir: hasta que el mismo indio le tomó, y llegando a la empuñadura del medio, descubrió un encaje donde la traía, y sacándola vio el Gobernador el trabajo y necesidad en que estaban, y habiendo comunicado con los capitanes lo que se debía hacer, fue acordado se le despachase socorro; y por parecer de todos los más, se determinó el Gobernador fuese a este negocio el capitán Alonso Riquelme: y así se determinó, aunque sabían que entre él y el capitán Rui Díaz había algún encuentro; y acudiendo a dar gusto al Gobernador, no obstante de eso se dispuso a salir luego, tomando en su compañía 70 soldados. Y caminando por sus jornadas, no sin algunos encuentros y resistencia que los enemigos le hicieron, pasó por aquella tierra hasta tomar el río del Paraná; y llegado al puerto, le envió el capitán Rui Díaz las canoas necesarias para que pasase; y puestos de aquella banda, fue recibido de todos alegremente, entrando en la ciudad sin dificultad alguna, aunque estaba muy cercada de enemigos, y todas las calles cerradas con buena palizada, y recogida toda la gente dentro de una casa fuerte que tenía la ciudad. Sólo Rui Díaz no mostró mucho gusto viendo a Alonso Riquelme; aunque disimulando su antigua enemistad le pidió luego saliese con su compañía, y con la que en el pueblo había, a castigar la malicia de aquellos indios, poniendo freno a su insolencia; porque de su parte no lo podía hacer por estar muy enfermo y casi ciego. Con lo cual el capitán Riquelme salió de la ciudad con 100 soldados y algunos amigos aunque sospechosos; y el año de 1561 comenzó la guerra por los más cercanos. Alzando luego el cerco que tenían sobre el pueblo, los fue castigando y dando alcance en sus pueblos, prendiendo algunos principales en quienes hizo justicia: y corriendo por aquella tierra, salió a los campos que llaman de don Antonio, donde los pueblos de aquella comarca le pidieron la paz, y él les otorgó. De allí bajó al río del Ubay, que es muy poblado, y despachando mensajeros, le salieron muchos caciques pidiéndole perdón del delito pasado. Y asegurados los comarcanos, bajó por aquel río al Paraná, pacificando los pueblos que por allí había, aunque los más de la tierra adentro trataban de llevar adelante la guerra y de venir a asolar la ciudad. Por cuya causa determinó dejar las canoas, y entrar por aquel territorio, atravesando unos bosques muy ásperos hasta el pinal, donde estaban metidos los más de los indios alzados: y con asaltos repentinos y ligeros que les daban, los fue apretando de manera que dejaron sus escondrijos; y saliendo a lo raso se juntaron gran multitud de ellos; y en un, valle largo y angosto acometieron a los nuestros por todas partes, y los apretaron ya a cosa hecha para acabarlos. Mas los nuestros, con buen brío y ánimo, los fueron arcabuceando de un lado y otro, y fueron peleando con ellos muy reñidamente: con que quedó el enemigo vencido y desbaratado, huyendo a mucha prisa. Y dándoles alcance, mataron muchos de ellos y prendieron a muchos de los principales, obligándoles a pedir la paz y perdón de las perturbaciones pasadas, dando por disculpa haber sido movidos de otros caciques poderosos de la provincia. Y con esto fue corriendo aquellos pueblos, y en uno de ellos tuvo el invierno hasta el año siguiente que acabó de aquietar la provincia. Y puestos en el mejor estado posible, dio vuelta para la ciudad con toda su compañía, con mucha satisfacción del buen suceso de aquella guerra: y volviendo a la Asumpción, la halló con más quietud y sosiego, con lo cual los unos y los otros quedaron quietos por algunos años. Capítulo X Cómo vino a la Asumpción Rui Díaz Melgarejo, y como se quemó una carabela que se había de despachar a Castilla Estando en este estado las cosas de estas provincias, acordó el Gobernador Francisco de Vergara, de enviar a llamar de la provincia de Guayra al capitán Rui Díaz su hermano, para que acabada una carabela, que se estaba haciendo en aquel puerto para despachar a Su Majestad, fuese en ella a darle cuenta de su elección y de lo demás que en la tierra se ofrecía. Y en esta conformidad, el año siguiente de 1563 llegó a la Asumpción Rui Díaz Melgarejo con toda su casa, mujer e hijos; el cual solicitaba de su parte la fábrica de la carabela, que era una de las mejores que en aquella se habían hecho; y puesta a pique para echarla al agua, trató el Gobernador de quien podría acudir al gobierno de la provincia de Guayra, y fue acordado despachar al capitán Alonso Riquelme, para cuyo cumplimiento se aprestó luego. Y el mismo año salió de esta ciudad y llegó a la de Guayra, donde recibido de los vecinos con mucho aplauso y contento, dio orden para acabar de pacificar las alteraciones pasadas que aún no estaban del todo allanadas; y por el consiguiente los pueblos de naturales de la jurisdicción de la Asumpción tornaban a remover la guerra con nuevos bullicios, dejando sus pueblos y retirando sus mujeres e hijos a partes ásperas y montuosas. Para cuyo remedio salió el Gobernador con 250 soldados, y muchos caballos y amigos, junto con los indios Guaycurús, gente guerrera y enemiga de la Guaraní, que habitan de la otra parte de la ciudad pasado el río, y se sustentan de solo caza y pesca sin otra labor ni sementera. Y puestos todos en campaña mandó, que el capitán Pedro de Segura con una compañía de soldados, por la parte más abajo al Mediodía, y el capitán Rui Díaz norteando por el distrito de arriba, se fuesen, y el Gobernador con todo el resto, por el medio, derecho a Levante; y discurriendo por la tierra, se viniesen a juntar en el río del Aguapey, donde so asentase la guerra, haciendo los acometimientos y jornadas convenientes. En cuya orden se continuó la guerra, con efecto de algunas facciones importantes, aunque costosas a ambas partes; y quedando de aquella vez muy consumidos los naturales en gran cantidad, y siendo constreñidos con este rigor, fueron recibidos al servicio de Su Majestad. Con lo que el Gobernador se volvió a la Asumpción con su campo, al mismo tiempo que el capitán Nuflo de Chaves, y don Diego de Mendoza, su cuñado, con otros muchos soldados del Perú, bajaban de Santa Cruz de la Sierra, que, como ya se dijo, la tenía a su cargo por el marqués de Cañete, distinta de la gobernación del Río de la Plata. Habíale movido volver a esta ciudad, tener en ella a su mujer e hijos, a quienes determinaba llevar a su provincia; y siendo bien recibido del Gobernador, se fue aderezando, como convenía, de lo necesario. Estando ya en esto de todo punto acabada la carabela y señaladas las personas, que habían de ir en ella, una noche, sin saberse hasta ahora quién lo hiciese, se pegó fuego a ella; y comenzando a arder, llegó todo el pueblo a socorrerla. Pero como estaba recién embreada, ardió de manera que, sin poderlo remediar, se acabó en breve tiempo de consumir, con notable sentimiento de las personas que tenían celo del bien común, por la gran pérdida y perjuicio que le venía a la provincia, y gasto de plata que se había hecho: atribuyose a algunos émulos del Gobernador e interesados en el gobierno. En cuyo tiempo sucedió asimismo que el capitán Rui Díaz mató, debajo de acechanzas, al Padre Hernán Carrillo, con su mujer doña Elvira Becerra; de que resultó doblado sentimiento al Gobernador. Por lo que fue persuadido saliese de esta provincia al Perú a tratar con el virrey sus negocios y el estado de ella: y confiriéndolo con sus amigos, se dispuso a ponerlo en efecto, como adelante se verá. Capítulo XI De la salida que hizo el Gobernador para el Perú, y gente que sacó en su compañía Llegado que fue Nuflo de Chaves a la Asumpción, con algún recelo de no ser bien recibido del Gobernador, por los antiguos bandos que habían tenido en la prisión de Álvaro Núñez, como por no haber cumplido en su población las instrucciones que se le dieron, separándose del gobierno de aquella provincia, procuró por todas vías congratular al Gobernador, y a las demás personas de cuenta. De manera que con su buena industria tuvo muchos aficionados, y en especial al Obispo, que en aquella sazón acababa de casar una sobrina suya con don Diego de Mendoza, su cuñado: el cual metiendo prenda, fueron facilitadas todas sus pretensiones; haciendo instancia al Gobernador que convenía a su honra hacer personalmente aquella jornada y salir al Perú, a dar cuenta a la Real Audiencia y al virrey de sus negocios y elección del gobierno, con que lo podía perpetuar con mucha honra suya. Con cuyas razones, y otras de bien poco fundamento, se persuadió a ponerlo en efecto, haciendo para ello grandes aparejos, y pertrechos, así de embarcaciones, como