CANTO VIGESIMO-TERCIO.
_Trátase del Concilio que se congregó en Lima, y de las galas de
aquella ciudad, y de dos temblores gravísimos que en ella
sucedieron._
Quisiera que el estilo de mi rima
Subiera de repente de su punto,
Al Cielo levantando bien la prima
En solo este brevísimo trasunto.
Por poder escribir lo que ví en Lima,
Al tiempo que el concilio estaba junto,
De siete Obispos graves de consejo,
Y el Arzobispo Alfonso Mogrovejo.
Como por nuestro Rey se desease
El bien de la República Cristiana,
Por que el negocio bien se reformase
En este nuevo orbe, y tierra indiana,
Ordenó que concilio se juntase,
Premisa autoridad, santa, romana,
De tierras muy longincuas los prelados
En breve tiempo fueron congregados.
El muy docto Lartaun ha venido
Del Cuzco, y de Quito el sábio Peña;
De Santiago de Chile, uno nacido
En Medellin, lugar, tierra estremeña.
El grave San Miguel, muy entendido,
De la rica imperial ciudad Chilena;
De Tucuman, Victoria lusitano,
A quien fortuna dió en breve su mano.
D. Alonso Granero, muy prudente,
Que de antiguos Toledos descendía,
Tambien se halla en Lima, aunque doliente,
Que listado de gota, se sentia.
Del Paraguay electo de presente
Obispo está, que Guerra se decía:
En este consistorio congregado
Preside el Arzobispo ya nombrado.
Edictos se publican, que viniesen
A pedir su justicia todas gentes,
Y que en Concilio luego pareciesen
Cualesquiera que fuesen delincuentes,
De estado eclesiástico, si fuesen,
Y tuviesen tambien inconvenientes,
De religion dejada, ó dimisoria,
A todos se despacha compulsoria.
Parecen en Concilio, demandando
Del Cuzco, con algunas ocasiones,
Contra el Obispo algunos, informando
De su justicia, causas y razones.
Ibase este negocio encadenando
Por muchos que los guian sus pasiones:
De aquí nace discordia entre prelados,
Y falsas opiniones de letrados.
Un Lucio, en los derechos graduado,
Amigo mas del tuerto que el derecho,
Al Arzobispo trajo alborotado,
Con su mala intencion y duro pecho.
Del Cabildo del Cuzco es abogado,
Y piensa mejor hacer así su hecho:
El Concilio rescinda, le decia
Al Arzobispo, que así le convenia.
Con este parecer muy conmovido,
Procura el Arzobispo que cesase
El Concilio, diciendo que ha perdido
Al Virrey, que esperaba le ayudase.
Don Martin en aquesto fenecido
Habia, que Dios quiso que llegase
Su fin, digno de lágrimas y lloro,
Porque perdió el Perú grande tesoro.
Tenia en el Virrey gran confianza
La gente, que al del Cuzco perseguia;
Temiendo del de Cuzco la pujanza,
Al Arzobispo el Lucio le traia
Muy ciego, por tener de él confianza;
Y así cuanto le dice lo creia.
Por su mal parecer y mal consejo,
Al Concilio no viene Mogrovejo.
Los Obispos aquí le requirieron,
Que al Concilio presida, como suele,
A la iglesia los cuatro se vinieron:
Al Lucio le conviene ahora que vele;
Entre él y el Arzobispo respondieron.
El alma y corazon á todos duele,
Por ver tal disencion así trabada
Entre Obispos, por Lucio encadenada.
En contra á San Miguel bien se mostraba
Del parecer de todos los prelados:
Al Arzobispo él solo se juntaba;
Mas á aquellos que fueron congregados,
El Arzobispo presto excomulgaba,
Y en tablillas los pone declarados.
En aquesto el de Quito muerto habia,
Y Granero de gota padecia.
Quien vido la ciudad alborotada,
Metida en pareceres diferentes,
Al Audiencia la causa fué llevada,
Para cortar el hilo á inconvenientes.
El Audiencia Real, bien informada,
Y letrados famosos y sapientes,
Rescindieron los autos actuados,
Y así presto ya han sido congregados.
Tornáronse á juntar como solian,
Hacièndose Concilio cada dia:
En tanto que negocios fenecian,
La ciudad del comer se encarecia,
Porque de todas partes acudian,
Segun á cada cual le convenia:
Los unos, sin llamarles, son venidos,
Los otros á mal grado son traidos.
Las damas ví que estaban muy quejosas,
Diciendo, que con ellas se ha mostrado
El Concilio con leyes rigurosas,
Que el uso de rebozos ha quitado.
En Lima vereis damas muy costosas
De sedas, tramasirgos y brocados
En las fiestas, y juegos arreadas,
Mas los rostros y caras muy tapadas.