de caballos, armas, y municiones. Moviéronse para esta jornada muchas personas principales, como fueron el contador Felipe de Cáceres, el factor Pedro de Orantes, capitán Pedro de Segura con su mujer e hijos, Cristóbal de Saavedra, Rui Gómez Maldonado, procurador general de la provincia, y otros caballeros vecinos y conquistadores; y el Obispo don Fray Pedro Fernández de la Torre, con siete sacerdotes, clérigos y religiosos, que por todos fueron más de trescientos españoles: dejando el Gobernador por su lugarteniente en aquella ciudad, al capitán Juan de Ortega, y en la provincia de Guayra a Alonso Riquelme de Guzmán. Y el año siguiente de 1564, salió de la Asumpción con toda su armada, que era de veinte navíos de vela y remo, y otros tantos barcones, y otras embarcaciones balsas y canoas, en que iba toda la más de la gente española con todo el servicio de sus casas, que eran más de dos mil personas: sin otros tantos indios de sus encomiendas, que llevaban por tierra, a cargo del capitán Nuflo de Chaves, con quien iban otros muchos soldados: hasta tomar el puerto de los Guajarapos, frontera del río del Aracay provincia del Itatin; de donde asimismo sacaron más de otros tres mil naturales, persuadidos de las palabras y promesas conque los movía, por vía de intérpretes, Nuflo de Chaves; por lo que se determinaron a dejar su país natural, e irse al extraño, haciendo esta jornada, en la cual pasaron inmensos trabajos y necesidades, en que pereció gran parte de ellos de hambre y de sed. Y llegados estos indios 30 leguas de Santa Cruz, hicieron asiento en un término de tierra que les pareció conveniente, llamándola Itatin, por el nombre de la provincia de donde salieron, y era su natural. Allí poblaron e hicieron su sementeras, no dejando de pasar la gente española las mismas necesidades desde que salieron de la Asumpción. Y luego que tomó puerto toda la armada a la parte y término de Santa Cruz, Nuflo de Chaves se apoderó del mando y gobierno de ella, no consintiendo que el Gobernador ni otra persona alguna se metiese en la administración de paz ni guerra; con que muchos iban mal contentos. A cuya causa no se guardaba el orden que convenía, porque unos se quedaban atrás con sus deudos y amigos, y otros adelante con sus mujeres e hijos. Con este orden llegaron a Santa Cruz, que por estar falta de comida pasaron grande hambre, y perdieron gran parte del servicio de Yanaconas que llevaban; y junto con esto, todas las encomiendas y pueblos de aquella provincia se rebelaron contra los españoles, hasta los Samocosis de la otra parte del río Guapay, con quienes tuvo Nuflo de Chaves grandes reencuentros y reyertas, que costaron muertes de ambas partes, porque se salieron los más de ellos con los Chiriguanos sus circunvecinos con gran daño y perjuicio de nuestra gente, impidiendo la comunicación y camino del Perú. A cuyo remedio salió Nuflo de Chaves con propósito de pasar adelante, como lo hizo, con 50 soldados; dejando orden a su lugarteniente, Hernando de Salazar, que luego prendiese a Francisco de Vergara, y a otros sus amigos, y les quitase las armas, para que ninguno pudiese salir al Perú hasta tanto que él volviese. Y el Teniente lo puso, así en ejecución, sin que bastasen los requerimientos y protestas que en este caso se hicieron. Y así Francisco de Vergara y otros dieron orden de despachar al Perú a dar cuenta a la Real Audiencia de este agravio, ofreciéndose al viaje García Mosquera, mancebo animoso, hijo del capitán Rui García, que ha sido y es gran servidor de Su Majestad, y hoy vive en aquel reino. El cual, llegado que fue a la ciudad de la Plata, dio aviso a la Real Audiencia de lo que pasaba, y con su relación se despachó provisión para que no los detuviesen en aquella tierra, sino que libremente los dejasen salir a sus negocios al Perú: y aunque, intimada esta provisión y obedecida, no fue muy cumplida, porque Hernando de Salazar, por vía de torcedor, ponía algunas dificultades, no permitiendo que saliesen todos los que quisiesen, por lo que fue necesario venirse a las armas. Y puestos en campaña, se juntaron 60 soldados, algunos con sus mujeres e hijos, y tomaron por los llanos del Manso, por no encontrarse con Nuflo de Chaves, de quien ya tenían noticia que volvía del Perú por la cuesta que dicen de la Cuchilla, evitando el tener pesadumbre unos con otros; porque con algunas informaciones Nuflo tenía hecho su negocio muy a su salvo con el Gobernador Lope García de Castro. Por lo cual fue muy acertado el darle lado, aunque con el riesgo de encontrar con los indios Chiriguanos, que le dieron muchos asaltos, impidiéndoles el camino que llevaban, donde mataron a un fraile que llevaban de Nuestra Señora de las Mercedes y otros españoles, de cuyos peligros fue Nuestro Señor servido de sacarlos llegando con bien a aquel reino: al cual entraron por la frontera de Tomina, por el camino que dicen de Cuzcotoro, que el día de hoy es muy trillado por los Chiriguanos que allá comunican. Capítulo XII Cómo en este tiempo sacaron preso a la Real Audiencia a Francisco de Aguirre, Gobernador del Tucumán Aunque parezca apartarme fuera del propósito de mi historia, desviándome del hilo de las cosas que tocan al Río de la Plata, no he querido pasar en silencio lo que sucedió a Francisco de Aguirre en la gobernación de Tucumán, que como tengo dicho me es fuerza tocar algunas cosas de aquella tierra, según en esta historia he comenzado. El cual gobernando aquella provincia en nombre de Su Majestad por el Conde de Nieva, virrey del Perú, mandó hacer la población de San Miguel del Tucumán, cometiéndola a Diego de Villarroel su sobrino, y el año de 1564 hizo esta fundación, que dista de Santiago del Estero 25 leguas, en comarca de 4 a 5 mil indios, parte de los cuales reconocieron en tiempos pasados y, por rey al Inga del Perú, que son los Serranos: los demás tienen algunos caciques a quienes respetan. Está en altura de 28 grados, y así tiene buen temperamento, siendo tierra de muchos bosques y arboledas muy crecidas, y pastos convenientes para todo género de ganados. Pasa por este pueblo un pequeño río, que de este y de otros doce, se viene a formar el de Santiago, que comúnmente llaman el Estero. Después de concluida esta población con buen suceso, determinó Francisco de Aguirre hacer una jornada a la provincia de los Comenchingones, que es hoy la de Córdoba; y habiendo salido con buen orden golpe de gente española y amigos, la hizo visitando los pueblos de aquel camino, tomando noticia y lengua que a la parte del S. E. había un término muy poblado de indios muy ricos, según y como a Diego de Rojas le informaron cuando descubrió esta provincia. Y después de algunos sucesos por desavenirse la gente que llevaba, dio vuelta para Santiago, y llegando a 40 leguas de ella, al puesto que llaman los altos de Francisco de Aguirre, le prendieron una noche en el año de 1566, siendo cabeza de este motín Diego de Heredia y Versocana, so color de un mandamiento eclesiástico que tenía del vicario de aquella ciudad. Donde llegando con él, bien aprisionado; usurparon la jurisdicción real, y de su propia autoridad administraron él y sus confidentes la real justicia, tomando en sí el gobierno. Prendieron a todas las personas sospechosas que podían apellidar la voz real, no solo en esta ciudad, sino en la de Tucumán, exceptuando el capitán Gaspar de Medina, lugar teniente del Gobernador, que por ventura se les escapó, valiéndose de la ciudad, y metiéndose en una sierra que llaman de Concho, distante del Estero 12 leguas. Con lo cual quedaron los tiranos apoderados de la tierra; y para dar color a lo que tenían hecho con algún buen efecto, determinaron hacer una población, entre el Poniente y Septentrión, en la provincia de Esteco, la cual descubrió Diego de Rojas, cuando entró la primera vez en aquella gobernación. Y saliendo de Santiago a este efecto, fundaron una ciudad, ribera del Río Salado, a la que llamaron Esteco, por un pueblo de naturales de este nombre, de quien lo tomó también la provincia. Dista esta ciudad de la de Santiago del Estero 45 leguas, y está en altura de 26 grados y medio. Estando las cosas en este estado, el capitán Gaspar de Medina, teniente del gobernador Francisco de Aguirre, convocó algunos amigos suyos, y con favor y ayuda de Nicolás Carrizo, Miguel de Ardiles, y el capitán Juan Pérez Moreno, prendió a Heredia y Versocana, y a los demás sus secuaces; y hecho proceso contra ellos, los sentenció a muerte, la cual se ejecutó en los más culpados, con lo que se restituyó la jurisdicción real. Y en este medio la Real Audiencia despachó a aquel gobierno al capitán Diego Pacheco, ínterin que se veía en aquella Audiencia el negocio de Francisco de Aguirre, que había sido llevado preso a aquella corte. Y llegado Diego Pacheco, reformó algunas cosas, y mudó el nombre de la ciudad de Esteco, llamándola Nuestra Señora de Talavera, y repartió los naturales de su distrito en 60 vecinos: y después de algunos sucesos, mandó la Real Audiencia a Francisco de Aguirre volver a su gobierno, y él lo hizo, aunque no duró mucho en él: porque vuelto apasionadamente, fue atropellando las cosas aun no estando muy asentadas las pasadas, que estaban puestas en el tribunal eclesiástico. Y pasadas al del santo oficio, resultó que fuese despachado del Perú el capitán Diego de Arana, por orden de la inquisición, a prenderle; y consultado con el virrey; nombrole también para que administrase el gobierno de aquellas provincias; y con ambas facultades entró en él, y prendió a, Francisco de Aguirre, y puesto por efecto lo que se le había cometido, volvió con él a los Charcas, y de allí a los Reyes, dejando en el gobierno de aquella tierra al capitán Nicolás Carrizo, que en nombre de Su Majestad lo administró, hasta que fue en él proveído don Jerónimo Luis de Cabrera. Capítulo XIII De la llegada de Francisco de Vergara al Perú y sus sucesos; y vuelta del Obispo No sin grandes dificultades y peligros de enemigos entraron en el Perú, el Gobernador Francisco de Vergara, y el Obispo don Fray Pedro de la Torre, los oficiales reales, y otros caballeros que fueron en su compañía el año de 1565. Y llegados a la ciudad de la Plata, no le faltaron al Gobernador mil dificultades; y propuesta su pretensión del gobierno, tuvo opositores muy fuertes, demás de habérsele puesto capítulos muy perjudiciales en aquella audiencia; y el principal, por haber sacado del Río de la Plata tantos españoles e indios naturales, a tan gran costa y gasto de hacienda; so color de pedir socorro y ayuda para aquella conquista: siendo de manera que no se le podía dar mayor, ni tan copioso como el que sacó con tanto perjuicio, de aquellas provincias. Y así el procurador general, a instancia de sus émulos y contrarios, le puso 120 capítulos, muchos de ellos graves, con lo cual hubo lugar de oponerse a dicho gobierno Diego Pantoja, y Juan Ortiz de Zárate, vecinos principales de la ciudad de la Plata. Así mismo, entre los más que fueron del Río de la Plata, no faltaban diferencias y pasiones; entre las cuales causó mucha turbación una querella que dio en la real audiencia Hernando Vera de Guzmán, sobrino de Álvaro Núñez Cabeza de Vaca, contra Felipe de Cáceres y Pedro de Orantes, que fueron autores de la prisión de su tío, de quien era heredero y sucesor: de que resultó el prenderlos, y alegando, en su favor, dijeron: no poderse conocer de ella en aquella audiencia por estar su conocimiento pendiente ante Su Majestad y su real consejo de Indias, y así se debía inhibir aquella real audiencia de este negocio: y con esto y, los testimonios que presentaron se alzó mano, con que se evadieron de tan arduo y criminal peligro. Y sueltos de la prisión, el contador se fue a la ciudad de los Reyes con los pretensores del gobierno, de los cuales el que más instancia hizo fue Juan Ortiz de Zárate, persona principal y de grandes méritos, por haber servido a Su Majestad en las guerras civiles contra los rebelados del Perú, con gran fidelidad y valor, como se refiere en el título de Adelantado de que Su Majestad le hizo merced. Y llegado a los Reyes, hizo asiento y capitulación sobre este gobierno del Río de la Plata con el licenciado Lope García de Castro, Gobernador General de aquel reino, obligándose a gastar en la conquista y población del Río de la Plata, ochenta mil ducados, y de poblar en aquella provincia ciertas ciudades a su costa, haciéndosele merced de aquella gobernación con título de Adelantado, con otras muchas franquezas que están concedidas a los capitanes pobladores de indios. Y hecho el dicho asiento, se le dio el gobierno de aquella provincia, con cargo de que fuese por la confirmación a Su Majestad: mandándosele así mismo a Francisco de Vergara pareciese ante la real persona en la prosecución de su causa y pretensión. Y luego el año siguiente, partió Juan Ortiz de Zárate para Castilla, llevando consigo gran cantidad de oro y plata, que le robó en la mar un corsario francés, sin dejarles más de unos tejuelos de oro, que una negra suya escondió debajo de su saya. Antes de su salida despachó de Lima por su teniente general del Río de la Plata a Felipe de Cáceres, a quien ayudó con cantidad de plata para su avío, socorriendo así mismo a todas las personas que quisiesen volver a aquella tierra. Y juntos en la ciudad de le Plata el Obispo, y General, y demás caballeros, entraron a su jornada, y llegados a Santa Cruz de la Sierra, los recibió Nuflo de Chaves con muestras de grande voluntad, aunque en los negocios de tu despacho les dio poco favor: y puestos en buen orden, salieron de aquella ciudad, con el Obispo y General, 60 soldados y algunas mujeres y niños, y gente de servicio con cantidad de ganado vacuno y ovejuno. El capitán Nuflo de Chaves salió con otra compañía al mismo paso de la otra, so color de irle en conserva. Fuele entendido que su ánimo era otro del que mostraba, como se vio, que fue sonsacando algunas personas de las que iban con el General, como fue un famoso minero, llamado Muñoz, y otros. Con esta conformidad llegaron todos juntos hasta la comarca de los indios Guaranís, que quedaron poblados cuando vinieron del Río de la Plata con Francisco de Vergara, que casi todos eran de la provincia del Itatin: los cuales con su continua malicia estaban alborotados, y desamparando algunos pueblos, que estaban por el camino, se apartaron a los más lejanos, recelosos de recibir algún daño de los nuestros, o porque intentaban cometer alguna traición contra ellos: por manera que Nuflo de Chaves tuvo necesidad de irse apartando del General, metiéndose de un lado y otro para aquietar aquellos indios. Y llegando cerca de un pueblo donde supo que estaban algunos caciques principales, se adelantó de su compañía con doce soldados y llegó al pueblo: y apeados en la plaza, fueron bien recibidos de todos con muestra de amistad; y dándole una casa por posada, entró Nuflo en ella, y se sentó en una hamaca que le tenían colgada, quitándose la celada de la cabeza para orearse. A cuya sazón llegó a él por detrás un cacique principal, llamado de la Porrilla, y le dio con una macana en la cabeza, que le hizo saltar los sesos, derribándolo en tierra. A este tiempo acometían los demás a los soldados, que ajenos de esta traición estaban a la puerta, donde sin ninguna dificultad los mataron a todos, que solo escapó el trompeta, llamado Alejandro, que se dio prisa a ponerse en su caballo, aunque con algunas heridas, y fue a dar aviso de lo que pasaba a don Diego de Mendoza, que venía marchando con la gente para dicho pueblo, bien fuera del suceso; y a no ser avisado del trompeta cayera como el General en manos de aquellos enemigos, que con la misma traición le esperaban. Capítulo XIV Del castigo que don Diego de Mendoza hizo por la muerte de Nuflo de Chaves, y los reencuentros que tuvo con los indios el General y su compañía Muerto el capitán Nuflo de Chaves, los indios de la Comarca trataron de acometer a don Diego y su compañía; el cual como ya estaba avisado del trompeta, iba prevenido y con cuidado aguardando a los enemigos, los que pusieron en ejecución el acometerle: para lo cual ganaron un paso peligroso por donde los nuestros habían de pasar para sus pueblos, cerca de un pantano y tremedal, que les era forzoso pasar a pie, llevando los caballos de diestro. Allí se emboscaron, y el don Diego, cuando llegó, se previno de mandar reconocerle primero, con lo que descubrió la celada que le tenían armada: y haciendo reconocer otro paso por la parte de arriba, y hallándole razonable, mandó pasasen por él a la otra parte 20 arcabuceros de a caballo y algunos indios amigos que diesen de sobresalto, por las espaldas al enemigo. Y puestos en parte donde lo pudieron hacer, los acometieron e hicieron salir a campaña rasa, con lo que pudo pasar don Diego con su gente, por el paso que le tenía el enemigo tomado: y juntos en lo llano, se trabó una reñida pelea, y ayudando Nuestro Señor a los nuestros, pusieron en huida al enemigo con muerte de muchos de los suyos, y prendieron algunos caciques, a los cuales hizo don Diego hacer cuartos y empalar por los caminos. Y para acabar con este castigo y tener fuerza suficiente, convocó algunos pueblos de