Por las calles y plaza á las ventanas
Se ponen, que es contento de mirarlas:
Con ricos aderezos, muy galanas,
Y pueden los que quieren bien hablarlas,
No se muestran esquivas, ni tiranas,
Que escuchan á quien quiere requebrarlas,
Y dicen só el rebozo chistecillos,
Con que engañan á veces á bobillos.
De aquesta libertad y gran soltura
El Limense Concilio fué informado:
Queriendo reformar esta locura,
Y abuso tan pestifero y malvado,
Publica con rigor una censura
Só pena de la cual les fué mandado,
A las damas sus rostros descubriesen,
A al menos á las fiestas no saliesen.
No fué poca la pena que sintieron
Las damas, de se ver así privadas
Del rebozo, por donde se estuvieron
En sus casas algunas encerradas.
Al fin de aquesta suerte obedecieron
Las unas, mas las otras destapadas
Salieron á las fiestas muy costosas,
Pulidas, y galanas y hermosas.
Tan bien aderezadas y vestidas,
Y con tanto primor y bizarria
En Lima andan las damas, y pulidas,
Que en corte de Castilla se tenia
En estima, basquiñas guarnecidas
De mucho oro, y de fina pedreria.
Doña Bernarda Niño una bordada
Sacó, que en tres mil pesos fué apreciada.
Aquesta sobre todas se señala
En costoso aderezo de vestido,
De Aliaga, Beatriz, lleva la gala
En discrecion, aviso y buen sentido:
Tambien la que no tiene cosa mala,
Ni menos bueno que ella, su marido,
Dá lustre, con su lustre en toda Lima,
Doña Maria Cepeda, de alta estima.
Estaba con la lírica Diana,
Doña Mariana bella, muy gozosa
La corte de los Reyes, y aun ufana;
Mas la muerte con ella fué envidiosa.
Dejónos otra ninfa, tan galana,
Discreta, buena, rica, y tan hermosa,
Que puede allá en el cielo ser lucero,
Doña Juliana es Puerto Carrero.
Doña Beatriz la Coya en esto ha ido
A Lima, dó se halla gran Señora,
Por haber el bautismo recibido:
Bien muestra ser del Inca sucesora.
Al muy sábio Loyola por marido
Le cupo, de quien es merecedora.
Doña Luisa estaba cerca de ella,
De Ulloa compañera, clara estrella.
Dejemos de contarlas una á una,
Porque era menester un largo canto,
Y mas que en todas ellas no hay alguna,
Que no tenga mil gracias; y esto tanto,
Que pára á media noche allí la luna,
Y el sol á medio dia, tanto cuanto
Por cobrar nueva luz y resplandores
De las damas de Lima y sus primores.
Pues oigan los galanes amorosos,
Y templen su contento. En Chuquiago
Sucedió en estos tiempos tan gozosos,
Un estraño prodigio y gran estrago.
Por cima de unos cerros barrancosos,
Arrancando del todo un grande lago,
Un terremoto súbito lo avienta,
Y en otro lugar nuevo lo aposenta.
La tierra, por tres partes diferentes,
Se abrió con espantable fortaleza,
Y por las aberturas y vertientes
Salía con furor gran espeseza
De polvo, y de pedrisco, que á las gentes
Mataba sin piedad esta maleza:
Un indio se salvó de este pedrisco,
Quedando sin lesion encima un risco.
Por una parte y otra el terremoto
Con gran furia pasó, quedando aislado
El indio de rodillas, muy devoto,
Sin ser del terremoto maculado.
Cual suele temeroso por el soto
La huida buscar ciervo ó venado
Cuando oye el arcabuz, así buscaba
El indio por donde ir, mas no lo hallaba.
Libróle al fin el risco y el barranco,
O por mejor hablar, el Poderoso;
De la muerte á la vida dió un gran tranco,
Contándose despues por muy dichoso.
Mas un pueblo que llaman Anco Anco,
Aquí hizo su fin muy lastimoso,
Que un cerro encima dél vino cayendo,
Y debajo la gente de él cogiendo.
Murieron cuatrocientos naturales
En solo aqueste pueblo, en despoblado
Murieron otros muchos, y animales
Silvestres, y domèstico ganado.
Con estos terremotos y señales,
Al pueblo y Perú ví desconsolado,
Y muchos dicen, ya quiere acabarse
El mundo, y el juicio apresurarse.
Y no se quedò Lima sin su suerte
De pena en este tiempo semejante,
Que un terremoto grande, crudo y fuerte
Sucede una mañana en un instante:
No hay hombre que à salir de casa acierte,
Y aquel que corre mas sale delante;
No espera la muger á su marido,
La madre deja al hijo muy querido.