los leales, y que no estaban conjurados ni metidos en esta traición y juntando buena parte de ellos, los agregó con los demás de su compañía y se fue al pueblo del de la Porrilla, donde estaban los principales actores de la traición y muerte de Nuflo de Chaves, determinados, a aguardar a los nuestros cogiéndolos en medio de sus pueblos; habiéndose reforzado de toda la gente de guerra que pudieron para el efecto. Y con esta confianza hicieron rostro con tanto esfuerzo, que los pusieron en grande aprieto, hasta que, favorecidos de Nuestro Señor, los españoles cerraron con los indios y los rompieron. Y entrando en el pueblo, le pusieron fuego; y en el alcance pasaron a cuchillo todo cuanto topaban, sin perdonar a sexo ni condición, haciendo en ellos el más rigoroso castigo que se ha visto en las Indias; que en alguna manera fue exceso de crueldad, pues pagaban tantos inocentes lo que debían los culpados: con lo que se atajó el paso en alguna manera a tanta malicia. Y hecho lo más que convino, don Diego dio la vuelta a la ciudad de Santa Cruz, donde luego que llegó, el cabildo y toda la demás gente le nombraron por su Capitán y Justicia mayor en nombre de Su Majestad, y como a tal le recibieron al uso y ejercicio de su oficio, en el ínterin que otra cosa fuese proveída por la real audiencia y virrey de aquel reino. Y dando cuenta, como debían, de lo sucedido a quien tocaba, fue aprobado don Diego, en cuya virtud aprendió la gobernación de aquella tierra. Hasta que andando el tiempo, don Francisco de Toledo, que por orden de Su Majestad fue proveído por virrey del Perú, envió por gobernador de esta provincia de Santa Cruz, al capitán Juan Pérez de Curita, persona principal y que había servido a Su Majestad en cargos preeminentes, y halládose en la conquista del reina de Chile, y administrado el gobierno del Tucumán. Y con su entrada resultaron las revoluciones y tumultos que en su lugar diremos, junto con la muerte de don Diego, por decir en este capítulo de la jornada de Felipe de Cáceres y el Obispo, hasta llegar a la Asumpción. Los cuales, en el ínterin que sucedió la muerte de Nuflo de Chaves, estaban detenidos en cierto paraje donde habían concertado el juntarse ambas armadas, y aguardando la correspondencia de Chaves, no se movían de aquel puesto. Y confusos de su tardanza, por no saber de él nueva alguna, una tarde se pusieron dos indios sobre un cerro que estaba cerca del cuartel, y advirtieron que daban voces y hacían señal a los españoles, con unos ramos, y lo que decían, según lo que se pudo oír, fueron estas palabras: «Españoles, no aguardéis a Nuflo de Chaves, porque ya es muerto, y acabados sus días, y nosotros no pretendemos haceros a vosotros mal ninguno, y así seguid vuestro camino en paz, y no os juntéis con la gente de don Diego, porque no os ha de ir bien». Entendidas las razones de los indios, se determinó fuesen dos soldados a tomar lengua de lo que había, y saber de Nuflo de Chaves. Y así fueron dos mancebos de la tierra a pie con sus armas, y caminando fuera de camino encontraron ciertos indios, de quienes se informaron de lo que pasaba: con lo que volvieron al campo, y dieron cuenta de lo que les había sucedido. Sabré lo cual se determinó no parar más allí un punto, sino que luego se prosiguiese con su jornada y así caminaron en demanda del río del Paraguay, despachando el General a un soldado, llamado Jácome, gran lenguaraz, con unos caciques naturales de aquella parte del río, que vinieron con el Obispo y Gobernador, a que diesen cuenta a los principales de aquella provincia, como ellos iban a hacerle mucha amistad; y así que les diesen seguro pasaje. Partido el mensajero, y llegado a la provincia del Itatin, comenzaron los naturales a turbarse y conmoverse, y en lugar de paz, tomaron las armas contra los españoles, y por principio de paga mataron luego a Jácome el mensajero; con lo que se alzó toda la tierra, sin que quedase ninguno en toda aquella provincia Y camino, que no lo hiciese, con tener de largo más de 150 leguas hasta la ciudad de la Asumpción. De cuyo suceso, guerra y trabajos padecidos en este camino, se tratará en el capítulo siguiente. Capítulo XV De la guerra que los indios hicieron en aquel camino a Felipe de Cáceres, y su compañía Caminando el General con buen orden con su gente en demanda del río Paraguay, no tuvo en todo aquel camino hasta el río ningún mal suceso ni pesadumbre con los indios de aquellos llanos. Y estando tres jornadas del pueblo, encontraron una tarde con siete u ocho indios con sus mujeres e hijos, que venían de la otra parte a visitar a los que estaban en esta, por ser todos deudos y parientes, y quedándose aquella noche en nuestro alojamiento, comenzaron algunos soldados a revolverles el hato que llevaban; y hallando un puño, de daga de plata dorada, luego conocieron todos era de la que llevaba en la cinta el mensajero Jácome, y se temieron de algún mal suceso. Y con él en la mano hablaron a los indios, y preguntaron de quien lo habían habido, sobre lo que comenzaron a desvariar: y poniendo a uno de ellos en cuestión de tormento, confesó lo que pasaba, expresando como le habían muerto los indios en el pueblo de Anguaguazú, los cuales, con los demás de aquella tierra estaban de terminados a no dejar pasar a los españoles, antes a hacerles cruda guerra hasta acabarlos. Con esta nueva recibió todo el campo gran turbación, y llegando al paraje del río, luego fueron sentidos de los indios Payaguás y Guajarapos, de los que ya en este libro tengo hecha mención. Y despachando el General seis soldados en dos carabelas viejas a sacar del agua ciertas barcas y canoas que habían dejado hundidas en una laguna para cuando volviesen, fueron asaltados de los Payaguás, y presos. Porque su continua malicia, habiendo visto las canoas y barcas con las menguantes del agua, reconoció que habían de ser cebo de alguna presa cuando volviesen por allí los españoles, como sucedió. Porque luego que supieron de su llegada, salieron cantidad de canoas a ponerse cerca del real, con buena cantidad de gente de guerra, y encubiertas con ramas e yerbazales de la orilla del río, se estuvieron aguardando a que saliese alguna gente por las canoas y barcas que abajo estaban; por las cuales se habían despachado los seis hombres, que siendo hundidos en el río por esta gente, con facilidad los prendieron a vista del campo: aunque de ellos los tres se rescataron luego, y los otros tres de ninguna manera los quisieron rescatar. Y así se los llevaron a sus pueblos, aunque de ahí a algunos días vinieron a pedir una trompeta de plata que traía el General, y otras preseas y ropa de colores que ellos estiman, por lo que vinieron a darlos. Y sacando las barcas y canoas mandó el General pasasen a la otra banda veinte arcabuceros para asegurar el paso; y hecho con diligencia, fueron atravesando el río con buen orden y pasó el campo con todo el ganado vacuno, yeguas, etc., que traían. Al otro día partieron del puerto, y caminando por sus jornadas, llegaron al primer puerto de la provincia del Itatin, el cual hallaron sin gente, por haberla retirado con la ocasión de sus malos intentos: y pasando adelante hacia el pueblo principal de aquel distrito, reconocieron los nuestros que estaban metidos en una gruesa emboscada por el lado de un boquerón de quebrada; y así todos fueron marchando con mucho recato y buen orden, cerrados los escuadrones en cinco mangas: hasta que a las diez del día comenzaron los enemigos a acometer por la vanguardia en la que iba el General; juntamente dieron por la vanguardia, y al mismo tiempo por la retaguardia, y esto con tanta fuerza y furor que iban hiriendo a los nuestros, y de tal manera que les parecía imposible poderles resistir. Pero esforzados con el valor de Dios, y el ánimo y valor español, pelearon a pie y a caballo, de suerte que con matarles mucha gente a los enemigos, no se reconoció por grande espacio ventaja. En cuya ocasión el buen Obispo andaba muy solícito por el campo, esforzando a los soldados, junto con otros religiosos, con palabras dignas de quien las decía. Con lo cual se fue ganando tierra al enemigo, procurando el General llevar el bagaje muy apretado y recogido en medio de la batalla, con las municiones, mujeres y demás gente que no era de pelea; guarnecido con muy buena arcabucería, llevando los nuestros conocida ventaja, aunque muchos muy heridos. Y apretando la pelea con valor, comenzaron a huir los enemigos repentinamente, sin que los nuestros pudiesen entender la causa; dejando el campo por nuestro, hasta que de ellos mismos se supo, que la causa de su huida fue el no poder resistir al furor y denuedo de un caballero, que lleno de resplandor, con tal velocidad los alanceaba, que no parecía sino un rayo. Túvose por cierto que aquel caballero y socorro fue el apóstol Santiago, o el bienaventurado San Blas, patrón de aquella tierra; y como quiera que fuese, el socorro fue del Altísimo Dios, que no permitió pereciese allí aquel buen pastor con sus ovejas, dándoles victoria de más de 10000 indios. Lo cual sucedió a 12 de noviembre de 1568. Y por todo aquel camino adelante, siempre tuvieron los nuestros reencuentros con los enemigos; y aunque siempre salieron con victoria, y llevaban estos en la cabeza, no por eso dejaron de seguir la armada, armándola cada día mil celadas, y dándola continuos rebatos, hasta que llegaron a un río que llaman de Jejuí, 24 leguas de la Asumpción, donde fueron saliendo algunos indios de paz. De allí dieron aviso a la ciudad, pidiendo algunas barcas y canoas en que pudiesen bajar, como en efecto se hizo; echando el General por tierra la gente más suelta, con los caballos y demás ganados, hasta tomar el puerto tan deseado. El capitán Juan de Ortega con los demás caballeros de la república, recibieron con mucho aplauso al Obispo y General, aunque entre los dos venían muy discordes, puesto que por entonces lo disimulaban; pero no pudieron dejar de manifestar lo que tenían encerrado en sus pechos, como se dirá en el discurso adelante. Luego que llegó el General mandó juntar a cabildo, y sin desarmarse ni descansar un momento, se hizo recibir al uso y ejercicio de su oficio, con que por entonces quedó en pacifica posesión del gobierno, que fue al principio del año de 1569; nombrando por su lugarteniente a Martín Suárez de Toledo, y por alguacil mayor de provincia al capitán Pedro de la Puente: acudiendo en todo lo demás a las cosas de la república, como convenía al real servicio; como más largamente se dirá adelante. Capítulo XVI De un tumulto que se levantó contra el capitán Alonso Riquelme, y del socorro que se le hizo Después que el capitán Riquelme hubo allanado las alteraciones pisadas de los indios de la provincia de Guayra, a cuyo gobierno, como queda, dicho, fue enviado por el Gobernador Francisco de Vergara, y por su lugar teniente estuvo en ella con toda paz y quietud, gozándola también los vecinos y encomenderos, hasta el año de 1569, que hubo ciertas novedades entre ellos, cuyo origen fue de esta manera. Habiéndose descubierto en aquella tierra unas piedras cristalinas que se crían dentro de unos cocos de pedernal muy apretados y juntos, con puntas piramidales de diferentes colores, unas moradas, otras verdes y amarillas, y otras más claras cristalinas, todas finas y resplandecientes como cristales, las cuales tuvieron en aquella tierra por piedras preciosas y de gran valor, porque ya decían eran rubíes, amatistas, iris y esmeraldas, y aun por muy preciosos diamantes; las cuales se hallan en aquella parte en los montes, bajo de tierra, donde sazonados los granos deshacen los cocos de pedernales, criándose en una arena como ceniza, quedando las piedras sueltas puras y netas; reventando algunos cocos bajo de tierra con la fuerza del incremento de las piedras, con estallido y estruendo tan grande que estremecen los montes, hallándose bajo de tierra los medios cocos con la fuerza del reventar, divididos más de diez pasos. Habiendo también otras diferencias de piedras, que se crían en unos tejuelos de pedernal como puntas de diamantes, grandes y pequeñas que llaman zafiros, y jacintos, que según el viso que tenían, así les aplicaban el nombre. Y como les pareciese que poseían la mayor riqueza del mundo, intentaron desamparar el pueblo y tomar la costa del mar para irse a Castilla con sus mujeres e hijos; y determinados secretamente a ponerlo en efecto, no pudo ser tan secreto que no fuesen sentidos, y presos los más incursos en este trato; que al fin vinieron a concluir bajo de grandes juramentos que se aquietarían, y no harían ningún movimiento: con lo cual fueron sueltos y libres de la prisión. Pero de ahí a algunos días, estando el capitán Alonso Riquelme descuidado de esto, llegaron a su casa 40 vecinos y soldados todos armados, requiriéndole por escrito les diese caudillo para que fuese con ellos a los puertos de mar de aquella costa, de donde pudiesen dar cuenta a Su Majestad de la gran riqueza que tenían en aquellas piedras; y si esto no quisiese, saliese personalmente con ellos: donde no, ellos harían lo que mejor les estuviese. A cuyo requerimiento respondió, que él acordaría lo que al real servicio más conviniese: y visto que les denegaba su pretensión, le prendieron una noche, y a otras personas que eran de su parte, quitándoles las armas con que podían ser resistidos, haciéndose cabeza de este motín un clérigo llamado Escalera. Y puesto en este estado el negocio, se previnieron de lo que habían menester, y partieron de la ciudad por el río y por tierra, nombrando por su caudillo a un inglés, que se llamaba Nicolás Colman; debajo de cuya orden se fueron por un río arriba, hasta dejar las canoas en cierto puerto, dejando solo al capitán Alonso Riquelme en la ciudad, con algunos amigos suyos: el cual dio luego aviso a la de la Asumpción, y por él se despachó socorro con el capitán Rui Díaz Melgarejo; que aunque no estaba absuelto por la muerte del clérigo y de la excomunión, luego fue absuelto por el provisor general del obispado, que era Paniagua; el cual con otras personas quiso ir en su compañía, que por todos fueron 50 soldados. Y salidos de la Asumpción, llegaron al río Paraná: y dándoles el pasaje necesario, salieron en seguimiento de los amotinados y les dieron alcance: y siendo presos y traídos a la ciudad, fueron castigados con más benignidad que lo que merecían sus delitos; los que coloreaba el capitán Rui Díaz, favoreciendo en secreto a los tumultuarios en perjuicio del buen crédito de Alonso Riquelme, por la antigua emulación que entre ellos había. Y así, no pudiendo estar juntos, determinó Alonso Riquelme venirse a la Asumpción con el provisor, el capitán, y con otros 40 soldados y vecinos de aquella tierra: y puestos en camino por el año de 1569, hallaron todos los pueblos de indios que por allí había, alzados, y con determinación de no dejarlos pasar adelante. Hicieron sus juntas, y en algunos lugares dispuestos les pusieron celadas, donde cada día se peleaba con ellos; y llegando nuestra gente 26 leguas de la Asumpción, en la travesía de un bosque muy cerrado que llaman Erespoco, les ganaron la entrada más de 4000 indios, y todo el camino, dándoles de un lado y otro muchas rociadas de flechería, donde los nuestros hubieron menester bien las manos; y ganándoles el puesto, los fueron echando por sus senderos a arcabuzazos, hasta sacarlos a lo raso, donde el capitán Riquelme escaramuceó con 6 de acaballo con ellos, y poniéndolos en huida, pasaron adelante. Y otro día siguiente llegaron a las boqueras del Paraguay, donde se junta el camino de Santa Cruz con el que va de esta tierra; y mirando por el campo, vieron mucho estiércol de caballos y vacas, de lo que había traído del Perú el General, aunque no pudieron entender lo que fuese. Hasta que habiéndose acuartelado aquella noche, se cogieron unos indios que iban huídos de la Asumpción a los alzados, los cuales dijeron de la llegada del General y Obispo, y de los demás de la compañía: la cual nueva le fue a Alonso Riquelme de bien poco gusto, por el odio y enemistad que se tenían desde la prisión del Adelantado Cabeza de Vaca, su tío. Y el que más sintió esto fue Francisco González Paniagua, porque entendía que el Obispo no había de recibir bien la absolución de Rui Díaz Melgarejo, con cuya confusión no sabían que hacer; y a no ser las dificultades del camino tan grande, se volvieran desde allí. Pero les fue forzoso ponerse en manos de quienes tanto se recelaban, y despachando sus mensajeros a la Asumpción, dieron aviso de como iban; y sabido por el General, les envió luego a saludar y darles bien venido. Y entrando al otro día, los salió a recibir desde su casa hasta la puente de la iglesia mayor, donde con mucha cortesía y afabilidad se saludaron, y desde aquel día tuvieron el General y Alonso Riquelme muy buena amistad, dejando a parte negocios pasados, con los que adelante sucedieron, y se podrán ver. Capítulo XVII Cómo Felipe de Cáceres bajó a Buenos Aires: de la vuelta de Alonso Riquelme a la provincia de Guayra, y su prisión, etc. Lo primero que el General Felipe de Cáceres hizo en llegando a esta ciudad, fue mandar aparejar los bergantines y barcas que había en aquel