De casa habia salido muy temprano,
Porque en diciendo misa me ocupaba
En concilio, por ser Arcediano.
Mi mula de repente apresuraba,
Corriendo, y en pararla me era en vano,
Que el miedo del temblor la desquitaba:
Corriò con las orejas aguzadas,
Y ainas me quebrára las quijadas.
Un ruido el temblor causó tamaño,
Que los cabellos todos erizaban:
Negocio de contarse por estraño,
Que las paredes ví se meneaban;
Y sin que recibiesen algun daño,
Temblando de tal suerte, al fin quedaban
En su ser, aunque algunas se cayeron,
Y à sus dueños debajo los cogeron.
Un caso contarè yo verdadero,
Que casi me reí, que aqueste dia
Corriendo por la calle vi un barbero,
Que al punto del temblor sangrado habia
A un hombre, que tras él saliò ligero,
Aunque la sangre roja le salia:
El barbero perdió aquí su lanceta,
Y al enfermo el temblor la vena aprieta.
De ver era mirar como salian,
Con mil disfraces hombres y las damas,
Que aquel punto los indios se vestian,
Los otros aun se estaban en sus camas.
Algunas sus afeites se ponian,
Sirviendo estaban mozas á sus amas,
Y dejarlas huyendose á la calle
A dó salen tras ellas de mal talle.
Las unas en camisa, desgreñadas,
Las otras dando gritos, mal cubiertas;
Las otras medias caras afeitadas,
Caidas, desmayadas à las puertas:
Las otras con sus hijos abrazadas,
Vencidas del temor, y medio muertas.
Al fin pasó el temblor, aunque turbada
Quedò la gente toda y espantada.
En este tiempo, dia señalado
De la Asumpcion sagrada de María,
El Sínodo Limense, que ha durado
Un año, que se cumple en este dia,
Con gran solemnidad ha publicado
Una sesion, que en suma contenía,
Que el Sínodo pasado se tuviese
Por rato, y como tal se obedeciese.
Y que los indios todos, doctrinados
Con gran solicitud y diligencia,
De aquì adelante fuesen, y enseñados
Aquello que conviene á su conciencia.
Los sacramentos sean ministrados
Segun capacidad é inteligencia;
Al indio procurando dar comida,
Que pueda conformar con su medida.
Tambien otra sesion fué publicada
En el mes de Setiembre, octavo dia,
En que fué la desorden reformada
De tratos y contratos que ante habia.
Aquesta sesion toda fué apelada,
Que aquesto, y otras cosas contenìa,
Que no daban buen gusto à los granjeros
Que escuecen los negocios verdaderos.
A veinte dos del mismo publicaron
Otra sesion de cosas provechosas,
Tambien de todas ellas apelaron,
Diciendo ser sus penas rigurosas.
Mil dares y tomares se pasaron
En este tiempo, y cosas trabajosas,
Que el pueblo deseaba se acabase
El Concilio, y mas tiempo no durase.
En el siguiente mes fuè rescindido
El Concilio, que gran tiempo ha durado.
Apelado por todos luego ha sido,
Que contra sí lo juzgan agravado;
Y pues que à nuestra España fué venido,
No quiero mas decir que estoy enfadado,
Dejando sus sesiones y conceptos
Al juicio de buenos intelectos.
Gran consuelo recibe Lima toda
En ver que ya el Concilio se acabase,
Que dó quiera la gente se acomoda
Mejor, si menos es, y que faltase
Temian cada rato, como en boda
Dó mucha gente hay, y se gastase
El pan, y vino y carne, que mil gentes
Acuden al Concilio diferentes.
Y no holgué yo menos de esta feria
Salir, que me cabia mucha parte,
Y así en el Concilio mi miseria
Gasté con mi pequeña industria y arte:
Por dó me ví en pobreza, y gran laceria,
Mas nunca jamas pude yo olvidarte
España, dulce amiga, cuyo hipo,
Me trajo sin sosiego, y el Filipo.
Y viendo mi pretenso se alejaba,
Por no tener con que volver à verte,
De mi poca ventura me quejaba,
Y à veces deseaba ver la muerte.
Cuando mas descuidado y triste estaba
De ver algun remedio de mi suerte
La Inquisicion me hizo comisario,
Y el Obispo de Charcas su Vicario.
Con esto subo arriba, dó veremos,
Lo que en el Argentino ha sucedido,
Y à nuestra musa ruda lo diremos
No diga le entregamos ya al olvido.
Del buen Sotomayor recontaremos,
Como con Don Diego Flores ha venido,
Del sin ventura pobre de Sarmiento,
Y de su vano y loco pensamiento.