puerto, y alistar 150 soldados para ir a reconocer la boca del Río de la Plata, por ver si venía alguna gente de España; en conformidad de la orden e instrucción que traía de Juan Ortiz de Zárate. Y así para este efecto; aprestándose de todo lo necesario, entrando el año de 1570 salió de la Asumpción, y llegado a las Siete Corrientes, halló muchas canoas de indios Guaranís, que venían de correr el río, con los cuales se arcabucearon; y pasando adelante fue por sus jornadas hasta ponerse en el fuerte de Gaboto, donde le salieron los indios Timbús a darle la paz con mucha amistad. Y bajando al río de las Palmas, salió al golfo de Buenos Aires; y reconocida aquella costa de una y otra parte, llegó a la isla de San Gabriel, donde dejó escritas unas cartas de aviso metidas en una botija al pie de una cruz, y dando vuelta de allí, el río arriba, volvió a la ciudad de la Asumpción con toda su gente, sin haber tenido ningún mal suceso. Y luego que llegó, persuadió con muchas razones al capitán Alonso Riquelme, quisiese volver al gobierno de la provincia de Guayra en conformidad de lo que le fue ordenado por el gobernador Juan Ortiz de Zárate, el cual condescendiendo en lo que pedia le dio los poderes que para el efecto traía con las provisiones, y sobre carta de la Real Audiencia; y previniéndose de gente y de lo demás necesario, salió de la Asumpción con 50 soldados de compañía. Y porque en aquel tiempo estaba toda la tierra rebelada, y puesta en arma, salieron en su resguardo otros 100 arcabuceros a la orden del tesorero Adame; y llegando con ellos 35 leguas de la ciudad, sobre un gran pantano que llaman Coropatí, hallaron juntos los indios de toda aquella comarca, determinados a resistir a los españoles como enemigos; y siendo acometidos de los nuestros, pelearon con ellos en campo raso, donde fueron desbaratados, y vencidos con muerte de mucha gente. Y hecho este castigo, se volvieron los de la Asumpción, y los demás con el capitán Alonso Riquelme pasaron adelante. Y caminando por sus jornadas con muchos reencuentros y escaramuzas que los indios les daban, llegaron a un pueblo de indios que llaman Maracayú, cinco jornadas de Ciudad Real, de donde despachó sus mensajeros españoles al capitán Rui Díaz, dándole aviso de su venida, y ofreciéndole todo el favor, amistad y fidelidad del mundo. El cual, en recibiendo la carta de los mensajeros, en lugar de despacharle el avío conveniente, y agradecer como honrado caballero la oferta y amistad que lo prometía, mandó luego convocar sus amigos, y tratar con ellos de como no tenía intento de recibir al que venía, ni obedecer los poderes que traía. Y así mañosamente, unos de temor, y otros de ruego, se juntaron en su casa, donde por sus votos y firmas, le eligieron por su Capitán General y Justicia mayor, en nombre de su hermano Francisco de Vergara; y electo, salió de la ciudad con 100 arcabuceros, y se puso con ellos en la travesía y paso del río, en una isla que dista de tierra un cuarto de legua sobre la canal de aquel peligroso salto, y allá sentó su campo, y puso la gente en orden de guerra; mandando que ninguno pasase a la otra parte donde estaba Alonso Riquelme, so pena de la vida. Y luego aquella noche despachó algunos de sus amigos, para que le fuesen a sonsacar toda la gente que traía; que como los más eran vecinos y casados en la Ciudad Real con facilidad serían persuadidos; como lo fueron, desamparando a su capitán, que solo le quedaron cuatro soldados. Y aunque con esta imposibilidad, le envió a suplicar al capitán Rui Díaz Melgarejo, que pues no permitía su entrada, le despachase donde él estaba a su mujer e hijos que allá tenía, que con ellos, y los pocos soldados, que le habían quedado se volvería a la Asumpción. A esto respondió que no era tan inhumano, que diese lugar a que los indios del camino matasen a los que no tenían culpa, como él la tenía en haberle venido a dar pesadumbre: pero que como le entregase los poderes que traía, le daba su fe y palabra, de no hacerle ningún agravio en su persona, con cuya seguridad podía pasar a su casa, no tratando de administración de justicia y gobierno, sitio vivir quieta y pacíficamente. Visto por Alonso Riquelme lo que le prometía, y la dificultad de no poder hacer otra cosa, condescendió con su voluntad; y debajo de la fe y palabra, que se le había dado, pasó a la isla en una canoa que para el efecto le despacharon, donde luego que llegó le quitaron las armas, y pusieron en prisión con dos pares de grillos, por árdea de Rui Díaz: y con muestras de gran pasión le mandó embarcar en una canoa y con toda su gente se partió para la ciudad, donde entró en escuadrón con pífano y tambor, llevando delante de sí a su preso en una hamaca, al cual puso dentro de su casa en una mazmorra, que ya tenía prevenida, y fortificada de fuertes maderas; en la cual le tuvo con muchas guardias, con notable riesgo de la vida, padeciendo mil vejaciones y molestias. Y al cabo de un año le desterró a una casa fuerte, que tenía cuarenta leguas de allí, la que mandó hacer para el efecto, entregándole en poder de un alcaide, llamado Luis de Osorio; donde le tuvo otro año, hasta que fue Nuestro Señor servido librarle de esta prisión, con lo que adelante sucedió. Capítulo XVIII De las pasiones y revueltas, que el Obispo y el General tuvieron, hasta que le prendieron, etc. En tanto que las cosas referidas en el capítulo antecedente pasaban en la provincia de Guayra; vinieron a tal estado las pasiones y diferencias del General, que estaba el pueblo dividido en dos bandos. Unos decían que el Obispo como pastor debía prevalecer, y otros, que el General como Ministro de Su Majestad convenía estar adelante, y tener la suya sobre el hito: de donde resultó perseguir el General a algunas personas del bando contrario, y el Obispo usar de excomuniones contra él y sus ministros, y estaba de tal manera revuelto, que muchos clérigos y eclesiásticos eran contra su Obispo, y la mayor parte de los seculares contra su General. A cuya causa vivían los unos y les otros con gran cuidado y recato. Y habiendo entendido el General que trataban de prenderle, hizo algunas diligencias en este caso, prendiendo algunas personas sospechosas, y entre ellas al provisor Alonso de Segovia; y llegándose el tiempo de la venida del Gobernador Juan Ortiz de Zárate, se determinó el General bajar a Buenos Aires a reconocer la boca del Río de la Plata, y ver si llegaba el Gobernador. Para cuyo efecto mandó aderezar dos bergantines y algunos barcos y canoas hendidas, en guajo abajo, con 200 soldados, llevando consigo preso a Alonso de Segovia, con intento de echarle de la provincia a la gobernación del Tucumán, aunque hasta entonces no estaba descubierto aquel camino. Partido con su armada, llegó a los anegadizos de los Mepenes; y pasando adelante, entró por el Riachuelo de los Quibacas, y bajando a la Bandereta, salió a la boca del río Salado, donde tuvo comunicación con los de aquella tierra; y prosiguiendo su viaje llegó a Gaboto, y entró por el Varadero a salir al río de las Palmas, de donde reconoció la isla de Martín García, saliendo allí a darle la paz algunos indios Guaranís de aquellas islas. De aquí atravesó aquel golfo a la isla de San Gabriel, de donde despachó un bergantín a, la isla de Flores cerca de Maldonado; y no habiendo en toda aquella costa muestra de gente española, ni de navíos, dio vuelta a San Gabriel, y de allí tomó a la otra parte del Sud a vista de Buenos Aires, dejando en todas partes señaladas cartas y avisos de lo que se ofrecía, para los que viniesen de España: aunque de allí adelante todas las veces que vino a cuento mandó romper con los indios naturales del río, sin admitirles paz ni amistad alguna, haciéndoles la guerra a sangre y fuego, por muy livianas cosas. Con que se vino a entender que su pretensión era cerrar la entrada y navegación de aquel río. Y después determinó despachar, por el río Salado arriba, al provisor, y echarlo a Tucumán: y navegando por él algunas jornadas, no pudieron pasar adelante, por estar muy cerrados de árboles, y bancos de arena, por cuya causa dieron vuelta a la armada; la cual pasados cuatro meses volvió a la ciudad de la Asumpción, donde halló el General las cosas que trataban de prenderle o matarle. Y habiendo sabido este trato, mandó él prender algunas personas de sospecha, y entre ellas un caballero llamado Pedro de Esquivel, natural de Sevilla a quien mandó dar garrote, y cortar la cabeza, y ponerla en la picota; con lo cual todo el pueblo se turbó. Y con esto mandó echar un bando, que ninguna persona fuese osada de comunicar, ni hablar con el Obispo, ni hacer junta de gente en su casa, so graves penas. Y porque su lugar teniente Martín Suárez de Toledo comunicaba de secreto con el Obispo, le quitó la vara y oficio; por cuyas causas muchas personas se retiraron a sus chacras, ausentándose de la ciudad, y el Obispo se metió dentro del monasterio de Nuestra Señora de las Mercedes, donde estuvo encerrado por muchos días, perseguido del General y de sus Ministros; quien, con el recelo dicho tenía de guarda cada semana un caudillo con 50 soldados. Hasta que entrado el año de 1572 se dispusieron a prenderle, convocando para ello mucha gente en número de 140 personas: a las cuales para este efecto tuvo en una casa, que está junto a la iglesia un religioso de San Francisco, llamado Fray Francisco del Campo, hombre a propósito para el efecto. Y saliendo el General un lunes por la mañana a oír misa a la iglesia mayor, acompañado de su guarda, entrando dentro, y haciendo oración fuera de la reja de la capilla mayor, oyó un gran tumulto y ruido de gente que entraba en dicha iglesia por todas tres puertas: a lo cual el General se levantó, y viendo tanta gente armada, se entró en capilla echando mano a la espada, al tiempo que el Obispo salia de la sacristía, revestido, con un Cristo en la mano, y junto con él su provisor, diciendo a grandes voces: «Viva la Fe de Cristo». Con esto el General se acercó al sagrario, donde le acometieron todos los soldados que venían delante, dándole muchos golpes y estocadas, sin que los guardas que tenía fuesen parte a defenderle; porque como oyeron decir-«Viva la Fe de Cristo»-, todos dijeron «Viva»; excepto un hidalgo de Extremadura llamado Gonzalo Altamirano, que se les puso delante: el cual fue atropellado de manera que dentro de pocos días murió. Y cerrando con el General, le desarmaron, y asiéndole de los cabellos, le llevaron en volandas; hasta meterlo en el monasterio de las Mercedes, donde el Obispo le tenía ya aparejada una fuerte y estrecha cámara, en que le pusieron con dos pares de grillos, y una muy gruesa cadena, que atravesaba una pared, al aposento del Obispo, y venía a cerrar en un muy grueso cepo de madera con un muy fuerte candado, cuya llave tenía el Obispo: además de los guardas, que dentro y fuera tenía a su costa, sustentándoles de sus bienes, sin dejarle más que para su sustento. Así le tuvieron más de un año, padeciendo este caballero muchas molestias e inhumanidades, pagando por los propios términos que él fraguó en aquella misma ciudad contra su Adelantado: (secretos juicios de Dios que tal permite). Al tiempo que sacaban de la iglesia a Felipe de Cáceres para ponerle en prisión, salió a la plaza Martín Suárez de Toledo, rodeado de mucha gente armada, con una vara de justicia en las manos, apellidando libertad; y juntando así muchos arcabuceros, usurpó la real jurisdicción, sin que alguno le osase resistir. Y al cabo de cuatro días, mandó juntar a cabildo, para que le recibiesen por Capitán y Justicia mayor de la provincia. Y visto por los capitulares la fuerza de esta tiranía, le recibieron por teniente de Gobernador de Juan Ortiz de Zárate; con que usó el oficio de la real justicia, proveyendo tenientes, despachando conductas, y haciendo encomiendas y mercedes, como consta de un acto, que contra él pronunció el Adelantado Juan Ortiz de Zárate, que es el siguiente. «El Adelantado Juan Ortiz de Zárate, caballero de la orden del Señor Santiago, Gobernador y Capitán General, Justicia mayor, y Alguacil mayor en todas estas provincias y gobernación del Río de la Plata, nuevamente intituladas la Nueva Vizcaya, por la Majestad del Rey don Felipe Nuestro Señor, digo: Que por cuanto, como es público y notorio, al tiempo que el señor don Fray Pedro Fernández de la Torre, Obispo de estas provincias, y Alonso de Segovia, su provisor, con las demás personas que para ello se juntaron, y prendieron en la iglesia mayor de esta ciudad de la Asumpción a Felipe de Cáceres, mi Teniente de gobernación en estas dichas provincias, Martín Suárez de Toledo, vecino de esta dicha ciudad, de su propia autoridad, temeraria y atrevidamente, el día de la prisión referida, tomó una vara de justicia real en la mano; y usando de ella, usurpó la real jurisdicción, donde después de tres o cuatro días, el Cabildo y regimiento de la dicha ciudad, viendo que convenía al servicio de Dios Nuestro Señor obviar el grande escándalo, y desasosiego de los soldados y gente que se había hallado en la prisión, nombraron y recibieron al dicho Martín Suárez de Toledo, por mi lugarteniente, de Gobernador y Justicia mayor de todas estas provincias. Y usando el dicho oficio, sin tener poder de Su Majestad ni mío en su real nombre, ni menos el Cabildo de esta dicha ciudad se lo pudo dar de su poderío y absoluto poder; dio y encomendó todos los repartimientos de indios que estaban vacos, y después vacaron, y las piezas de Yanaconas, de indios e indias, que quedaban encomendadas a las personas que a él le pareció, por ser sus íntimos amigos, y parciales en sus negocios; por tanto: Por la presente, en nombre de Su Majestad y por virtud de sus reales poderes, que para ello tengo, que por su notoriedad no van aquí expresados, doy por ningunas, de ningún valor, y efecto todas las encomiendas y repartimientos de indios Yanaconas de servicio, tierras y demás mercedes que el dicho Martín Suárez hizo, dio y encomendó a cualesquier personas, así en el distrito de esta ciudad de la Asumpción, como en la Ciudad Real de la provincia de Guayra; y pronuncio y declaro por vacos todos los dichos repartimientos y mercedes, para los dar y encomendar a las personas de conquistadores y beneméritos, que hayan servido a Su Majestad lealmente en esta tierra, conforme a la orden que tengo del Rey Nuestro Señor. Y mando a todas las personas, que así tuvieren mercedes fechas del dicho Martín Suárez, no usen de ellas en manera alguna, directa o indirectamente: y luego que este mi auto fuere publicado, dentro de tercero día, vengan manifestando los dichos indios que tuvieren, con las mercedes y encomiendas de ellos; so pena de 500 pesos de oro, aplicados para la Cámara y Fisco de Su Majestad la mitad de ellos, y la otra mitad para la persona que denunciare. En la cual dicha pena doy por condenados a los inobedientes, y transgresores de este mi auto. El cual mando se pregone públicamente en la plaza de esta ciudad; y de como así lo pronunció, proveyó, y mandó, y lo firmó de su nombre; siendo presentes por testigos, el capitán Alonso Riquelme de Guzmán, el tesorero Adame de Olavarriaga, y Diego Martínez de Irala, vecinos y residentes en esta dicha Ciudad; que es fecho, y sacado en 22 días del mes de Octubre de 1575 años». -El Adelantado, Juan Ortiz de Zárate.-Por mandado de su Señoría, Luis Márquez, Escribano de Gobernación. Capítulo XIX Cómo fue llevado Felipe de Cáceres a Castilla; y de la población de Santa Fe, y de cómo se toparon con el Gobernador de Tucumán En este estado estaban las cosas de la provincia, después de la prisión de Felipe de Cáceres, cuando por orden del Obispo y Martín Suárez de Toledo, se despacharon mensajeros a Ciudad Real, al capitán Rui Díaz Melgarejo, para que, como enemigo capital suyo, le llevase a Castilla en la carabela, que ya a este tiempo se estaba haciendo a mucha prisa. Y así el mismo año salió el capitán Hernán González, con treinta soldados al efecto: y llegando al puerto y pasaje, que está tres leguas de la otra parte de la ciudad, hicieron sus fuegos para que les acudiese gente. Luego el capitán Rui Díaz envió seis soldados a ver quienes eran, con orden de que no llegasen a tierra hasta haberla reconocido: y con todo el recato, mirado que gente era la que venía, y siendo sospechosa, no embarcasen a ninguno hasta saber su voluntad. Llegada la canoa a donde estaba Hernán González y sus compañeros, hablaron con ellos desde afuera, e informados de la prisión de Felipe de Cáceres, de quien era todo el recelo, y asegurados de que todos eran amigos, embarcaron al caudillo, y otros dos con él, y los llevaron al capitán Rui Díaz con las cartas y recaudos que traían, quedándose los demás en aquel puerto hasta que se les envió lo necesario, para su pasaje. Visto los recaudos y cartas de sus amigos, se determinó a hacer lo que le pedían. Y prevenido de lo necesario, salió de aquella ciudad, con buena compañía de gente; aunque después de puesto en camino se arrepintió. Mas no pudiendo hacer otra cosa, prosiguió y llegó a la Asumpción, donde no fue tan bien recibido de Martín Suárez, como algunos creían; respecto de que no se fiaban el uno del otro, ni aun se tenían buena voluntad: y así estuvieron algunos días no muy corrientes, hasta que el Obispo tomó la mano y los conformó. Luego que Rui Díaz salió de la ciudad, todos los vecinos y demás personas de la tierra enviaron a sacar al capitán Alonso Riquelme de la fortaleza donde estaba preso y desterrado por Rui Díaz; y venido a la ciudad todos le recibieron por su capitán, teniente de Gobernador y Justicia Mayor de aquel distrito: y recibido con la solemnidad debida al uso de su oficio, puso a la ciudad y tierra en paz y justicia, de que carecía; hasta tanto que el que tuviese la superior gobernación, en nombre de Su Majestad, y otra cosa proveyese. Acabada la carabela, determinó el Obispo ir personalmente en ella a Castilla, llevándose consigo preso a Felipe de Cáceres, y que fuese por capitán Rui Díaz Melgarejo, como persona que tenía necesidad de ir a Roma por el suceso pasado. Juntamente con esto se concedió facultad a un hidalgo vizcaíno, llamado Juan de Garay, para que hiciese gente, y saliese con ella a hacer una población en Sancti Spiritus, o donde más convenía. Y hecho su nombramiento, levantó 80 soldados, todos los más hijos de la tierra; y prevenidos de armas, caballos y municiones, salieron de la ciudad de la Asumpción el año de 1573, por tierra y por el río en un bergantín y otras embarcaciones juntos, en conserva del Obispo, y de los demás que iban a España; llevando por tierra caballos, yeguas y vacas. Y llegados a la boca del Paraguay, acordaron que los de tierra pasasen el río de la otra parte del Paraná, y por aquella costa se fuesen hasta la laguna de los Patos. Lo cual se hizo sin dificultad de enemigos, por ir descubriendo aquel camino que jamás se había andado por los españoles. Y juntos en aquel páramo los de la carabela y pobladores, se despidieron, los unos para Castilla, y los otros tomaron el río que llaman de los Quiloasas; atravesando a la parte del Sud-Oeste. Y sentado su real, corrió Juan de Garay aquel territorio, y vista su buena disposición, determinó hacer allá una fundación; para lo cual ordenó su elección y Cabildo, regidores, con dos alcaldes ordinarios y su procurador. Y habiendo tomado la posesión, y hecho los requisitos de ella, puso luego por obra un fuerte de tapia, de la capacidad de una cuadra, con sus torreones, donde se metió con su gente. Fue hecha esta fundación llamada la ciudad de Santa Fe, el aña referido, día del Bienaventurado San Jerónimo. Está en un llano, tres leguas más adentro, sobre este mismo río que sale 12 leguas más abajo: muy apacible y abrigado para todo género de navíos; la tierra es muy fértil de todo lo que en ella se siembra, de mucha caza y pesquería. Hay en aquella comarca muchos naturales de diferentes lenguas y naciones, de una y otra parte del río, que unos son labradores, y otros no. Concluido el fuerte, luego salió Juan de Garay a correr la tierra, empadronando a los indios de la comarca, así para encomendarlos a los pobladores, como para saber el número que había: para lo cual sacó 40 soldados en el bergantín, una barca y al unas canoas; y bajando el río abajo le salieron muchos indios de paz, y para poderlos visitar fue fuerza entrasen con el bergantín por un estrecho río, que sale al mismo principal, por donde había muchos pueblos de naturales; y después de haber entrado por aquel brazo, llegaron a cierto puerto, donde los indios le pidieron estuviese algunos días para ver la tierra. Y una mañana se fue llegando tanta multitud de gente, que los puso en gran cuidado, por lo cual el capitán mandó a su gente que estuviesen todos alerta con las armas en las manos, y que ninguno disparase hasta que él lo mandase. Y viendo que toda aquella tierra se abrazaba en fuegos y humaredas, mandó subir a un marinero a la gavia del navío, para que reconociese el campo; el cual dijo que todo cuanto había a la redonda estaba lleno de gente de guerra, y mucha más que venía acudiendo por todas partes, sin muchas canoas que de río abajo y arriba acudían para coger a los navíos en medio. El capitán se puso a punto de guerra, y conociendo el peligro en que estaba por la estrechura del río, y la dificultad de no poder salir de él sin gran riesgo, habló a sus soldados, esforzándolos animosamente. Cuando en este punto dijo el marinero que estaba en vigía: «Un hombre de a caballo veo, que ya corriendo tras unos indios». Dijéronle que mirase lo que decía; luego respondió, «otro veo que le va siguiendo»; y prosiguiendo, dijo: «tres, cuatro, cinco, seis de a caballo»; los cuales, según parecía, andaban escaramuceando con los indios que venían a esta junta a dar en los nuestros; y siendo asaltados repentinamente de los de tierra, comenzaron a huir, y dando la voz de como había españoles de aquella parte que los herían y mataban. Luego en un instante se deshizo toda aquella multitud, de tal manera, que por huir más a prisa dejaban por los campos arcos y flechas, con lo que vinieron los nuestros a quedar libres. El capitán Juan de Garay escribió luego una carta con un indio ladino a aquellos caballeros; los cuales, en aquel mismo tiempo, día del bienaventurado San Jerónimo, habían poblado la ciudad de Córdoba, y salieron a correr o aquella tierra. Tiene esta comarca y jurisdicción mucha cantidad de indios, y pueblos, que por no estar reducidos no se pudo entonces saber la cantidad; y así en diferentes tiempos se fueron encomendando al los pobladores. Está situada en 32 grados, poco más o menos, Este-Oeste con la ciudad de Santa Fe; distante la una de la otra 60 leguas: fueron ambas pobladas en un mismo año y día, que fue el del Señor San Jerónimo, según llevo dicho: donde, después de haber hecho un fuerte de adobes con sus cubos y torreones, en que recogió toda la gente, determinó el Gobernador salir a recorrer toda la provincia, como lo efectuó. Y tomando lengua, fue discurriendo por aquellos llanos a reconocer el Río de la Plata, donde se toparon ambos capitanes, como se ha referido en el capítulo pasado. Y vuelto a su nueva ciudad, despachó a Nuflo de Aguilar con 30 soldados a requerir le entregase la jurisdicción que tenía de aquellas tierras, por estar en el distrito de su gobierno y conquista. Y dándoles el aviso de lo demás que convenía, partieron para la ciudad de Santa Fe, donde llegados hicieron sus requerimientos y protestas a Juan de Garay y a su Cabildo, en que pasaron muchas demandas y respuestas. Y respondiendo a todo Garay, dijo, en ninguna manera haría tal, porque aquella población había sido hecha por él, en nombre de Su Majestad y de la persona que tenía la superior gobernación de aquella provincia, y a su costa y mención, y a la de los demás pobladores que allí tenía en su compañía; en la cual no había sido intruso, porque los antiguos conquistadores de aquella provincia habían sido los primeros descubridores de ella: por cuya razón no le podía pertenecer su jurisdicción a otro que al Gobernador del Río de la Plata. Y estando en estos debates, llegaron al puerto de aquella ciudad tres canoas de indios Guaranís, naturales de las islas de Buenos Aires, con un principal llamado Ñamandú, el que traía un pliego cerrado dirigido a Garay, a quien el cacique le entregó. Y abriéndolo, halló que el Adelantado Juan Ortiz de Zárate había entrado con su armada en el puerto de San Gabriel, que venía de Castilla, donde estaba surto con su gente a la parte de tierra firme, y que tenía necesidad de comida, y juntamente estaba apretado por los Charrúas de aquella costa, pidiéndole el socorro conveniente. Para lo cual le despachó nombramiento de Teniente General, y Justicia mayor en aquella ciudad, con las demás provisiones y cédulas reales, en que Su Majestad le hacia merced de aquel gobierno: por las cuales le incluía todas las poblaciones que otros capitanes hubiesen hecho, en doscientas leguas del Río de la Plata al Sur, hasta la gobernación del reino de Chile. Por cuya demarcación la provincia del Tucumán entraba en este distrito y jurisdicción. En virtud de lo cual, luego el capitán Juan de Garay intimó a Nuflo de Aguilar la dicha provisión, y le requirió en nombre de su Gobernador el cumplimiento de ella. El cual habiéndola oído, la obedeció, y dio su respuesta de la que a su derecho convenía, sin tratar más de este negocio: y así aquella misma noche él, y los suyos partieron para la dicha ciudad de Córdoba, a dar cuenta al Gobernador de lo que pasaba. Al mismo tiempo recibió cartas aquel Gobernador, de que le venía sucesor, enviado por Su Majestad, que era un caballero de Sevilla, llamado Gonzalo de Abreu; de cuyos sucesos, y demás acontecimientos, se tratará en otro libro.